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Agapito Maestre

El fin del milagro alemán

Un alemán ha escrito un libro desmitificando la gran Alemania. Su futuro es tan incierto como su presente.

Angela Merkel | LD/Agencias

Es de lectura obligatoria el libro de Wofgang Münchau, Kaput. El fin del milagro alemán. Si queremos saber cómo se ha derrumbado el llamado milagro económico de Alemania y, yo diría también, el sistema político —sí, sí, el rollo de la gran coalición—, deberíamos estudiar esta obra. Un alemán ha escrito un libro desmitificando la gran Alemania. Su futuro es tan incierto como su presente. Las élites empresariales, políticas y sindicales alemanas han fracasado. Sus devaneos con Rusia, especialmente el intercambio de oleoductos por gas, y su entrega a China a través de unos intercambios tecnológicos desfavorables para los teutones a cambio de unos beneficios empresariales a corto plazo, explican en gran parte la decadencia de Alemania.

El diagnóstico de Münchau está muy bien construido en base a cientos de ejemplos para mostrarnos la estulticia compartida de políticos y empresarios que han llevado a Alemania a un callejón sin salida. Se estudian con precisión los principales males que impiden el despegue de la economía alemana y, por extensión, de la UE. Y, simultáneamente, se describe la inteligencia desplegada por EE.UU. y China, los dos gigantes de la era de la geopolítica, para superar en todo a Alemania por su apuesta por el mundo digital. Esos países, sí, han conseguido mostrar las grandes heridas de Europa en general, y cada uno de sus Estados miembros en particular. El caso alemán es, en efecto, de libro, y éste, el escrito por Münchau, es un gran libro.

Y, de paso, como quien no quiere la cosa, muestra que la compra de políticos europeos por parte de China y Rusia constituye una de las causas de esa decadencia. No es, sin embargo, la almendra del libro, aunque el extenso número de lobistas alemanes, especialmente expolíticos, con China y Rusia que desfilan por el libro da vergüenza ajena. Eso confirma que los políticos españoles, aspirantes a mediar con China, como lobistas de Pepiño y Zapatero, no están solos. Les precedieron en sus venales conductas los expolíticos alemanes. Pero, insisto, no va por ahí el libro. No sólo se trata de denunciar la corrupción económica de las castas políticas europeas, sino de mostrar la inteligencia comercial y económica de China y EE.UU. que van muy por delante de la Unión Europea.

Si dejamos aparte el extraordinario capítulo que dedica a las relaciones de Alemania con Rusia, cuyo resultado no puede ser más penoso para la economía de Alemania, creo que el apartado relevante para estudiar la decadencia del "modelo" económico alemán son los múltiples análisis que Münchau dedica a los vínculos y rupturas con China. Esa relación fue una experiencia nueva y desconcertante para el orgulloso y prepotente sistema alemán. La geopolítica se había entrometido, por así decirlo, en la vida económica de Alemania. Pero esto no fue repentino. Ya en 2011, recuerda Münchau, un estudio de la Universidad de Colonia advirtió sobre los riesgos de las cadenas de valor globales. El surgimiento de China como competidor sistémico de las industrias alemanas ha sido letal. China comenzó como un lugar barato para fabricar bienes. China compró planes y maquinaria alemanes para fabricar esos bienes. Hoy, asegura Münchau, China está mucho más desarrollada que Alemania en áreas como la inteligencia artificial, los coches eléctricos y algunas tecnologías medioambientales, como las baterías, las células solares y las bombas de calor. China también está empezando a especializarse en las plantas y la maquinaria que solía comprar a Alemania.

En 2007, la opinión mayoritaria en Alemania, expresada por el presidente del Comité de la Industria Alemana para Asia y el Pacífico, era que China ofrecía una oportunidad, no una amenaza. No prestó atención a lo por entonces varios analistas ya habían advertido de los riesgos de la creciente apertura de Alemania hacia China. Aunque el libro no enumera específicamente "los peores negocios" entre Alemania y China, Münchau destaca varios aspectos problemáticos para Alemania de esta relación: por un lado, dependencia excesiva de las exportaciones a China, porque Alemania fundamentó en gran parte su crecimiento en las exportaciones y China fue uno de sus principales mercados. Esta dependencia ha expuesto a la economía alemana a vulnerabilidades significativas ante cambios en la política económica china o fluctuaciones en la demanda; por otro lado, la transferencia de tecnología alemana a China le hizo a la industria alemana perder competitividad: las empresas alemanas que han participado en joint ventures con compañías chinas han facilitado alegremente la transferencia de tecnología, o sea, ha permitido que China desarrolle sus propias capacidades industriales, aumentando la competencia para las empresas alemanas en sectores clave.

