
El pasado 8 de octubre el matador de toros Juan Ortega cumplió 34 años. Ha tardado mucho en colocarse entre las figuras, y esta temporada, ya en primera línea del escalafón, la concluyó en la feria sevillana de San Miguel y está a la espera de iniciar su campaña en México, donde le esperan varios compromisos. Vive un momento espléndido, tras haber intervenido en cuarenta y cinco festejos este año con resultados en general positivos. De los toreros de arte; en Sevilla, de donde es natural, ya lo definen como el próximo sucesor de Morante de la Puebla (quien hubo de rescindir sus últimos contratos al recaer en su enfermedad mental).
Hace menos de un año, Juan Ortega sólo era nombrado por los aficionados taurinos. Hay diestros que trascienden su carrera en los ruedos y son los llamados "mediáticos", que atraen a quienes no participan de la fiesta y sólo son conocidos por sus apariciones en los programas rosas y las revistas del corazón. Y es a partir del 23 de diciembre de 2023 cuando se da a conocer en toda España (es posible que la noticia se extendiera también a otros países) por su sonada "espantá" cuando ese día estaba previsto casarse con su novia de siempre, Carmen Otte (equivocadamente hay algún medio que la apellida Odette). La víspera de esas nupcias Juan la celebró en Jerez de la Frontera con sus familiares y amigos cercanos. A la tarde siguiente ya se supo que había tomado la indeclinable determinación de suspender sus esponsales. A las puertas de la iglesia había ya un gentío esperando la llegada de los novios. Invitados asimismo compañeros del diestro y personas relacionadas con el mundillo taurino, estupefactas al enterarse que la boda había sido suspendida. Sólo días más tarde, Juan Ortega aceptó una entrevista donde pidió perdón, alegando que llevaba ¡ocho meses! meditando su futuro matrimonial; tenía dudas, indecisiones para dar ese gran paso. Y pocas horas antes de la ceremonia nupcial es cuando dijo que no se casaba.
Juan Ortega pasó ese invierno entrenando en el campo. Llegado febrero, en la feria de Valdemorillo, no las tenía todas consigo. Preocupado, a sabiendas que la suspensión de su boda era tanto para la gente que como para él, una sombra negativa. Confesó: "No estoy seguro si este año podré torear". Le embargaba una sensación de culpabilidad. Estaba claro que hizo daño a quien era su prometida, a la familia de ella y a la propia, ¿por qué no? Superó ese compromiso en el coso de la plaza serrana madrileña y dejó en el ruedo el aroma de su fino toreo. Eso lo repitió en otras plazas, aunque de manera desigual. Y ya en la temporada de 2024 es cuando ha ido depurando su estilismo con la capa, y la técnica con la muleta. Aún con deficiencias, su toreo ha calado en la afición. Con los dedos de una mano pueden contarse quienes lo practican de la manera plástica como él.
Su vida íntima también ha dado un giro, pues aunque él no haya querido hasta la fecha asentir cuanto en su círculo privado se sabe, lo mismo entre periodistas avezados en la crónica sentimental, tampoco ha negado la relación que se supone tiene con Isabel Lozano, que pertenece a una familia de raigambre taurina: hija del ex matador Fernando Lozano, nieta de Pablo Lozano ("La muleta de Castilla" era llamado en los años 50) y sobrina de los hermanos de éste, empresarios muy conocidos: Eduardo, Manuel y José Luis.
La joven ha estudiado Publicidad y Periodismo y este año venía trabajando en la consultora Estudio de Comunicación. Pero he aquí que la revista Semana publica en su último número unas imágenes de la pareja paseando por Sevilla, lo que ya apunta a que la amistad de la pareja va derivando en algo más duradero.
Juan Ortega Pardo tenía solo nueve años cuando ya se puso delante de unas becerras en la ganadería de Román Sorando. Y ya en la placita de Camas debutó en 2006 como becerrista. Unos años después, en Sevilla, se inscribió en la Escuela Taurina Amate. Más tarde, también en la de Córdoba, en cuya Universidad cursó la carrera de Ingeniero Agrónomo. Tenía muy claro que no iba a ejercerla, pues su meta era consagrarse en los ruedos. Así es que fue anunciado en 2011 en la plaza de toros cordobesa en un cartel junto a Juan del Álamo y el infortunado Víctor Barrio, que moriría corneado ya siendo matador. A sus padres, Juan Ortega les dio un disgusto, pero él se defendió diciéndoles que no sería feliz en caso de renunciar a su sueño vestido de luces.
Consiguió la alternativa el 27 de septiembre de 2014, de manos de Enrique Ponce, con José María Manzanares (hijo) de testigo. Desde entonces emprendió, lentamente, una lucha por hacer el paseíllo en cosos de postín, lo que le ha costado hasta que desde hace tres temporadas empezó a ir destacando por su estilo, pura escuela sevillana, fácil con el capote sobre todo. De los pocos que en la actualidad ejecutan un toreo de arte, insistimos.
Bien aconsejado por alguien que conoce los resortes de las relaciones públicas, o bien por iniciativa propia, no sabemos, hace un año invitó en un hotel de lujo a periodistas y cronistas taurinos en una fiesta que debió costarle un pico. Con el objetivo de publicitar su figura en los ruedos. Todavía no gozaba de suficiente atención de la prensa. Y hace pocos días convocó a un grupo de informadores para anunciarles las plazas mexicanas donde tiene contratadas unas cuantas corridas próximamente. No es habitual entre sus colegas recurrir a una cita semejante. Y mucho menos hacerlo, no en un hotel, que sería lo más lógico, sino en el bufete de unos prestigiosos abogados, Cremades-Calvo Sotelo, que deben ser quiénes lo aconsejan en cuestiones jurídicas, suponemos. Un rasgo que califica a este matador de toros como alguien que se sale un poco de las costumbres de otros colegas.