
El pasado 9 de octubre, se nos fue para siempre la excelente actriz, integrante de una importante saga artística, Elisa Montés, hermana de Emma Penella y Terele Pávez. Un trío familiar que, al dedicarse al cine, teatro y televisión, cada una de ellas quiso anunciarse con distintos apellidos, real el de la segunda citada. En cuanto a la fallecida, decidió el seudónimo Montés, con acento agudo, en homenaje a su ilustre abuelo materno, Manuel Penella Romero, autor de la célebre ópera (hay quien equivocadamente la cree zarzuela) "El gato montés", cuyo final es el del popularísimo pasodoble que suena tantas tardes en las plazas de toros.
Elisa Rosario Ruiz Penella nació en Granada el 15 de diciembre de 1934. Su padre, Ramón Ruiz Alonso, tipógrafo, perteneciente a las JONS, diputado en la II República, fue el responsable de la detención de Federico García Lorca, refugiado en 1936 en la casa familiar del poeta Luis Rosales y sus hermanos, adonde acudió lleno de ira para llevárselo, trasladado al Gobierno Civil. Harto sabido es que, cuarenta y ocho horas después, aproximadamente, sería fusilado, sin juicio previo, en un descampado del pueblo de Víznar, donde hasta la fecha nadie ha podido lograr el lugar exacto donde reposan sus restos. Eso sería, tras muchas investigaciones, durante la madrugada del 18 al 19 de agosto de 1936. Las tres hermanas Penella (tuvieron un hermano que había fallecido y una hermana ajena al mundo del espectáculo) naturalmente ajenas al desvarío político de su progenitor, al ser actrices, tuvieron durante mucho tiempo que recurrir al silencio si en su presencia, dentro de la profesión que ejercían, salía a relucir la dramaturgia del poeta granadino.
Las razones que llevaron a Ramón Ruiz Alonso a delatar al poeta de Fuentevaqueros nunca las dio a conocer formalmente. Escribió una carta dirigida al gobernador civil de Granada acusando a Federico de homosexual y espía soviético. Y sobre todo de ser amigo y colaborador de Fernando de los Ríos. Lo llevó a detenerlo el hecho de que estuviera refugiado en casa de los Rosales, en particular de Luis, al que odiaba mortalmente. Pero ese día, en esa casa donde todos los hermanos eran falangistas, no se encontraba ninguno, hallándose en el frente.
Ramón Ruiz Alonso había tenido una vida política durante la II República, cuando fue diputado, primero afiliado a la CEDA de José María Gil Robles, de quien había sido condiscípulo cuando estudiaban con los Salesianos. Pasó a llevar carné de las JONS, partido radical de derechas, y luego quiso entrar en la Falange, con la condición de que le pagaran ¡mil pesetas! al mes. Pero José Antonio Primo de Rivera aceptó sólo proporcionarle un carné, denegándole sus pretensiones económicas. Y ahí es donde analistas del asesinato de García Lorca llegan a la conclusión de que Ruiz Alonso, recordando ese, para él, desaire del Fundador de la Falange, que le llegó tras la gestión que le hizo Pepe Rosales, por venganza pensó darle un escarmiento, a Federico y si hubiera sido posible, también a Luis Rosales, su enemigo.
No había terminado aún la guerra cuando este personaje culpable de la muerte de Federico marchó a Salamanca, jactándose de su sangrienta hazaña. Buscaba favores en la capital salmantina donde Franco tenía su cuartel general. Enterado de las circunstancias por las que fue asesinado el poeta, el Caudillo dejó correr la especie de que unos incontrolados habían sido los culpables. Ruiz Alonso quiso entrar en la sección de Prensa y Propaganda, al frente de la cual estaba Dionisio Ridruejo, quien alertado por Luis Rosales, lo echó sin contemplaciones de su despacho.
Pasaron los años y lo único que consiguió este miserable fue que los franquistas le proporcionaran una imprenta en un barrio madrileño. Vivió cuarenta años sin relacionarse prácticamente con nadie, pendiente sólo de sus hijos. Tuvo cuatro hijas (tres de ellas actrices, como quedó apuntado) y un varón fallecido en 1934. Ni qué decir que ellas, Emma Penella, Terele Pávez y Elisa Montés, ignoraban verdaderamente la verdadera identidad de su padre, un monstruo, un cobarde, un político chaquetero, un vendido al mejor postor.
Un día de noviembre de 2003 Emma Penella se reunió en el hotel Palace madrileño con un periodista granadino, Gabriel Pozo, quien había publicado en el diario Ideal, una información acerca de la muerte de Lorca: citaba al padre de la actriz como culpable de la detención y posterior fusilamiento. No tenía la más mínima duda, porque quien denunció al poeta, había trabajado de linotipista y redactor en ese mismo periódico, mediada la década de los años 30. La primogénita de Ramón Ruiz Alonso, con la promesa de que el contenido de la entrevista no se publicaría hasta su muerte, le refirió algunas confidencias. Una de ellas afirmando que ni ella ni sus hermanas conocieron los pasos de su progenitor, sobre todo los que le llevaron a detener a Federico. Y confesó lo que sigue: estando con su hermana Terele en un cóctel de gentes del espectáculo, una actriz, a voz en grito, señalándola, dijo a la concurrencia: "¡Ésa que se lo tiene tan creído es hija del que mató a García Lorca!" Las dos hermanas salieron despavoridas, llegaron a casa llorando y contándole a su padre lo sucedido, le pidieron explicaciones. Ramón Ruiz Alonso no supo qué decirles, subió al piso superior de su vivienda y pasó varios días encerrado, sin querer comer. Más adelante sólo les contaría que él era un mandado, que quien daba las órdenes para eliminar a todo aquel contrario a la política nacionalista era el general Queipo de Llano, desde Sevilla.
La prensa española nunca publicó nada que tuviera visos oficiales sobre la suerte que corrió el poeta granadino. Sólo en Francia, sobre todo, y en otros países, salieron a la luz pública reportajes y libros que recogieron aquel drama.
Ramón Ruiz Alonso, a la muerte del general Franco en 1975, dejó España instalándose en Las Vegas, estado de Nevada, Estados Unidos, donde vivía su otra hija Julia, sin nada relacionada con el mundo artístico. Ya no regresó vivo. Moriría por causas naturales en octubre de 1982, hace justamente cuarenta y dos años. Sus cenizas las trajo su hija Emma para darles cristiana sepultura en un cementerio madrileño, tumba en la que no quiso que figurara la identidad de su padre. Muerta ella en 2007, quien la había entrevistado cuatro años atrás, cumplido el pacto, insertó las confesiones de la actriz en un libro, "Lorca, el último paseo", en el año 2009.