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Los cuatro grandes amores de Concha Velasco

"Yo he querido mucho más de lo que me han querido a mí. He regalado amor a manos llenas y no me arrepiento de ello".

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Los cuatro grandes amores de Concha Velasco
Concha Velasco | Gtres

Acaba 2016 para Concha Velasco con un más que razonable balance de éxito profesional, que puede concretarse en el Premio Nacional de Teatro otorgado por el Ministerio hace escasas semanas, coincidiendo con su septuagésimo séptimo aniversario de vida. Hécuba ha sido su última función teatral, con la que se ha consagrado definitivamente como una extraordinaria actriz dramática. Es mujer de una gran sinceridad, que al enjuiciar su ya larga carrera desde que la inició hace sesenta años no vacila en resumirla así: "El éxito se paga". Con tal aserto tituló su último libro de recuerdos en el que rememoró su historia sentimental con cuatro grandes amores. Son los que a continuación les contaremos.

"Yo he querido mucho más de lo que me han querido a mí. He regalado amor a manos llenas y no me arrepiento de ello", declara la actriz, añadiendo que "siempre he sido una mujer muy enamoradiza y también muy generosa y apasionada. Ser tan intensa, tan entregada, me ha llevado a darlo todo en el amor y me ha supuesto grandes disgustos". El primer hombre por el que "se coló" era un gitano llamado Enrique Ortega, hijo de Manolo Caracol, con el que coincidió en el espectáculo De color moreno, estrenado en 1955. Tenía entonces Conchita sólo dieciséis años, era bailarina, en casa la llamaban "Chiti" y aquel cantaor calé no le hizo el menor caso. Fue sólo para ella una experiencia platónica. Conforme se hacía mayor tuvo algunos pretendientes, sin que los tuviera en cuenta. Hasta que en 1960, ya contando veintiún años, se enamoró de un señor que tenía cuarenta y nueve, estaba casado y nunca pasó por su cabeza la idea de separarse de su mujer, tuviera o no con ella los problemas que fueran. Me estoy refiriendo al prestigioso director cinematográfico José Luis Sáenz de Heredia, primo de José Antonio de Rivera; todo un caballero, como tuve ocasión de comprobar.

Quien para Concha Velasco, entonces anunciada con su nombre en diminutivo, fue una especie de Pigmalión, de comprensivo padre en algunas cuestiones. A nuestra admirada actriz siempre le llamaban la atención los hombres mayores, los que pudieran aportarle seguridad y amparo. El amor les surgió rodando la película El escándalo. Comenzaron tratándose de usted, pero a los pocos días de rodaje en Barcelona, acabaron encamados en una habitación del hotel Avenida Palace. Y esa relación duró hasta comienzos de los años 70. Cada uno vivía con su familia, él con su esposa y ella con sus padres en el piso que les compró en la madrileña calle de Ponzano. Conchita y José Luis resolvieron alquilar un apartamento. Sus encuentros podían considerarse clandestinos. "Me tenía escondida", recuerda. Pero toda la profesión y la prensa del espectáculo estaban al cabo de la calle y los consideraba amantes. Los fotografiaban en estrenos y cócteles, pero ninguna publicación se atrevió en aquellos años a asegurar abiertamente que mantenían aquel romance. Sobre todo teniendo en cuenta el estado civil y la personalidad de Sáenz de Heredia, quien había dirigido en la postguerra la película Raza, con guión de Francisco Franco, y más tarde realizaría un documental con ocasión de los XXV Años de Paz del régimen, al final del cual el Jefe del Estado respondía a unas preguntas del propio cineasta.

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Nunca se habían contemplado imágenes en España del Generalísimo en el transcurso de ninguna entrevista. José Luis Sáenz de Heredia, se enfureció al conocer que su amante le daba definitivamente de lado. En efecto: Concha Velasco había estrenado en 1970 la comedia dramática de Buero Vallejo Llegada de los dioses. El protagonista masculino era Juan Diego. Ambos se enamoraron. Enterado de ello José Luis se fue un día al teatro donde representaban aquella función con la idea de defender lo que creía era su honor. No se contaron los detalles de aquel incidente, pues al parecer las intenciones de Sáenz de Heredia no eran precisamente las de conversar civilizadamente con su rival y la ahora novia de éste. Comprendió aquel veterano director, aplacada la ira que jamás había mostrado nunca, que había perdido para siempre a Conchita. Quien llamaba a su nuevo compañero sentimental por el cariñoso apelativo de Juanito. Continuaron formando también pareja artística, representando con éxito Abelardo y Eloísa. Reflexiona ella: "Había escarmentado tras esa relación con un hombre mucho mayor y me enamoré de un hombre totalmente distinto, mucho más joven, el actor Juan Diego, que tampoco creo me amara en exceso".

Desde luego: esos dos amantes eran completamente diferentes: uno falangista y seguidor del Régimen imperante, el otro de acendradas convicciones izquierdistas, quien fue el que tuvo la primera idea de que los actores deberían descansar un día a la semana y organizó una huelga que apoyó prácticamente toda la profesión. Concha Velasco, que antes de conocer al que llamaban "Juan Pliego" (por ir a menudo solicitando firmas para sus reivindicaciones políticas) era más bien de derechas, siendo su padre militar y antaño ayudante de Franco, cambió de repente transformándose en seguidora de las ideas de su novio. Eso sí, sin ser tan radical como él. Cuando se autorizaron los partidos políticos, ella votaría a favor del PSOE. Pero sus sentimientos hacia Juanito fueron diluyéndose, porque Concha quería casarse y él le daba largas: "Cuando Santiago Carrillo vuelva a España". Y regresó el líder comunista y Juan Diego no abdicaba de su soltería. Así es que se separaron, eso sí quedando muy amigos.

Y en 1975 Concha Velasco volvió a enamorarse ante la presencia de un atractivo director de fotografía, el muy acreditado Fernando Arribas. Ella cuenta que él la miraba fijamente mientras hacía su trabajo tras la cámara, sintiendo que ese hombre le iba gustando cada día más y más. "Y al fin en Burgos, donde estábamos rodando, sucumbí. ¿Y cómo no iba a sucumbir si todo confluía para que tuviera que pasar". En los medios cinematográficos se sabía que la actriz había comenzado aquel idilio, pero aún la prensa no lo había dado a conocer. No es el caso ahora de envanecerme por algo así, mas fui el primero en publicar aquella historia de amor, con el mayor cuidado para no herir posibles susceptibilidades de ambos. Porque Fernando Arribas estaba casado, tenía hijos. Conseguí un par de fotografías que me cedió gratuitamente un querido amigo relacionado con la película que rodaba la enamorada pareja, "Las bodas de Blanca", y así pude apoyar documentalmente aquella relación. En general, los reporteros no molestaron mucho a ambos. Concha debía saber que aquel romance tenía una fecha de caducidad, porque su compañero, como en el caso ya vivido con Sáenz de Heredia, no iba a separarse de su mujer. Y llegó el día en que se dijeron adiós. "Por muy ideales que fuéramos como pareja lo que no podía soslayarse era su situación matrimonial", confesaría la actriz, muy herida en sus sentimientos, porque en verdad quiso mucho a ese hombre, le fascinaba. Poco después, el 4 de septiembre de 1976 nació su primer hijo, Manuel. Tuvo que darle sus apellidos, naturalmente. Era madre soltera. Los periodistas que escribimos sobre aquel acontecimiento tan importante para la vida de una adorable mujer como fue siempre para nosotros Concha Velasco nos esmeramos en respetar al máximo su intimidad.

Representando unos meses más tarde Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipcíaca se reencontró con un joven actor al que había conocido brevemente en 1964 en Don Juan Tenorio, donde Concha hacía de doña Inés y el chico en cuestión tenía un breve cometido. Algo más destacado era ya el que tenía en 1976, aunque la protagonista indiscutible de la función era ella. Se trataba de Francisco Marsó, un almeriense del pueblo del mármol, Macael, con quien inició un rápido enamoramiento cristalizado en boda el 18 de abril de 1077. Boda privada, con sólo presencia de íntimas amistades de la pareja. Me enteré de la noticia y pude felicitar telefónicamente a la feliz novia durante un programa en directo desde Radio Madrid, en el que yo intervenía por entonces. El 5 de abril de 1979 Concha dio a luz otro varón, al que impusieron el nombre del guapo papá.

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Concha Velasco y Paco Marsó el día de su boda

La actriz vallisoletana quiso con locura a Paco, pero éste era un hombre conflictivo, que tal vez, frustrada su carrera de actor en la que no llegó nunca a ser protagonista y ante la figura estelar de Concha, se creyó minusvalorado, disminuido. Ella la ayudó cuanto pudo, animándole a que asumiera tareas de producción teatral, toda vez que unos negocios de puertas le fueron catastróficos. Y como productor puede decirse que disfrutó de éxitos destacados. Lo que no fue suficiente para que enderezara su existencia, viviendo sus últimos tiempos entre el juego, otras adicciones y "ligues" impropios de quien todavía era marido de Concha, por no citar su último emparejamiento con una cubana que había conocido en La Habana. Con gran dolor de su corazón, Concha Velasco hubo de divorciarse, tras sufrir la pérdida de un chalé y luego un piso en el que había residido el matrimonio y afrontar las deudas que él le dejó. El 5 de noviembre de 2010 Paco Marsó murió en la habitación de un hotel de Málaga en dramáticas, tristes circunstancias. Pese a su caótica convivencia con él, Concha Velasco confiesa: "Todas las mañanas me levanto y la primera persona en la que pienso es Paco Marsó, y la última en la que pienso antes de acostarme es Paco Marsó".

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