
Francisco Rivera "Paquirri" vivió toda su vida pensando en el toreo, sacrificándose, dedicándole a su vocación tres horas diarias corriendo, haciendo deporte, dando pases de salón. No bebía, no fumaba y no se prodigaba en acontecimientos sociales ni en fiestas. Fuera de las plazas resultaba ser un seductor nato, le gustaban las mujeres y en muchas ocasiones no tenía que buscarlas: se acercaban a él como las moscas a la miel.
Tuvo novietas en su época novilleril; nada serio. Hasta que conoció a Carmen Ordóñez en un tentadero en la finca Valcargado, en Barbate, que era propiedad del padre de ella, Antonio Ordóñez. Aquel día le llamó la atención la belleza de aquella jovencita. Y, cuando volvieron a encontrarse, ya entonces "Paquirri" pensó que era la mujer que soñaba para casarse. Fue en el ya extinto Sanatorio de Toreros, a cien metros de la plaza Monumental de Madrid, donde Antonio se recuperaba de una cogida. Paco, suponemos, debió pedirle a Carmen su número de teléfono. Se vieron ya muchas veces. Muchas de ellas a hurtadillas. De tapadera les hacía Charo Vega, pues Carmen les ocultaba a sus padres sus encuentros con "Paquirri". Hasta que a su futuro suegro le pareció bien que Francisco Rivera se convirtiera en su yerno. Lo admiraba como torero y como persona.

La boda no se hizo esperar, a pesar de la extrema juventud de la novia, diecisiete años. Estuve en aquella ceremonia celebrada en la Basílica de San Francisco el Grande, en Madrid, el 16 de febrero de 1973. Luego también acudí a una recepción nupcial, a la que asistieron centenares de invitados, la mayor parte procedente del mundo taurino. De la vida social española destacó la pareja formada por los duques de Cádiz. La luna de miel de la pareja fue en Tahití.
Disponía el matrimonio de un piso en Madrid pero a "Paquirri" le gustaba más la vida en el campo. Tuvieron dos hijos, Fran y Cayetano. Estando en la capital, Carmen era invitada continuamente a fiestas. Era lógico a su edad que quisiera divertirse; Paco prefería descansar, cuidarse por sus contratos, que le exigían mantenerse físicamente en forma. Esa situación desembocó en la ruptura del matrimonio en 1979. Ya en vísperas de su separación, Carmen Ordóñez coqueteaba con Antonio Arribas, un buscavidas que tenía mucho éxito con las mujeres, otra de ellas Lolita.

Para el matador de toros, viéndose sin tener al lado a su mujer, le supuso un trastorno sentimental, del que tardó mucho tiempo superar. Carmen, por su parte, dio rienda con el paso del tiempo a su libertad en cuestiones amorosas, sobradamente conocidas por la prensa rosa, lo que nos evita volver a recordarlas.
También "Paquirri", sometido a una presión constante por cuanto el público le exigía al ser una figura del toreo, entre los diez matadores más importantes del grupo especial en la década de los 70 y comienzos de los 80, tuvo que buscar un modo de no estar constantemente obsesionado con su vida puesta en juego tantas tardes jugándose la vida en las plazas. Y de manera más o menos discreta tuvo amores que, en principio, no eran del conocimiento de la prensa del corazón. En sus campañas americanas se solazaba a menudo con bellezas que lo acosaban. Y él, se dejaba caer en los brazos de las colombianas Nora y María Luisa Riasco, la americana Denise, entre tantas otras cuya identidad carece de interés para los lectores. Lo mismo que cuando regresaba a España y tenía, entre algunas otras, una belga que lo perseguía, siguiéndolo de plaza en plaza y acudiendo a los hoteles donde se vestía y descansaba.
Hasta que un día apareció en la vida del torero gaditano la hija mayor de Lola Flores, Lolita. Ella, recuerda muy bien cuándo empezó el idilio, en mayo de 1979 y el día que terminó, 11 de septiembre de 1980. Lolita era de la misma pandilla que Carmen Ordóñez, siendo solteras. Ya casada ésta con "Paquirri", Lolita era invitada a la casa sevillana de la pareja. Era mentira que Lolita se interpusiera en ese matrimonio. Y cuando comenzó a salir con el torero, éste ya se había separado. "Ojalá os vaya bien – le dijo Carmen – porque me consta que tú cuidarás mejor que otras a nuestros hijos".
Los padres de Carmen no aprobaron su separación. Pero haciendo de tripas corazón, ella buscó a la abogada matrimonialista Concha Sierra iniciando los trámites pertinentes. Estaba desde luego muy enamorada de su ex. Y a partir de entonces es cuando Lolita convivió año y medio con el torero, pasando muchos días en la finca que éste tenía en Constantina, "El Robledo". Había comprado dos más: "El Garlochí" y la más nombrada de ellas, "La Cantora" (que luego siempre se cita sin el artículo delante), que adquirió en 1979 por treinta millones de pesetas, gastándose otros tantos en construir una placita de toros y otros rincones y mejoras.
Para Lolita, Paco no era el hombre serio que comparecía en los ruedos, sino muy divertido. Hasta que él se cansó de Lolita poniéndole los cuernos con Bárbara Rey. Llegó a darse el caso de estar en la cama con esta última, mientras llamaba por teléfono a la hija de "La Faraona". Ésta, la sin par Lola Flores, enterada de la manera con la que "Paquirri" había terminado su relación con Lolita, actuando en una discoteca de la madrileña plaza del Callao, puso de vuelta y media al torero. Yo estaba a tres metros de ella y tomé nota de la maldición que le expresó. Bárbara Rey fue para "Paquirri" simplemente un entretenimiento, romance que no tenía visos de durar mucho tiempo. Uno más para ella, que no dejaría huella alguna cuando el diestro la dejó. Ni a éste tampoco.
Y así, entre idilios de poca monta cuando en diciembre embarcaba en avión rumbo a México, Venezuela y Perú para las campañas invernales y las admiradoras de sus ojos verdes se lo rifaban, apareció en su vida de modo ocasional una cantante de coplas, Isabel Pantoja, quien por entonces, últimos años 70, se iba labrando un puesto destacado entre las intérpretes de la canción andaluza.
Isabel vivía en Sevilla, donde un fotógrafo, Manuel Gallardo, colaborador de la revista "¡Hola!", la acompañó, por deseo de ella, a conocer a "Paquirri" en la habitación que ocupaba en el hotel Jerez, tras haber toreado esa tarde en la feria de Jerez de la Frontera. Él, cuando ya eran novios, me contó esto: "No me fue fácil conquistarla desde aquella primera vez que nos vimos. Únicamente sabía de ella a través de sus actuaciones en televisión, pero yo hacía lo posible para que nos viéramos más veces. Me costó lo mío. Hice muchos cientos de kilómetros cada vez que pudimos encontrarnos".
Cuando ya atravesaron ese meridiano amoroso y pensaron casarse tuvieron que enfrentarse a un grave problema: el de la separación de Carmen Ordóñez. En aquel mayo de 1981 cuando me fui a "Cantora" para entrevistarlos, Isabel ya convivía con él. Eso sí, con su madre también, de cancerbera. Y supe que la cantaora se atrevió un día a verlo torear en Talavera de la Reina, la única vez. "Lo pasé tan mal – me diría Isabel – que sólo aguanté el primer toro. Me volví al hotel. Sí que lo acompañé a otras corridas, pero no iba a la plaza, me quedaba en mi habitación".

