Madrid no necesita playa
¿De verdad queremos eso en Madrid? ¿Una orilla al borde de la M30? ¿Un Malasaña con marea? No, gracias.
Llevo años oyendo lo mismo. Que Madrid lo tiene todo, pero le falta la playa. Qué pereza. ¿De verdad queremos importar el folclore del chiringuito salvaje y la sombrilla de marca blanca con olor a fritanga?
Perdonen la franqueza (y suavícenla mentalmente, si quieren), pero la playa saca lo peor de la gente. Lo digo desde la arena, con los pies pegados y el alma también. Una entra y sale del mar como puede, con la dignidad erosionada por la sal y los altavoces ajenos que suenan a reguetón lento o pop triste, pero siempre a todo volumen. Los hay que montan el campamento base: primera fila, neverita, tortilla y, por supuesto, los restos. Porque playa sin latas es como paella sin arroz. Imposible.
Y luego está el striptease estético, ese gran nivelador social. En la playa nadie se esconde. La ropa desaparece y con ella los filtros. Sale a relucir lo que el invierno disimuló: el exceso, el tatuaje mal elegido, el cuerpo vivido. La esencia. Así, sin filtros de Valencia ni camisas de lino.
¿De verdad queremos eso en Madrid? ¿Una orilla al borde de la M30? ¿Un Malasaña con marea? No, gracias. Madrid no necesita playa porque Madrid es playa mental. Aquí en verano puedes ir a cualquier sitio sin reservar. Se vacía de ruido y se llena de posibilidades. Y si además tienes aire acondicionado en casa, ya estás en la gloria.
Escribo esto desde Cala Galdana, sí, pero también desde el olfato. Estoy en un Meliá y hay algo que me fascina. Todos los Meliás del mundo huelen igual. Da igual si estás en París, Cancún, Milán o Mallorca. Ese aroma entre limpio, solar y un punto sofisticado se ha convertido en mi hogar sensorial. Voy coleccionando experiencias en Meliá por todo el mundo. Y no me hablen de LEVEL, con su brunch selecto y desayunos en zona noble. Meliá no necesita gritar lujo. Lo susurra. Es un lujo que no presume. Es España bien.
Aquí, mientras me bronceo con discreción (y sin altavoz), recuerdo que hace tres días, en Madrid, caían piedras del cielo. No granizo. Pelotas asesinas. Acababa de aterrizar y vi mi calle, Conde de Peñalver, convertida en canal veneciano. Si vuelve esa crisis del hielo, que alguien le diga a los caterings que ya no hace falta pedirlo. Lo trae el cielo directamente. Gratis y bendito. Espacio Cubierto. Tiempo descubierto.
Así que no, Madrid no necesita playa. Lo que necesita es gente con buen gusto, que gaste, y mucho aire acondicionado.
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