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Katy Mikhailova

Punto y coma

Hay relaciones que no mueren. Se transforman. No se rompen, se recolocan. No se odian, se enfrían.

Ágatha Ruiz de la Prada, Carmen Lomana, Katy y Elena Mikhailova. | Katy

El otro día, casi por azar, di con una foto de 2016 en la que aparezco con Agatha Ruiz de la Prada y Carmen Lomana, las dos conmigo, sonriendo, en la Zarzuela, en una de esas noches de enero que todos los años organiza El Pimiento Verde en el Auditorio Nacional. Una foto bonita. De esas que no se hacen para contar nada, pero que acaban contando mucho.

Yo las admiro a las dos. Mucho. De verdad. A partes iguales. Y ellas lo saben. Lo saben porque nunca he tenido la necesidad de elegir. Porque el cariño no funciona como un ranking o un mapa. El corazón dividido no es traición, es afecto sincero repartido con justicia emocional y sentido común.

Las conocí siendo ellas amigas. O al menos eso parecía. Había complicidad, respeto, una forma elegante de entenderse. No recuerdo el momento exacto en el que dejó de ser así, pero sí recuerdo la sensación. Esa intuición incómoda de que algo se había movido de sitio sin hacer ruido, como cuando en tu casa cambian un cuadro y tardas semanas en entender por qué ya no te sientes igual en el salón.

Lo curioso es que, años después, su reencuentro fue en una fiesta mía. En febrero de 2025, en los FEARLESS Man Awards. Mi salón del Teatro Magno, como quien dice, convertido en territorio neutral. Copas, música, sonrisas educadas. No hubo abrazo cinematográfico ni foto histórica, pero sí algo más interesante. Una cordialidad real, adulta, sin nostalgia impostada ni tensión visible. Justo eso. Un punto y coma en vivo y en directo.

El viernes, en el programa de Telecinco "De Viernes", volvió el tema. Y pensé que vivimos obsesionados con los puntos rotundos. Con los portazos emocionales. Nos encantan los cierres dramáticos, las frases lapidarias, los "nunca más". Pero la vida se parece bastante poco a una película y mucho más a una frase mal puntuada.

Ahí entra el punto y coma. Ese signo olvidado, medio snob, medio en peligro de extinción. El gran incomprendido de la gramática. No cierra del todo, pero tampoco permite seguir igual. Es la forma educada de decir que algo ha cambiado sin necesidad de montar un funeral.

Hay relaciones que no mueren. Se transforman. No se rompen, se recolocan. No se odian, se enfrían. No necesitan reconciliación pública, pero tampoco merecen ser borradas del relato. Se quedan en ese territorio extraño entre el recuerdo con cariño y la distancia con educación. Como esos ex con los que te cruzas, os dais dos besos impecables y nadie propone un café después.

Y pienso en ellas. En Agatha y Carmen. Y en cómo una amistad puede estropearse sin que haya amor de por medio. Basta un proyecto, una rivalidad, un tercero, un cambio de valores, un cambio de ritmo vital. A veces no hace falta amor para que algo se desgaste, basta el tiempo mal administrado.

Se habla mucho de amores que arruinan amistades, pero se habla poco de amistades que se arruinan solas. Sin amor, sin drama romántico, sin nada épico. Simplemente porque ya no se camina en la misma dirección. Porque una quiere girar y la otra sigue recto. Y nadie pone el intermitente.

El otro día, cenando, salió esa frase tan peligrosa de "para qué estropear una amistad con amor". Y pensé justo lo contrario. El amor sano no estropea amistades, las eleva. Lo que estropea es la falta de respeto, la falta de admiración, la falta de proyecto compartido.

Una amistad sólida con amor es una amistad multiplicada. Es como tener un Aston Martin en el garaje y usarlo solo para trayectos cortos. No es una tragedia, pero es una oportunidad ligeramente desaprovechada. Tener potencia emocional y no usarla da más melancolía que no tenerla nunca.

Ahora mismo escribo esto desde La Mina, tomándome el aperitivo, esperando a un grupo de amigos arquitectos con los que se forjó una amistad en Venecia, en uno de esos viajes donde se duerme poco, se habla mucho y se cree que la vida va a ser siempre así. Es 31 de enero (hoy me leen y ya es 1 de febrero), pero el sol me da en la cara como si fuera marzo y, por un momento, todo parece posible otra vez.

El punto y coma hace su trabajo silencioso. No promete finales felices ni vende segundas partes épicas. Te permite seguir escribiendo sin necesidad de borrar lo anterior. Te deja avanzar sin traicionar lo vivido.

Y al final, vivir bien consiste en eso. Menos puntos finales, más puntos y coma. Menos rupturas teatrales, más pausas conscientes. Menos necesidad de elegir bando, más capacidad de sostener afectos complejos con elegancia.

Porque hay historias que no merecen acabar. Pero tampoco necesitan seguir igual. Y hay personas que no se eligen.

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