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Los hombres que no convenían a Concha Velasco y de los que se enamoró

Concha Velasco protagonizó varias relaciones amorosas que no terminaron como ella hubiera querido.

Concha Velasco protagonizó varias relaciones amorosas que no terminaron como ella hubiera querido.
La boda de Concha Velasco y Paco Marsó. | Gtres

Muchas fueron las decepciones que tuvo Concha Velasco durante toda su vida en el terreno sentimental. Amó más que la amaron. Lo repitió ella misma en algunas entrevistas y en su libro El éxito se paga. Triunfó como actriz… pero menos en esa faceta, y no siempre por culpa suya. Eligió mal. O no encontró lo que buscaba. Dos hombres casados llegaron hasta ella. Y alguno que huía del matrimonio. Y quien se aprovechó de su dinero. Historias que lastimaron su corazón; heridas, sin embargo, que procuró cicatrizar pronto, cuando pudo. Perdonó. Madre soltera en su primera maternidad, estuvo dispuesta a enfrentarse a una sociedad que, todavía, mediados los años 70, no aceptaba ciertas situaciones. Afortunadamente no hubo ocasión de que nadie la vituperase: la prensa estuvo siempre a su lado. Porque Concha Velasco siempre trató a los periodistas como ninguna de sus colegas. No en vano la Peña Periodística Primera Plana, de la que fui uno de sus fundadores a principio de la mentada década líneas atrás, le concedió justamente el premio Naranja. A la cordialidad que presidió toda su larga vida de extraordinaria actriz y gran mujer. Esposa entregada, madre luego de un segundo hijo. A los dos los ha querido con locura y ambos la han correspondido hasta su último aliento. Jóvenes bien educados, responsables, conscientes en todo momento de sus obligaciones con los medios informativos, que tantas veces, hasta su final, nos hemos ocupado de su ahora llorada madre.

Cuando la entonces Conchita de apenas quince, dieciséis años, pululaba por los teatros madrileños en pos de algún contrato como bailarina, merodeando los pasillos del teatro Calderón, fijó sus ojos en los de un hijo de Manolo Caracol, llamado Enrique Ortega. Él, más mayor, no quiso en ningún momento aprovecharse de aquella jovencita enamorada, platónicamente podemos entender. Y cuando fue haciéndose mujer, llamó la atención de un viejo verde que iba al teatro Maravillas donde ella formaba parte como corista de un espectáculo arrevistado. Procuró aquel tipo adinerado encontrarse con ella más de una vez. Conchita le puso el mote de "Tito Alfonso". Llegó a hacerle proposiciones deshonestas. Conservando su virginidad, la vallisoletana no le hacía maldito caso. Teniendo problemas económicos familiares y para resolver los pagos de un piso decente donde irse a vivir con los suyos, Conchita se atrevió a solicitar de su pretendiente un préstamo de treinta y seis mil pesetas. Él, accedió en la creencia de que así podría irse con ella a la cama. No lo consiguió. Y pasado un tiempo prudente, con parte de lo que cobró por su película Las chicas de la Cruz Roja, Conchita pudo hacer frente a la deuda con aquel baboso caballero.

"A mí me han gustado mucho los hombres - concedía la actriz, ya en su madurez – aunque desilusionan muchísimo. Cada vez que me gustan más, me interesan menos". A la salida del teatro donde actuara, miraba a los que la esperaban a las puertas, que identificaba como casados, ya maduritos. Los evitaba. Guardaba "su honra", sabiendo lo que pretendían de ella. "Pero una no es de piedra", confesaba acerca de una anécdota que le sucedió en 1958 con alguien que señalaba como "el señor del tren". Estando ese verano asistiendo como invitada al Festival de Cine de San Sebastián, ligó en una sala de fiestas con un señor muy guapo, rubio, ojos azules, alto… ¡pero casado! Flirtearon. Lo citó en el departamento del tren que desde la capital donostiarra tenía como destino Madrid. El galán llegó tarde, cuando la máquina emprendía su marcha. Con gran sorpresa de la actriz, que había reservado dos camas en su vagón, el susodicho entró en el compartimento conteniendo la respiración: había alquilado un táxi que lo llevó a Vitoria, y allí pudo alcanzar el tren y reunirse con la mujer que lo esperaba, Conchita Velasco. Y entonces, con una cara de imbécil, el recién llegado escuchó de aquella: "¡Lo siendo, querido, pero se me ha pasado el arrebato!" Mejor actuación, ni en el teatro.

Una tarde de 1960 en el Museo de Bebidas de Pedro Chicote, en la Gran Vía madrileña, Conchita Velasco asistió a un cóctel de prensa donde los periodistas pudieron tomar notas del inmediato filme que iba a dirigir José Luís Sáenz de Heredia, con el mexicano Pedro Armendáriz de protagonista. Conchita tenía reservado un papel, no muy relevante. Sáenz de Heredia se enamoraría de la joven actriz pucelana. Y vivieron un prolongado idilio como amantes. Él estaba casado, no quería separarse, hubiera sido un escándalo que el primo de José Antonio Primo de Rivera dejara a su esposa legal. Alquilaron un apartamento. Allí se veían regularmente. Y cuando dejaban de lado sus apasionados encuentros, cada uno se iba a casa, él a su hogar, ella a la vivienda del barrio de Chamberí donde vivía con sus padres y su hermano Manolo.

