
Enrique Ponce se despide de la afición española este miércoles 9 de octubre, en el Día de la Comunidad Valenciana, su tierra. Cambió de idea y no será esa fecha cuando deje de vestirse de luces, lo que hubiera sido más comprensible, pues allí es donde comenzó su triunfal carrera. La presión de empresarios hispanoamericanos lo convencieron para que ese adiós suceda semanas más adelante en plazas de México, Colombia y Perú, donde es muy querido.
Figura en casi todas sus biografías que nació en Chiva, lo que es incierto, pues vino al mundo en Valencia capital, en el Hospital de la Fe, el 8 de diciembre de 1971. En el pueblo antedicho es donde vivía su familia y donde transcurrió su niñez, adolescencia y algún tiempo, poco, de su juventud. Fue su abuelo, Leandro Martínez, quien le insufló la afición taurina. Había sido novillero, apodado "El Motillano", en atención a su nacimiento en la población conquense de Motilla del Palancar. No tuvo suerte, abandonó sus aspiraciones en los ruedos y se estableció en Chiva, donde contrajo matrimonio, dedicándose a su oficio de peluquero. Como quiera que un hijo suyo no quiso ser torero, dedicó todo su esfuerzo en que su nieto Quique fuera poco a poco interesándose por el arte de Cúchares. Y lo logró. Con ocho años llevándolo a varios tentaderos. Y con diez debutando en Chiva para lidiar un becerro. Tengo delante un cartel de ese día, 20 de marzo de 1982: "Gran Charlotada. Con el espectáculo "Ovaciones en el ruedo" y en la parte seria el valiente y artista becerrista de Chiva Enrique Ponce. Con sólo diez años lidiará, banderilleará y dará muerte a estoque a un bravo becerro". Por esas fechas también tomaría parte en tres temporadas en la placita de toros sita en el complejo hotelero "Monte Picayo", donde se organizaban festejos entre aspirantes a novilleros. Nunca ganó ninguno de esos concursos, lo que le ocasionaba cada vez un serio disgusto. Saldría adelante hasta debutar con caballos y tomar la alternativa en 1990, siempre con el apoyo y consejos de su abuelo Leandro, que disfrutó, cuando iba a llegar a centenario, verlo convertido en una gran figura, el sueño de los dos. Quique ya no respondía a ese apelativo familiar. Era desde hacía tiempo Enrique Ponce, gloria del toreo.
Enrique, como muchos colegas suyos, tiene una privilegiada memoria: se acuerda de corridas, de toros, de fechas en las que hizo el paseíllo. Los toreros, en el ruedo, son rivales siempre. Fuera de la plaza unos son más amigos que otros. Ponce siempre admiró a Juan Antonio Ruiz "Espartaco", y lo trataba con respeto. Estando yo en un hotel de Valencia conversando con este último, se detuvo Enrique para saludarlo y lo trató llamándolo "maestro". José María Manzanares, además de paisano levantino, fue otro de sus buenos compañeros. Ni con El Soro ni con César Rincón hubo química. Y a Jesulín de Ubrique lo calificó despectivamente, pues no comulgaba con su estilo. Joselito alguna vez lo agravió pero no se lo tuvo en cuenta Enrique: sentía hacia él admiración y llegaron a congeniar. Esto que les cuento es algo que los públicos ignoran, como es comprensible.
Hay publicadas dos biografías esenciales sobre el diestro valenciano: una firmada por el veterano cronista taurino, director de la revista "Aplausos" que es la única hoy en los quioscos de periodicidad mensual, José Luis Benlloch. Y otra, espléndida, rigurosa, amena, escrita por el catedrático de Literatura y crítico Andrés Amorós. En ellas se cuenta de qué modo un jovencísimo Enrique Ponce dejó Chiva para instalarse en Las Navas de San Juan en la casa de Juan Ruiz Palomares, que devino en ganadero y luego apoderado del diestro. Con él se convirtió en una figura de la fiesta.
A día de hoy, Enrique Ponce ha intervenido en alrededor de casi 2200 festejos, cerca de cuatro mil quinientas reses estoqueadas, con una cifra de toros indultados no superadas por ningún otro matador: cincuenta y tres. En la Monumental de las Ventas, la cumbre del toreo, hizo el paseíllo en cuarenta y ocho tardes, la mayoría triunfales. Salió cinco veces en hombros, la última el reciente 28 de septiembre, la tarde de su despedida del coso madrileño, en la que cortó dos generosas orejas con las que el respetable quiso reconocer su carrera y, tal vez, la acritud con la que en el pasado mostró con él, sobre todo los del tendido del 7, que lo criticaban a veces injustamente. Por eso en esta última actuación, Enrique desarrolló su faena de muleta bajo ese intransigente tendido de aficionados que se creen "los salvadores de la Fiesta", aunque no les falte la razón muchas veces, sólo que la intemperancia que exhiben no es compartida por la mayoría de los demás espectadores.
Ha sido Enrique Ponce un matador de toros técnico, nada ayuno de valor, si no de los ungidos por el arte y la gracia sevillana, sí capaz de mantener una línea clásica. Falló en muchas ocasiones con la espada, alargaba demasiado las faenas, escuchó avisos por ello, mas en la retina de los buenos aficionados quedará siempre su pundonor, su indiscutible maestría, conocedor de todas las suertes, quien a veces con toros de difícil lidia, él conseguía dominar gracias a su sabiduría. No fue muy castigado por sus enemigos, aunque tuvo cogidas gravísimas, como una en la plaza de León.
