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Editorial: Compasión Selectiva.

La Visita del Papa nos deja mucho para la reflexión.

La reciente visita del Papa a Canarias deja una sensación difícil de ignorar para muchos isleños. Quien esperaba escuchar una reflexión profunda sobre la realidad social, económica y cultural de un territorio sometido a una presión sin precedentes se encontró con un discurso que, de forma llamativa, puso el foco casi exclusivamente en quienes llegan a nuestras costas y apenas en quienes llevan generaciones viviendo en ellas.

Durante sus intervenciones, el Pontífice mostró una preocupación constante por los inmigrantes, por sus raíces, por sus costumbres, por su música y por las dificultades que afrontan al abandonar sus países de origen. Una preocupación legítima y comprensible desde una perspectiva humanitaria. Lo sorprendente fue la ausencia casi total de referencias a los canarios, a nuestras propias raíces, a nuestra identidad cultural y a los problemas reales que soporta una sociedad que lleva años afrontando una presión migratoria desproporcionada respecto a su tamaño y a sus recursos.

Canarias no es un concepto abstracto ni una simple puerta de entrada a Europa. Canarias es una comunidad con más de dos millones de habitantes que ve cómo sus servicios públicos se tensan cada vez más. La sanidad, la educación, los servicios sociales, la vivienda y la seguridad afrontan desafíos extraordinarios derivados de una situación que se prolonga en el tiempo sin una respuesta eficaz por parte de quienes tienen la responsabilidad de gestionarla.

Resulta difícil entender que, en una visita a estas islas, la voz de los canarios quedara prácticamente relegada a un segundo plano. Como si quienes viven aquí, trabajan aquí y sostienen con sus impuestos el funcionamiento de estos servicios no merecieran la misma atención que quienes llegan en circunstancias dramáticas desde el continente africano.

Existe además una cuestión incómoda que nadie parece dispuesto a abordar. La enorme visibilidad mediática que determinadas instituciones otorgan al fenómeno migratorio puede acabar generando consecuencias indeseadas. El propio Papa ha denunciado reiteradamente la actuación criminal de las mafias que trafican con seres humanos y se enriquecen explotando la desesperación ajena. Sin embargo, cuando desde las más altas instancias morales del planeta se proyecta una imagen permanente de acogida y protagonismo sobre quienes logran alcanzar las costas europeas, es inevitable preguntarse si no se está contribuyendo indirectamente a reforzar el mensaje que esas mismas mafias utilizan para captar nuevos clientes.

Pero si la actitud del Vaticano merece reflexión, aún más indignante resulta el comportamiento del Gobierno de Pedro Sánchez. La repentina aparición en Canarias de ministros y altos cargos, ansiosos por fotografiarse junto al Papa y participar en los actos oficiales, contrasta de forma escandalosa con años de abandono institucional hacia las islas.

Son los mismos responsables políticos que han permitido que Canarias cargue prácticamente en solitario con buena parte de esta crisis migratoria. Son los mismos que han incumplido o retrasado el cumplimiento de resoluciones judiciales relacionadas con el reparto de menores no acompañados. Los mismos que miraron hacia otro lado mientras el llamado muelle de la vergüenza de Mogán se convertía en símbolo internacional de una gestión improvisada e indigna. Los mismos que han regateado recursos económicos a una comunidad autónoma que afronta una emergencia humanitaria permanente.

Ahora todos quieren estar aquí. Ahora todos quieren aparecer en la foto. Ahora todos quieren exhibir sensibilidad y compromiso. Pero los canarios tienen memoria. Recuerdan quiénes estuvieron ausentes cuando llegaban miles de personas a nuestras costas. Recuerdan quiénes ignoraron las peticiones de ayuda de las instituciones locales. Recuerdan quiénes permitieron que el archipiélago se convirtiera en el muro de contención migratorio de Europa sin dotarlo de los medios necesarios para soportar semejante carga.

La solidaridad es una obligación moral. Pero también lo es la honestidad. Y la honestidad exige reconocer que Canarias no puede seguir siendo invisible en su propia tierra. Que la compasión hacia quienes llegan no debe implicar el olvido de quienes ya están. Y que ningún discurso humanitario será completo mientras siga ignorando la realidad cotidiana de los canarios que llevan años pagando, en primera línea, las consecuencias de una crisis que otros observan desde la distancia.

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