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Katy Mikhailova

El último caballero

Desde que murió, no puedo dejar de pensar en eso. En que hay personas que se van como defendían vivir. Casi sin aviso.

El último caballero. | Katy

Ayer, viernes, murió Alfonso Ussía. Y Madrid siguió funcionando casi igual. Los semáforos cambiaron. La gente cruzó. Los camareros sirvieron cafés. Los taxis pasaron.

Eso Ussía lo explicaba con ironía quirúrgica en su "Manual de las buenas maneras". Decía que uno puede pillar una gripe, un rebote o incluso una borrachera, pero nunca un taxi. El taxi se toma. Porque pillar implicaba violencia, apropiación, una falta de educación incluso en el lenguaje. Contaba, entre bromas muy serias, que llegó a dejar a una novia por decir "voy a pillar un taxi". No sé si era del todo cierto, pero sonaba completamente verosímil. En su mundo, el idioma también tenía modales.

Desde que murió, no puedo dejar de pensar en eso. En que hay personas que se van como defendían vivir. Casi sin aviso. Casi sin discurso. Casi sin ruido.

He leído las palabras de su hijo, Alfonso J. Ussía. Escribe con una mezcla de contención y herida que no necesita exhibirse. Dice que se ha ido y que esa es una frase que no admite adjetivos. Tiene razón. La muerte no necesita decoración. Solo verdad. Y memoria.

Yo no pierdo a Ussía como se pierde a un padre. Lo pierdo como se pierde a un maestro. A un mentor. A alguien que te enseña sin solemnidad. Fue él quien me recomendó colaborar en La Razón. Quien impulsó aquel espacio que fue "La Cata de Katy". Un rincón de vinos que, sin darnos cuenta, era también una forma de aprender a mirar la vida con más pausa.

Recuerdo aquella entrevista que le hice directamente en El Pimiento Verde. Él pedía ginebra, siendo entrevistado, y me preguntaba más de lo que yo a él. En un momento acabamos hablando de Mourinho. Del personaje, del ruido, del liderazgo. Ussía defendía el mourinismo como una manera de estar contra el mundo cuando el mundo te quiere obediente. No hablaba solo de fútbol. Hablaba de carácter, de soledad, de cómo se sostiene uno cuando todos te señalan. Yo entonces entendí que, para él, Mourinho era casi una metáfora. La del que resiste sin pedir permiso. Al despedirnos supe que no acababa de entrevistar a un periodista brillante. Había hablado con alguien que leía la vida también a través del fútbol.

Le recuerdo especialmente en los cocidos de los lunes del Hotel InterContinental de Madrid. Aquello no era solo un almuerzo. Era casi una institución moral. Madrid iba más despacio allí dentro. Las conversaciones no se atropellaban. Nadie competía por brillar.

Y siempre estaba El Yate. Ese restaurante suspendido en el tiempo donde Ussía parecía estar en su estado natural. Allí entendí que la verdadera educación no se enuncia. Se ejerce. Que la ironía no es crueldad. Que la inteligencia no necesita alzar la voz.

Un día, hablando del Madrid, me preguntó quién me parecía el jugador más atractivo de aquella generación. Casillas, Cristiano, Sergio Ramos, Xabi Alonso. Yo dije Benzema. No era la respuesta obvia. Se quedó callado. Pensó. Y dijo: "Tienes razón". Aquello fue una lección silenciosa que no he olvidado nunca. Aceptar la verdad ajena cuando no coincide con la propia.

Hoy pienso que Ussía no "pillaría" un taxi para irse. Lo detendría con un gesto mínimo. Diría el destino sin subir la voz. Daría las buenas noches. Cerraría la puerta. Y desaparecería sin hacer espectáculo de su marcha.

Su hijo escribe para despedirse. Yo escribo para no perder del todo al maestro. Para no perder esa forma de estar en el mundo que hoy ya casi nadie enseña. La del respeto sin rigidez. La del humor sin crueldad. La de la elegancia sin pose.

Quizá esa sea su verdadera herencia. Habernos enseñado que incluso al marcharse hay que hacerlo con educación.

Y que la vida, como los taxis, no se pilla. Se toma. Con agradecimiento. Y sin hacer ruido.

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