La vida sentimental de Enrique Ponce asociada a la de Paloma Cuevas, ha sido de dominio público, pues se ha recordado muchísimas veces en las revistas del corazón. Razones por las que pasaremos de puntillas, aunque contándoles episodios anecdóticos hasta desembocar en su divorcio.
Fue el padre de Paloma, Victoriano Roger "Valencia", quien contó la primera vez que ella y Enrique se vieron: en el transcurso de una novillada celebrada en Algeciras. Eran muy jovencitos y apenas cruzaron unas miradas, sin hablarse. Fue unas temporadas más tarde, en 1992, cuando se vieron de nuevo en el hotel La Perdiz, de La Carolina (Jaén). Y allí sí que intercambiaron un saludo y una corta conversación. En la feria de Cali, de aquel año, Paloma, que acompañaba a su padre, es cuando se inició el idilio entre ambos. Victoriano Valencia, que se dio cuenta en seguida de la simpatía que había surgido entre su hija y el matador, le advirtió a éste que Paloma no era una chica con la que podría tontearse. Y Enrique, decidido y sincero, le contestó que sus intenciones eran la de llegar a casarse con ella cuando se conocieran lo suficiente, pues quería que fuera la madre de sus hijos.
Antes de que sucediera ese previsto enlace, Paloma se fue a Boston a estudiar. Ponce fue a verla en cuanto pudo. Y se veían cuando les era posible. Por teléfono mantenían conferencias larguísimas. El 25 de octubre de 1996 se casaron en la catedral de Valencia. Una multitud de gente rodeó las inmediaciones del templo. Canal 9 de la Comunidad Valenciana retransmitió la boda: primera vez que programaban un acontecimiento así. Luego, la dichosa pareja tuvo dos niñas. Aun teniendo un lujoso piso en Madrid, la mayor parte del año la pasaban en la finca "Cetrina", en la provincia de Jaén, en los alrededores de Sierra Morena. Enrique cumplía sus compromisos, en primavera hasta otoño, sus contratos en España y Francia. En invierno, los de Hispanoamérica. Iba y volvía a "Cetrina" para estar el mayor tiempo posible en familia.
Se desconocía que antes de llegar a la segunda decena del nuevo siglo XXI entre Enrique y Paloma surgieran algunas desavenencias. Lo que únicamente se vislumbraba en el círculo íntimo del matrimonio, sin que ninguna publicación lo detectara. Por eso fue toda una sorpresa que a principios de julio de 2020 se publicara la ruptura de la pareja tras veinticuatro años de feliz matrimonio. Una tercera persona aparecía en escena: la jovencita Ana Soria, de veintidós años, hija de un conocido abogado de Almería. Pudo saberse que desde comienzos del año anterior se habían conocido; un flechazo en toda regla. Hasta el momento que Enrique le dio a conocer a Paloma que tenían que separarse. Cuanto pasó después sería argumento semanal durante muchos meses para las revistas rosas. Tardaron en llegar a un acuerdo para al final firmar los documentos previos al divorcio, muy en concreto los bienes que tenía que repartirse y el convenio de regulación de las veces que el padre podía ver y estar con sus hijas, Paloma y Bianca.
Paloma sufrió un duro golpe. Sus padres, Victoriano y Paloma, lo mismo. Sus hijas tenían doce y ocho años, respectivamente. También les alcanzó el dolor por aquella separación. Y aquella, guapísima, elegante, emprendedora empresaria, hubo de ir rehaciendo su vida, hasta que encontró de nuevo el amor en la persona de un seductor nato, el cantante Luis Miguel, con un historial largo de conquistas y sin haberse casado hasta la fecha con ninguna de las muchas mujeres que fue conquistando. Ha dado la impresión de "ir más en serio con Paloma", a la que conocía de años atrás cuando compartían encuentros en presencia, por supuesto, de Enrique Ponce.
Curioso resulta recordar que Enrique Ponce tenía por ídolos de la canción preferentes a Camarón de la Isla y a Luis Miguel. Imaginamos que ya no escucha los boleros del mexicano. Sí que continúa su romántico idilio con Ana Soria, que ya dura algo más de cuatro años y podría desembocar en boda en cualquier momento.
Ya se ha contado que Ana Soria ha acompañado a Enrique a las plazas donde últimamente ha hecho el paseíllo, con la costumbre del torero en ese instante, nada más aparecer en la plaza, de servirse de su pierna derecha para con la punta de su zapatilla dibujar sobre la arena las iniciales A.S. Ella es muy valiente y prefiere verlo desde un tendido, como ocurrió en la despedida de Enrique en Madrid, siguiendo sus faenas con suma atención. Preocupada asimismo, imaginamos.
La pareja proyecta residir en una definitiva mansión en la costa almeriense, aprovechando un terreno adquirido por el torero para construirse al gusto de ambos un amplio chalé. Y Enrique, cuando ya se haya cortado la coleta posiblemente en la Monumental de México, dedicará ya su tiempo compartido con Ana Soria, deseosos de ser padres por un lado, y mantener los negocios de una empresa dedicada a la construcción e inmobiliarias. Por el momento, el torero tiene de patrimonio su finca "Cetrina", donde se celebran eventos, bodas y comuniones, aparte de continuar con su faceta de ganadero de reses bravas.
Enrique Ponce, ya está en la historia del toreo por su apretada biografía, después de treinta y cuatro temporadas desde que Joselito y Miguel Báez "Litri" le dieran la alternativa en Valencia. Cumplirá dentro de dos meses cincuenta y tres años. Otros matadores estuvieron en activo más tiempo, caso por ejemplo de Curro Romero. Pero aún todavía con buen estado físico, ha preferido gozar de la vida familiar, desde que conoció a su actual amor.