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Rodríguez Zapatero tiene un problema, fruto de sus mentiras y su demagogia. El presidente del Gobierno, que se encuentra en Nueva York participando en una cumbre sobre cambio climático en Naciones Unidas, se ha topado este lunes con la muerte de otros dos soldados españoles en Afganistán, además de otros tres soldados heridos gravemente. Zapatero, en esa actitud mezquina y chusquera, insiste en que estos soldados trabajan para la paz y que, por tanto, lo que les ha ocurrido es similar a lo que le pueda suceder a un obrero de la construcción que tiene un accidente laboral. Y eso es simplemente una falacia.
Nadie, absolutamente nadie, pone en duda la profesionalidad, el honor y la entrega de los militares españoles. Además, las misiones del Ejército español en el exterior están muy bien vistas por la opinión pública. El único que aquí oculta la realidad de las cosas es el presidente, que se empeña en decir que los soldados españoles realizan un trabajo similar al de las ONG, labor sin duda muy importante, pero que en ningún caso coincide con los objetivos militares del Ejército.
Una cosa es que muchos de los ejércitos del mundo trabajen para la paz, que es cierto, y otra que cuando los militares se despliegan en un territorio determinado es que se vive una situación de guerra, lo que es indudable. Los militares que trabajan para la paz no lo hacen en lugares pacíficos, sino exclusivamente en puntos donde se vive una situación de alta tensión y en el que la guerra forma parte del paisaje cotidiano. Esa es la realidad, y no tiene más vuelta de hoja; lo demás son mentiras y trapisondas de quienes juegan al despiste y al engaño desde la Presidencia del Gobierno.
Al final, toda esta historia se reduce siempre a lo mismo. Los militares españoles tienen que salir por la puerta de atrás. Zapatero para ocultar que sus discursos populistas y pacifistas del pasado no se corresponden con la actualidad, siempre reacciona de la misma manera. Cuando mueren soldados españoles en acciones de guerra repatrían de madrugada los cuerpos de los muertos en acto de servicio, los esconden en una nave de Torrejón, los condecoran con el rango más bajo posible y escatiman miserablemente los funerales de Estado que se merecen los soldados que han muerto en una guerra defendiendo la libertad y la paz.
Zapatero demuestra su mezquindad al negarse a reconocer el valor y la profesionalidad de los militares españoles sólo por no tener que decir una verdad que le resulta políticamente incómoda. Y es que, escondido en su cobardía, se niega a reconocer que envía a nuestros soldados a una guerra. En un político en el Gobierno esa es seguramente la actitud más miserable que se puede adoptar.
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