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Blanca Estrada: sonrisas y lágrimas

Alcanzó la popularidad pero sus dos grandes amores murieron.

Blanca Estrada | Archivo

Con unos claros, hermosos azules y una sonrisa candorosa, la asturiana Blanca Estrada se hizo un hueco entre las aspirantes a estrellas de cine de la primera mitad de los años 70. Su historia parecía sacada de una de aquellas publicaciones femeninas que surgieron: las fotonovelas. Me la contó a poco de su llegada a Madrid, pues nos veíamos con frecuencia en las discotecas de moda donde entonces –no como ahora- aún se podía hablar en algún rincón.

Había nacido en La Felguera en 1950, dentro de una familia modesta: era la mayor de cinco hermanos y cuando murió el padre ella tomó las riendas de la casa para ayudarlos, aunque no ocultaba que lo que deseaba era triunfar en el mundo del espectáculo. Se había casado hacía poco tiempo, en 1970, con un paisano suyo, de nombre Luis Bastarrica, quien tenía una discoteca. Blanca le urgía para que dejaran el pueblo y se establecieran en Madrid. Y él le hizo caso. Apenas conocían a alguien que pudiera echarles una mano, exceptuando a una prima de ella, Susana Estrada, que hizo carrera en "shows" de carácter semi pornográfico. Transcurría el año 1973 y Blanca Estrada se dio a conocer como azafata en el programa-concurso de TVE Un, dos, tres… responda otra vez. De allí saltó a otro al año siguiente, Señoras y señores. Y casi simultáneamente entró en el cine en unos tiempos en los que el destape estaba a la orden del día. "Yo nunca me negué a desnudarme si era en películas con clase y buen gusto", me decía. Algo discutible, pues algunas carecían de ello. En su filmografía espigamos estos títulos, a partir de su debut con Una vela para el diablo: El libro del buen amor, Metralleta Stein, Odio mi cuerpo, Historia de S, Taxista de señoras, Sábado, chicas, motel, ¡qué ligue aquel!, Los cazadores (con el galán Peter Fonda, hijo del gran Henry, hermano de Jane)… Le ofrecían papeles de ingenua o romántica. En la serie televisiva Paisajes con figura, de Antonio Gala, intervino en el capítulo dedicado a Mariana Pineda.

"Llegué al cine sin saber lo que era esta profesión", se sinceraba un día conmigo. Por su físico, su indudable simpatía, hizo amigos en la clase periodística y empezó a aparecer con cierta frecuencia en las páginas de las revistas del corazón, donde se contaban algunos de sus devaneos. Pronto se separó del buenazo de su marido, incapaz de comprender éste cómo en apenas un par de años su mujer había cambiado tanto; él, que mucho se sacrificó por atender sus caprichos. Blanca estaba obsesionada con triunfar en el cine y a ello se dedicó sin importarle su fracaso matrimonial. Si su rostro, de aire angelical, cautivador también daba la impresión de ser una ingenua Lolita, fue aprendiendo ante las cámaras a mostrarse cual vampiresa, mujer fatal. Los directores ya la encasillaron en esa línea, por lo que sus personajes parecían cortados por el mismo patrón.

Blanca Estrada

Las publicaciones especializadas en desnudos se la rifaban; por ejemplo, Playlady, donde apareció en cueros vivos. Alguien debía quererla mal pues me confió que "una persona me amenazó, llamándome continuamente por teléfono, insultando a mi familia en términos groseros y diciéndome que me borraría de esta profesión, porque yo no era nada". Mediados los 70 se había convertido en amante de Augusto Algueró, el ex de Carmen Sevilla. Me contaron ellos mismos, al regreso de un apasionado viaje por la Costa Azul, que en esa travesía le mandaban postales al "ex" de Blanca. Anécdota que salpicaban con grandes carcajadas. No sabía si reírme… o compadecer a Luis Bastarrica. El compositor catalán, siempre seductor, debió cansarse un día de Blanca o, simplemente, se mostró celoso de que ella continuara mostrando sus desnudeces. El caso es que la conminó: "O dejas tu profesión o quien te deja soy yo". Ella le contestó que si fueran a formar un hogar, estaba de acuerdo en retirarse del cine, añadiéndole: "Yo necesito trabajar. ¿Cómo van a comer mis hermanos y estudiar los pequeños si desde que murió mi padre soy yo quien los ayuda? Además, no quiero ser eternamente tu "amiga". Y se dijeron adiós.

Ya en los años 80, en tanto su actividad artística había sufrido un serio frenazo, vivió el primero de sus dramas sentimentales, cuando falleció su entonces compañero, el locutor de Radio Nacional de España Joaquín Ocio, con quien compartía felizmente su vida. Repuesta tiempo después de aquel golpe del destino se emparejó con Alejo García, el gran periodista, quien precisamente también había permanecido algunas temporadas en el mismo medio radiofónico, del que se había retirado definitivamente. Separado de su esposa, con quien tuvo tres hijos, el malagueño optó por pasar la última etapa de su vida en su pueblo natal, Alhaurín el Grande, en compañía de Blanca, de la que se había enamorado como un colegial. La última vez que coincidí con ellos fue un día del mes de agosto, a la salida de una corrida de toros en La Malagueta, formando tertulia junto a sus grandes amigos José Luis Garci y el gran poeta Manuel Alcántara.

Creí adivinar en el rostro apacible de Blanca Estrada que había encontrado la estabilidad que últimamente buscaba, toda vez que se había desilusionado ya de aquel cine de despelote, del que fue una de sus más jóvenes y activas musas. Pero de nuevo el zarpazo de la muerte acabó con la dicha de la bella asturiana: el 22 de marzo de 2008, a los setenta y un años, fallecía Alejo García, dejándonos huérfanos de su amistad a los que lo habíamos conocido hacía mucho tiempo. Exactamente en 1963, cuando él abandonó el Seminario y se convirtió en periodista. Veló sus primeras armas, antes de entrar en la redacción de Pueblo, en el semanario de Acción Católica Signo. Donde el crítico de cine era José Luis García. Que firmaría con el apellido "Garci" el día que en la imprenta se olvidaron de su última vocal, anécdota acaso desconocida por muchos de sus admiradores. Tiempos ya lejanos, Dios mío, recordados aquí al hilo de nuestra evocación de Blanca Estrada.

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