
En política, en su forma más básica, la gente suele votar por quien le gusta. Vota por afinidad, por identificación, por una intuición de cercanía. Es lo que tradicionalmente se ha llamado voto en conciencia: el acto mediante el cual el ciudadano respalda a quien siente que expresa mejor sus valores, su manera de ver el país o su sensibilidad política. Ese tipo de voto supone un contexto relativamente estable, en el que las instituciones no están amenazadas y en el que, gane quien gane, las reglas fundamentales del sistema permanecen intactas.
Cuando ese escenario se vuelve más competitivo, aparece otra lógica: el voto útil. El elector sigue teniendo preferencias, pero introduce el cálculo. Entiende que no todos los candidatos tienen las mismas opciones y decide apoyar a quien puede ganar para impedir un resultado que considera perjudicial. Es un voto menos romántico y más estratégico, propio de democracias tensionadas, pero aún funcionales.
