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El segundo cerebro: así controla la microbiota lo que pensamos y sentimos

Moléculas como el GABA o la dopamina se originan en el tracto digestivo, modulando la conducta social además de la formación de nuevas conexiones.

Pixabay/CC/Alicia_Harper

Ni el corazón ni la mente: la clave del bienestar podría estar en el intestino. En su interior habita un ecosistema complejo de microorganismos, conocido como microbiota intestinal, que desempeña un papel decisivo en funciones que van mucho más allá de la digestión. Este entramado de bacterias, virus y hongos se comunica de forma constante con el cerebro y el sistema inmunitario, influyendo en cómo pensamos, sentimos y respondemos al entorno.

El intestino cuenta con alrededor de 200 millones de neuronas, lo que ha llevado a denominarlo el "segundo cerebro". Además, es fundamental tener en cuenta que este sistema nervioso mantiene una comunicación bidireccional con el cerebro central, formando lo que se conoce como el eje intestino-cerebro. Cuando este diálogo se altera, los efectos pueden notarse tanto a nivel físico como emocional.

El eje intestino-cerebro: una autopista de información

La comunicación entre el intestino y el cerebro se produce a través de cuatro grandes vías: neuronal, hormonal, inmunitaria y metabólica. Una de las más relevantes es el nervio vago, que conecta directamente el cerebro con el abdomen y participa en funciones vitales como la frecuencia cardíaca o la respuesta al estrés.

Las bacterias intestinales producen neurotransmisores como la serotonina, la dopamina o el GABA. Aunque estas moléculas no atraviesan directamente la barrera hematoencefálica, sí actúan sobre las células intestinales, que transmiten la señal al sistema nervioso central. De hecho, una gran parte de la serotonina y la dopamina del organismo se produce en el intestino, no en el cerebro.

Microbiota y estado de ánimo

La influencia del microbioma en el estado de ánimo es cada vez más evidente. Las bacterias intestinales participan en la regulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, responsable de la producción de cortisol, la hormona del estrés. Además, generan metabolitos como los ácidos grasos de cadena corta, que pueden influir en la permeabilidad intestinal y en el funcionamiento cerebral.

Los estudios en animales muestran que la microbiota influye en el desarrollo del cerebro a lo largo de la vida, en la formación de nuevas conexiones neuronales, en la memoria y en la conducta social. Cuando existe un desequilibrio bacteriano, conocido como disbiosis, pueden aparecer síntomas como ansiedad, depresión, irritabilidad o fatiga mental.

El sistema inmune empieza en el colon

El intestino no solo se comunica con el cerebro, también es una pieza clave del sistema inmunitario. Se estima que alrededor del 70% de las células defensivas del organismo se encuentran en la pared intestinal. Allí, la microbiota actúa como un sistema de entrenamiento para las defensas, ayudándolas a distinguir entre amenazas reales y estímulos inofensivos.

Cuando este equilibrio se rompe, aumenta la inflamación de bajo grado, un proceso que está en la base de numerosas enfermedades, desde alergias y patologías autoinmunes hasta trastornos metabólicos. Un microbioma empobrecido deja al organismo más vulnerable frente a infecciones y alteraciones sistémicas.

La disbiosis intestinal no solo se relaciona con problemas digestivos. La evidencia científica la vincula con trastornos del estado de ánimo, alteraciones del neurodesarrollo y enfermedades neurodegenerativas. También se asocia a patologías como obesidad, diabetes, asma o enfermedades cardiovasculares, lo que refuerza la idea de que el intestino es un regulador central de la salud.

Cómo cuidar a tu "segundo cerebro"

La buena noticia es que la microbiota es altamente modificable. La alimentación juega un papel clave: una dieta rica en fibra alimenta a las bacterias beneficiosas, mientras que los alimentos fermentados aportan microorganismos vivos que refuerzan el ecosistema intestinal. La gestión del estrés también es fundamental, ya que un cerebro sobrecargado puede alterar la microbiota y crear un círculo vicioso.

Cuidar el intestino no es solo una cuestión digestiva. Es una inversión directa en la salud mental, el equilibrio emocional y la capacidad del organismo para defenderse. El "segundo cerebro" trabaja en silencio, pero sus efectos se sienten en todo el cuerpo.

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