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Uno de los más absurdos errores del marxismo que persisten en América Latina es la "teoría de la explotación" de los salarios que concluye que en el capitalismo la condición del trabajador nunca puede mejorar. Bajo ese credo, el capital y el trabajo mantienen un eterno conflicto en el que los trabajadores forzosamente pierden. Nada más lejos de la realidad. El capital es la herramienta que utilizan los trabajadores para aumentar su productividad y así mejorar continuamente sus ingresos y calidad de vida. El capital es el mejor aliado del trabajador.
Los registros históricos de los últimos 180 años muestran un aumento sostenido de los salarios reales como resultado de la enorme acumulación de capital en maquinarias, instalaciones y tecnología. En ese período, el ingreso medio de los trabajadores en el mundo ha crecido un 1.000 por ciento. Marx estaba equivocado de pies a cabeza, como lo están sus discípulos de América Latina: Hugo Chávez, Evo Morales, Daniel Ortega, Néstor Kirchner, Ollanta Humala, Rafael Carrera, Fidel Castro o Nicanor Duarte.
Anclados en el desatinado dogma marxista promueven la violencia sindical y leyes laborales populistas para debilitar al capital explotador y fortalecer a la parte más débil, el trabajador. El resultado de esa "protección" contra los abusos del capital es el desempleo crónico entre los trabajadores menos calificados, los jóvenes, las mujeres, los campesinos. Las leyes populistas destruyen empresas y empleos, reducen la competitividad y ahuyentan al capital. Los países capitalistas que no tienen leyes laborales son los que mejor defienden a los trabajadores.
Hace más de un millón de años, el homo habilis trabajaba en la fabricación de herramientas y armas de piedras que le permitían aumentar su productividad, es decir, producir más alimento en menor tiempo. Estas herramientas eran su valioso capital. Para fabricarlas, sin embargo, este homo capitalista tenía que ahorrar alimentos y abstenerse de consumirlos mientras dedicaba tiempo a la elaboración de las herramientas. El homo habilis evolucionó en homo sapiens, pero el resto sigue igual. El hombre ahorra para invertir en bienes de capital y así poder consumir más en el futuro.
El valor de mercado de los factores de producción, trabajo y capital, aumenta cuando la oferta es escasa y disminuye cuando es abundante. En los países pobres el valor del trabajo –el salario– es ínfimo debido a su abundancia, mientras que el valor del capital –tasa de interés– es alto por su relativa escasez. Y como el capital se origina en la aplicación del trabajo a los recursos naturales, al aumentar el capital el trabajo se hace más escaso y aumentan los salarios. Eso es lo que ocurre en países capitalistas. En cambio, en países pobres, la tasa de capital es menor y son más bajos los salarios.
La única forma de reducir la desocupación, mejorar los salarios y traer el bienestar a la gente es incrementando el capital. Y la forma más rápida de aumentar la tasa de capital es captando la inversión externa. Las tecnologías y maquinarias que costaron billones y tomaron décadas para desarrollar hoy están al alcance de las naciones más atrasadas. La globalización redujo la pobreza en el mundo a la mitad en solo dos décadas. No obstante, América Latina sigue sufriendo una horrible miseria debido al desprecio a los derechos de propiedad y a la falta de seguridad, previsibilidad, justicia independiente y gobiernos honestos, condiciones esenciales para la acumulación de capital.
Si los socialistas comprendieran la gran afinidad que existe entre el capital y el trabajo, harían todo lo posible para atraer la inversión extranjera y no sería necesario que los trabajadores latinoamericanos abandonaran sus familias para emigrar a Estados Unidos o a Europa y producir para el desarrollo y bienestar de otras naciones con exuberante capital. Bastaría con crear las condiciones para que el capital que abunda en los países desarrollados fluya hacia los nuestros y se invierta productivamente, creando nuevas fuentes de trabajo con salarios más elevados y una mejor calidad de vida para nuestros pueblos.
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