Una anécdota desagradable vivió una noche Lolita cuando actuaba en la sala de fiestas Florida Park, en el Retiro madrileño (el mismo lugar donde años atrás "Paquirri" festejara su boda con Carmen Ordóñez). Desde el escenario columbró en una mesa cercana al torero acompañado de Isabel. Feo detalle al presentarse allí. ¿De quién partió la idea? Lolita no supo quién de los dos lo decidió. Parece que la pareja lo pasó muy bien, aguantándose las risas. Por supuesto no fueron a saludarla. Hubiera sido ya el acabóse. Lolita recordaría que con Isabel coincidió en algunas actuaciones en televisión o en galas y siempre se habían llevado bien. Hasta aquella noche. Sucia jugada. ¿Con qué fin? ¿Para darle celos?
"Una mujer que quiera a un torero – me confiaba él – claro que sufre muchísimo. La espera dura más en el hotel que en la plaza, donde cada lidia de un toro sólo es de quince minutos cada uno. A mí me gustaría más ver a Isabel en una barrera, pero comprendo sus razones".

Cuando Isabel Pantoja cantaba en Madrid en una conocida discoteca, Paco procuraba estar en primera fila, en tanto ella le dedicaba una canción y cómplices miradas. Rafael de León y Juan Solano le compusieron una copla en la que ya se aludía a que eran libres para casarse. Lo que sucedió el 30 de abril de 1983 en el templo sevillano de Jesús del Gran Poder, barrio de San Lorenzo, cuyas inmediaciones estaban llenas de curiosos. La boda, ni qué decir fue un acontecimiento para las revistas rosas. Poco más de un año después les nació Francisco, familiarmente conocido como Kiko que en las publicaciones dieron en apodarlo "Paquirrín", con gran cabreo para su madre. Faltaban dos meses y medio cuando lo bautizaron el 3 de junio de 1984 en una capilla gaditana para que el niño quedara huérfano.
Aquel aciago 26 de septiembre de 1984 al mediodía Francisco Rivera "Paquirri" almorzó tortilla de patatas, un flan y de bebida agua mineral en el comedor del modesto hotel Los Godos, de Pozoblanco. Jugó una partida de naipes con algunos de su cuadrilla, a los que ganó algo más de cinco mil pesetas. Se fue a su habitación a descansar pero antes quiso telefonear a Isabel, a la casa del matrimonio en Sevilla. Pero no cogió el teléfono nadie. Vestido de luces, a punto de subirse al coche de cuadrillas para ir a la plaza, volvió a intentarlo. Y no logró comunicarse con ella.
En el ruedo, lidiando su segundo toro, "Avispado", el diestro fue cogido a la salida de un quite del caballo. Lo corneó llevándolo prendido hasta el centro del redondel. El diestro iba agarrado a los cuernos de su enemigo, hasta que cayó a la arena, dejando un reguero de sangre. En la enfermería, tranquilo, pidió que llamaran a Isabel. Al cirujano le comentó las trayectorias de las heridas. La escena, dramática quedó dicho que fue grabada por un cámara de televisión. Documento que llegó a comercializarse, hasta que Isabel Pantoja demandó a la productora y un juez prohibió su divulgación. Mas ya se había podido contemplar en la pequeña pantalla. Escenas llenas de gran dramatismo, con las últimas palabras del diestro. Tres horas después, entrando la ambulancia en Córdoba con el herido, "Paquirri" cerraba los ojos para siempre.
Había muerto un hombre cabal y un torero para la historia.