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El no-decoro y esas cosas

Circula por Instagram un cartel que colgaba en una parroquia de un pueblo de España que desglosaba qué tipo de comportamiento hay que tener en la iglesia... incluyendo cómo vestir.

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Cómo vestir en la iglesia | Cordon Press

La semana pasada un conocido mío compartía en Instagram la foto que le había sacado a un cartel que colgaba en una parroquia de un pueblo de España. En dicho panfleto, figuraba una serie de "recomendaciones" -o casi peticiones- de qué tipo de comportamiento hay que tener en la iglesia. Desde no usar el móvil y tenerlo apagado -que se lo expliquen al Padre Ángel que regala Wifi-, hasta cómo vestir. Esto último me generó cierta descomposición estético-moral. Mediante dibujos, se explicaba que no se debía enseñar los hombros o las rodillas. Algo exagerado, a mí parecer.

Si bien me parece una falta de respeto asistir a misa con pantalones cortos y enseñando el ombligo, tampoco hay que volverse locos e ir tapados desde el cuello hasta los tobillos. Vamos: que enseñar los hombros en plena ola de calor en la iglesia no creo que sea un pecado.

Para comunicarse con Dios no hace falta encajar con unos dogmas estéticos que imponen cómo vestir. Lo que no quita que haya unos mínimos , de sentido común, que hay que cumplir y que son aplicables a toda clase de persona -sea o no creyente-. Y por una razón muy básica: decoro y respeto hacia las otras personas que nos acompañan. Misma filosofía que hay que aplicarse para asistir al Teatro Real a la ópera, por ejemplo Hay que entender que las chanclas, los pantalones cortos -sí, esos que parecen braguitas- y los tops del gimnasio son para la playa, las terrazas en verano y para practicar deporte. Que al Parlamento se tiene que acudir aseado y encorbatado; y que las zapatillas de deporte -salvo que sean un modelo de Gucci o Prada- no deben ponerse al Auditorio Nacional de Madrid.

Esto de cómo vestir y las tradiciones encajan muy bien con el polémico enlace matrimonial de una modelo y actriz muy conocida -sí, la del videoclip aquel de Robin Thicke, donde aparece prácticamente como su madre la trajo al mundo; corría el año 2013-. Y es que casarse de Zara, con pantalón, chaqueta y de amarillo mostaza es posible. Y si no, que se lo cuenten a la guapísima Emily Ratajkowski.

De este celebración sorprenden muchas cosas: la primera, el casarse con alguien con el que llevas saliendo unas semanas. Me decía una amiga que su mentalidad infantil debe de superar con creces la dificultad de pronunciar su apellido y su belleza juntas. No sé si es mentalidad infantil, libertinaje vital, algún interés oculto o que, simple y llanamente, se ha enamorado y quiere "cometer una locura".

Pero eso a mí me importa casi tanto como el champú que utiliza Pablo Iglesias.

Me inquieta su no-traje de novia. Ni blanco, ni vestido, ni perlas, ni penes en la cabeza para la despedida de soltera. Emily -dejemos el apellido a un lado- es así: tan guapa como original. O tan sencilla como moderna.

Quizá ha tomado la decisión con tanta rapidez que ni le ha dado tiempo a comprar un vestido de novia. Algo difícil de creer, ya que hoy día consigues un vestido blanco en cualquier tienda. No de novia, pero blanco. Pero, y en verdad, si lo reflexionamos dejando la mente en blanco un rato, borramos los convencionalismos y eliminamos el imaginario social colectivo por instantes: ¿qué más da?

Chico conoce a chica. Chica conoce a chico. Chico quiere a chica. Chica quiere a chico. Pareja decide oficializar su relación -o relaciona, para los más "avanzados"-. Fin.

Me cuesta tomar una clara posición sobre este tema. La veo tan guapa que incluso si se casara con un saco de patatas la seguiría viendo bien. Supongo que debo de hacer un ejercicio conmigo misma y entender que las tradiciones son bonitas pero no válidas para todas las personas. Que no todas las personas son válidas para ir de blanco. Y que el blanco al final no deja de ser el color que representa la pureza, y que de pureza cada vez abunda menos. Que menos es más. Y que más es entender que la moda está para invertirla, darle la vuelta, jugar con ella y hacer lo que a uno le entre en gana. Podía haber sido peor: que fuera disfrazada de Marilyn Monroe, con peluca incluida. Eso sí: que el chucho en la foto no falte. Por Dios, cómo iba a casarse Emily sin la presencia de su perro… Yo sin presencia mi gato Mou ni me lo planteo. No se sorprendan que de los creadores de "Sologamia, soy así de guay que me caso conmigo misma", llegue "Felinogamia, porque cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi gato".

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