Menú

El amor sin cinta de correr

Esta semana: una mujer corre sin parar, un autor asesina cupidos, una mujer cree y crea y un matrimonio demuestra que el amor no es solo imitación.

Esta semana: una mujer corre sin parar, un autor asesina cupidos, una mujer cree y crea y un matrimonio demuestra que el amor no es solo imitación.
Katy Mikhailova

Hay semanas en las que una tiene la sensación de estar viviendo dentro de un escaparate. No necesariamente porque la estén mirando, sino porque todo lo que sucede alrededor parece diseñado para ser visto. Como si la vida ya no ocurriera, sino que se representara.

Esta semana una mujer ha corrido veinticuatro horas dentro de un cristal. Verdeliss en una cinta, expuesta, iluminada, disciplinada hasta el paroxismo. No huyo del esfuerzo, admiro la resistencia y la voluntad; pero me pregunto cuándo el sacrificio empezó a necesitar público. Correr en una montaña tiene algo de conversación íntima con el límite. Correr en un escaparate genera un debate con la mirada ajena.

Mientras tanto, yo volvía en un AVE ligeramente perezoso de Barcelona a Madrid, agradeciendo que la lentitud me permitiera terminar las memorias de Mar Flores "Mar en calma". Hay algo profundamente poco escénico en esas páginas. Una niña frágil, un corazón roto varias veces, una mujer que, contra todo pronóstico, sigue creyendo en el amor. No en el amor como proclama, sino como decisión íntima. Eso hoy me parece infinitamente más difícil que cualquier ultramaratón.

El lunes comí con ella en Casa de Comidas, el restaurante de Rafa Zafra dentro del NH Eurobuilding. Pedí lentejas. Sí, lentejas. Bien caliente. Con Tabasco (lo sé, es un sacrilegio). En una época dominada por pokes, matchas y experimentos gastronómicos diseñados para ser fotografiados antes que digeridos, reivindicar el plato de cuchara es casi un gesto antisistema. Las lentejas no prometen nada más que nutrición. Sostienen. Como el amor sereno. Ese que no necesita ir cuesta abajo a doscientos por hora para sentirse vivo.

En paralelo leo a Jaime Rodríguez y su "Muérete, Cupido". Hay una frase suya que me persigue. Dice él que creía que amaba pero que en realidad solo imitaba. Imitar es una palabra peligrosa. Para imitar algo primero hay que haberlo visto, o al menos haber visto su sombra. Y ahí es imposible no pensar en la caverna de Platón. Pasamos la vida mirando proyecciones y llamándolas amor. Repetimos gestos, frases, intensidades que creemos auténticas porque las hemos aprendido en la pared de enfrente. Pero quizá nunca hemos salido a comprobar si aquello era real o solo teatro. Amar no sería entonces sentir mucho, sino atreverse a salir al exterior y aceptar que la luz no es tan complaciente como la sombra.

Jaime ejecuta a Cupido con ironía quirúrgica. Se ríe del romanticismo impostado, del Madrid de los eventos, de la fiesta eterna, de las niñas bien. Y aquí puntualizo, porque lo dije yo y lo sostengo: mis niñas están bien. Muy bien. Hablo de mis "Shameless Girls", las niñas que componen la agencia que fundé y de las que ellas son socias (Carlota, Ana María, Ainhoa…). Ellas en el fondo prefieren una barra pegajosa a una mesa imposible (véase "el gallego de Manolo" ubicado en la Calle Ortega y Gasset 66).

Yo no hago colas. Nada más imposible soy yo. Y es que en este su primer libro hay un pasaje delicioso sobre Los 33, ese restaurante donde te maltratan para entrar y luego te maltratan acústicamente dentro (Nacho, perdóname y tómatelo con humor). Sales con la sensación de haber superado una prueba iniciática. La carne es magnífica, el bikini memorable, pero sobrevives más que cenas. Y algo de eso tiene también el amor entendido como desafío constante.

Llevo meses preguntándome si el amor existe o si es una palabra tan inflada que ha terminado por vaciarse. Hay tantas formas de amar como personas; pero hemos decidido que solo una merece prestigio: la intensa, la dramática, la que promete eternidad antes del segundo café. Cuando conviertes el amor en una carrera, el agotamiento no es una anomalía, es el desenlace lógico. Luego nos sorprende que Cupido acabe hospitalizado.

El viernes estuve en Barcelona, en la fiesta de mi amigo Gerard Guiu. En su casa, diseñada por David Alayeto, uno de mis grandes descubrimientos recientes, tanto él como su marido Jordi. Llevan veinticinco años felizmente casados y se nota. Se nota en cómo se miran, en cómo se interrumpen, en cómo se admiran. Ellos aún tienen vivo a Cupido, y no en una vitrina, sino paseándose con naturalidad por el salón.

La mezcla era improbable y deliciosa. Josep Pedrerol hablando conmigo sobre Mourinho; amigos de Madrid conversando con Jaume Collboni; Rosa Tous con Lázaro Rosa-Violán; diseñadores como Mariano Moreno y Pablo Erroz; o Karla Sofía Gascón que vino para los Goya y ahí estuvo y retuvo con nosotros. También mi querida Antonia Dell’Atte, que tiene esa capacidad de convertir cualquier frase en ópera. Copas rotas, conversaciones cruzadas, ideologías compartiendo canapé sin necesidad de absolverse. Y sentí que eso es más honesto que cualquier exhibición heroica. Estar sin necesidad de demostrar. Romper una copa sin convertirlo en arte moderno.

Hoy les escribo desde mi terraza con vistas al edificio de Correos; que no es precisamente el Partenón, y, sin embargo, cumple su función con dignidad callada.

Esta semana he visto a una mujer correr sin parar; he leído a un hombre que asesina cupidos; he compartido mesa con una mujer que, pese a todo, sigue creyendo y creando; y he descubierto a un matrimonio que demuestra que no todo es imitación ni sombra.

Empiezo a sospechar que el gesto verdaderamente subversivo no es el exceso, sino la mesura. No es la intensidad perpetua, sino la consistencia. Puede que amar no sea correr veinticuatro horas bajo focos ni dinamitar la idea romántica con brillantez literaria. Quizá sea algo menos espectacular y más incómodo. Salir de la caverna. Mirar de frente. Y si decides quedarte, hacerlo sin escaparate.

Como unas lentejas. Sin épica. Con calor y picante. Y que alimenten.

Temas

En Chic

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida