Somos cobayas digitales y nadie nos lo dijo
España y Europa se han convertido en el laboratorio favorito de las grandes tecnológicas sin saberlo.
Seguro que esto le resulta familiar: una nueva función aparece al abrir su red social favorita, el buscador ofrece resultados con un diseño diferente o una entidad financiera le muestra "la nueva interfaz" con un botón de "volver a la versión antigua", así denostado para que usted se sienta un paria, un despojo humano, si se atreve a pulsarlo. La mayoría de los usuarios acepta el cambio sin cuestionarse nada. Sin embargo, detrás de esas novedades se consolida una realidad que merece atención: España y Europa se han convertido en uno de los grandes laboratorios del mundo para tecnologías, modelos de negocio y marcos regulatorios. Y buena parte de la ciudadanía participa en esos ensayos sin siquiera ser consciente de ello.
El laboratorio europeo
Europa reúne varios factores que la hacen especialmente atractiva para experimentar. Es un mercado amplio, con infraestructuras digitales maduras y un alto grado de conectividad. Además, se caracteriza por una regulación muy activa, que obliga a las empresas a adaptar sus servicios y, en muchos casos, a diseñar productos específicos para el entorno europeo. Tiene una cultura muy diversa pero, gracias a la homogeneización que impone la Unión Europea, fácil de alcanzar para entidades extranjeras, como es el caso de la práctica totalidad de corporaciones tecnológicas. España destaca dentro de este escenario por su nivel de digitalización, por la capilaridad de sus redes de comunicación y por el impulso de proyectos piloto desde la propia administración. Resulta, cuando menos, curioso el contraste entre lo poco que levantamos los españoles la mano cuando se pide un voluntario frente a personas de otros países y lo rápido que se prestan nuestras instituciones a participar en experiencias piloto.
Las grandes tecnológicas han encontrado aquí un terreno ideal para probar sus estrategias. Cuando un buscador modifica, para una parte de los usuarios, el modo en que aparecen las noticias o los resultados comerciales, no se limita a un ajuste estético. Está midiendo los impactos en el negocio publicitario, en la visibilidad de los medios y en los hábitos de información de miles de personas. De forma similar, los cambios que se ensayan en la presentación de hoteles, vuelos o productos en línea sirven para anticipar cómo responderán tanto los reguladores como los consumidores ante nuevas formas de intermediación.
Redes y desinformación
Las redes sociales también utilizan Europa como banco de pruebas. Los ejercicios de "stress test" frente a la desinformación, organizados en torno a procesos electorales o a momentos de alta tensión informativa, como las últimas elecciones en Alemania, son un ejemplo de ello. Plataformas y autoridades colaboran para evaluar la eficacia de algoritmos de recomendación, etiquetas de contenido dudoso y equipos de moderación reforzados. Se trata de experimentos de alto impacto porque afectan a la manera en que millones de ciudadanos acceden a la información. El problema es que estos experimentos se llevan a cabo de manera arbitraria, sin ninguna transparencia ni consentimiento de los ciudadanos sometidos a ellos y, con frecuencia, con intereses partidistas o incluso mucho más oscuros. Pero —de cobaya a cobaya— ya lo hemos normalizado, ¿no? Así que, sin problema por el momento.
España tiene, además, un papel destacado como laboratorio regulatorio. Fue el primer Estado miembro que legisló un "sandbox" específico para aplicar, en la práctica, el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial. En este entorno controlado, empresas de muy distintos tamaños pueden probar sistemas de IA de alto riesgo con usuarios reales, bajo la supervisión de autoridades y expertos. La idea es ajustar los requisitos legales antes de que la solución desarrollada se aplique a todo el mercado. De manera similar, el sector financiero español cuenta desde 2020 con un sandbox propio donde fintechs y bancos experimentan con nuevos servicios de pago, crédito o seguros en condiciones reales, pero con límites y bajo la vigilancia del Banco de España y otros supervisores.
Todo ello forma parte de la lógica de la innovación: sin pruebas no hay aprendizaje. No obstante, plantea cuestiones de fondo sobre el grado de información y de elección que tenemos los ciudadanos. ¿Sabemos cuándo estamos participando en un experimento? La mayoría de las veces, no. ¿Entendemos qué datos generamos y cómo se utilizan? Normalmente, hay que leer diez o veinte páginas de letra pequeña para hallar "la frase". ¿Tenemos alternativas reales si no deseamos participar en esas pruebas? Ja, ja, ja (y seguiré riéndome mucho después de terminar de escribir este artículo).
Cobayas conscientes
La comparación con una cobaya no pretende alimentar la alarma, sino subrayar la necesidad de un mínimo de transparencia. En la medida en que España y Europa se consolidan como el gran laboratorio digital global, la protección de los derechos, la claridad en la comunicación y la posibilidad de decidir informadamente se convierten en elementos centrales. Innovar es imprescindible; hacerlo con una ciudadanía consciente de su papel en el experimento debería ser la siguiente exigencia democrática.
Y no sirve lo de que si se lo ponemos difícil a las grandes corporaciones, se irán. ¿Cuántas se han ido hasta la fecha? ¿Por qué nos miran todos desde el este y el oeste? Quizás, por mucho que nos guste el victimismo, Europa sigue siendo el centro del mundo y España tiene muchísima más importancia de la que le damos los españoles (algunos ministros incluidos). Si vamos a ser las cobayas de las grandes corporaciones del siglo XXI, al menos deberíamos poner algunas condiciones, ¿no?
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