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Concha Velasco en una visita a esRadio | Archivo

Ya rota su relación con el director cinematográfico, ella quedó convencida de que no era la persona que necesitaba; no quería ser "La otra", como cantaba Conchita Piquer en una copla. "Me tenía escondida, no podíamos pasear juntos, escarmenté de ese hombre mayor y me enamoré de otro totalmente distinto, mucho más joven, el actor Juan Diego, que tampoco creo que me amara en exceso".

Lo que sucedió es que Juanito, como ella lo llamó siempre, no quería involucrarse en una boda, que era la pretensión de Conchita. Y lo dejaron, después de representar juntos un par de funciones teatrales. Formar un hogar, tener hijos, era el sueño de la actriz. Y hasta entonces, primeros años 70, no lo había conseguido.

La primera vez que ella se quedó prendada de un director de fotografía fue en 1973, rodando la película El love feroz. Aquel operador de cámara se llamaba Fernando Arribas. De buena apostura, muy educado, y sobre el que, interiormente, Conchita pensaba: "¡Cómo me gusta ese señor!" Dado que el oficio de éste era mirar, nada de extraño era que se fijara constantemente en ella. Coincidieron en más rodajes: Tormento, ¡Pim, pam, pum… ¡fuego!, Las bodas de Blanca, Las largas vacaciones del 36… En Burgos, ella diría esto: "Sucumbí". Con Fernando Arribas fue feliz… con un problema: él estaba casado. Y tampoco quería separarse. Se equivocaba Conchita Velasco en su libro antes mencionado, "El éxito se paga" donde, página 212, dice que guarda las páginas de la revista Lecturas donde ambos enamorados aparecen en imágenes. Era otra publicación, Semana, donde yo trabajé durante veintitrés años y quien firmé aquella exclusiva.

Mediada la década de los 70 se quedó embarazada. Madre soltera que en aquellos tiempos, ya quedó dicho al principio, no era bien visto en nuestra sociedad, todavía algo pacata. Estando de varios meses, rodó Libertad provisional con Patxi Andión de coprotagonista. Cuando nació Manuel, su primogénito, algunos periodistas lo supimos. Conocíamos la identidad del padre de la criatura. Decidimos, sin acuerdo alguno, callarlo, salvo claro está la noticia de la buena nueva. Pasaría mucho tiempo hasta que Concha Velasco lo hizo público.

Quien después ocupó el corazón de Concha fue un actor secundario, Paco Marsó, al que conoció en 1964 representando en teatro Don Juan Tenorio con Guillermo Marín y ella de doña Inés. Una época en la que la actriz se prendó del veterano actor. Que era de breve estatura, calvo, algo encorvado y separado de su mujer, hija de Ricardo Calvo, uno de los grandes de la escena. Guillermo declamaba muy bien. Decía el verso como pocos: sólo podía igualarlo, en todo caso, otro genial actor, de estupenda voz, Manuel Dicenta. Digamos que entre Concha y Guillermo hubo "filin". No me atrevo a ir más lejos. Lo mismo que después, platónicamente, ella se enamoró del argentino Alberto de Mendoza, que tenía una esposa con malas pulgas que no hubiera consentido verse desplazada. Asimismo, Concha Velasco se sintió atraída por otro Alberto, Closas, con el que estrenó la comedia musical, de gran éxito, El cumpleaños de la tortuga. Este galán excelente se casó en cinco ocasiones: un seductor implacable. Pero con la Velasco de entrecruzar algunos ósculos y abrazos.

Aquel antes mentado Paco Marsó era muy guapo, al decir de Concha Velasco. Muy prometedor. Pero celoso de la notoriedad de ella como primera actriz. Coincidieron en algunas representaciones teatrales, donde el almeriense tenía cometidos no muy relevantes: nunca alcanzó la categoría de primer actor. Vivieron, como ella decía, "una relación clandestina", aunque los reporteros de revistas del corazón ya estaban tras de ellos.. Se casaron en 1976, sin avisar a la prensa. El diario Pueblo dio la noticia. Y poco después, la tarde de la boda, también yo me adelanté por la radio, en el programa vespertino que dirigía Martín Ferrand, el informativo de las 8, entrevistando en directo a la novia, a la que pillé desde los estudios en su casa de la calle de Ponzano, cambiándose de ropa. Luego me tomé una copa de cava en "Mayte" con los novios. Concha había, por fín, conseguido su gran sueño. Del que despertó unos años después cuando su marido la llevó a situaciones que pusieron en riesgo la estabilidad económica de la pareja. Tuvieron en 1979, un hijo, Paquito. Y Paco Marsó dio su apellido, Martínez, al hijo que Concha tuvo con Fernando Arribas. En Semana, publiqué en dos ocasiones la biografía de la actriz. En la última, tres aparecer en los quioscos el primer capítulo, recibí una llama de Marsó advirtiéndome, más bien como una amenaza, que a ver qué iba a contar sobre la identidad de Manolín. Mi director, que estaba en mi despacho, le contestó al airado padre adoptivo: "Se está usted poniendo la venda antes de que pudiera recibir una pedrada".

Cuanto pasó en aquel matrimonio, a grandes rasgos, ya se ha contado hasta la saciedad en un sinfín de publicaciones. Renuncio a ocuparme de esos años, en los que las disputas frecuentes de la pareja eran contadas al dedillo. Se divorciaron. Él murió en circunstancias dramáticas, solo, en un hotel de Málaga. Concha, ya no volvió a enamorarse nunca más. Estaba escarmentada. Hizo todo lo posible por ser feliz. Mas estoy convencido de que esa dicha que albergaba le fue esquiva en la vida.

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