Es obvio que esa situación ha generado tensiones y ha puesto en entredicho la capacidad de Alemania para influir en las políticas chinas. Ni que decir tiene que el corporativismo alemán, conformado por políticos, empresarios y sindicalistas, jamás se preocupó por los problemas de los Derechos Humanos y la persecución de los disidentes políticos. La política exterior de Alemania nunca se tomó en serio el asunto de la dictadura Chinas. Su única preocupación era obtener beneficios a corto plazo. Alemania ha mantenido, en fin, una fuerte relación económica con China durante décadas, pero algunos modelos de negocio han demostrado ser problemáticos, exponiendo a Alemania a riesgos financieros, estratégicos y de seguridad.

He aquí algunos casos de malos negocios de Alemania con China: 1. Dependencia extrema de la industria automotriz. Empresas como Volkswagen, BMW y Mercedes-Benz dependen en gran medida del mercado chino, donde venden una gran parte de sus vehículos. China representa aproximadamente el 40% de las ventas de Volkswagen, lo que la hace vulnerable a cambios en la política china, restricciones regulatorias o tensiones geopolíticas. Con el auge de fabricantes chinos como BYD, que lideran la transición hacia los autos eléctricos, las marcas alemanas corren el riesgo de perder competitividad en su mayor mercado. 2. La inversión fallida de BASF en China. BASF, el gigante químico alemán, ha invertido miles de millones de euros en nuevas plantas en China, especialmente en un megaproyecto en la provincia de Guangdong. Sin embargo, el gobierno chino ha impuesto regulaciones y restricciones que dificultan la autonomía de las empresas extranjeras. Además, las tensiones comerciales entre China y Occidente hacen que estas inversiones sean cada vez más inciertas. 3. Siemens y la transferencia de tecnología. Siemens ha realizado múltiples joint ventures con empresas chinas en sectores como el ferroviario y la automatización industrial. En muchos casos, la transferencia de tecnología ha beneficiado a China, que luego ha desarrollado sus propias empresas nacionales (como CRRC en trenes de alta velocidad) que han competido con los mismos alemanes en mercados globales. 4. La dependencia energética de empresas alemanas en China. Empresas como Covestro y Linde han hecho grandes inversiones en China, pero las restricciones de Pekín sobre el suministro de energía y materiales han afectado la producción y rentabilidad. Además, los cambios en las políticas de sostenibilidad de China han impactado a estas compañías, que dependen de recursos que ahora están más controlados por el Estado chino. 5. Hamburgo y la venta de infraestructura estratégica. En 2022, la empresa china Cosco adquirió una participación en la terminal de contenedores de Hamburgo, el puerto más grande de Alemania. A pesar de las advertencias de seguridad de la UE y los servicios de inteligencia alemanes, el gobierno permitió la venta parcial. Esto, naturalmente, ha generado milles de preocupaciones sobre la influencia china en infraestructura crítica.

En cualquier caso, la crítica central de Münchau al modelo alemán se refiere a la inadaptación de la economía alemana a la revolución digital. En este punto la economía alemana está en la prehistoria comparada con las economías de China y EE.UU. Alemania ha quedado rezagada en términos de digitalización y adopción de nuevas tecnologías. Mientras que China ha avanzado rápidamente en áreas como la inteligencia artificial y la economía digital, Alemania ha mantenido un enfoque tradicional en la industria manufacturera, perdiendo oportunidades en sectores emergentes. El libro de Münchau es una crítica a la economía y política alemana, argumentando que el modelo de éxito del país ha llegado a su límite y que Alemania enfrenta un declive estructural. Muchas son las dependencias que estudia Münchau del modelo alemán, entre las que destaca, la dependencia de Alemania del gas ruso. Durante la década de 2010, bajo el liderazgo de Angela Merkel, Alemania incrementó su dependencia energética de Rusia, lo que, según Münchau, ha resultado en una vulnerabilidad significativa para la economía alemana.

Las tesis fundamentales del libro son difícilmente rebatibles: el modelo económico alemán basado en una economía altamente dependiente, repito, de las exportaciones es insostenible en un mundo donde el proteccionismo y la reconfiguración de cadenas de suministros han ganado fuerza. Por otro lado, ha descuidado la inversión en infraestructura y digitalización, lo que la ha dejado rezagada frente a otras economías avanzadas, especialmente en el sector tecnológico. También la crisis energética derivada de la invasión de Ucrania y las tensiones comerciales con China han mostrado lo arriesgado que era el modelo alemán al hacer depender el crecimiento de su economía de esos mercados. Pero, sobre todo, la economía alemana ha sido incapaz de adaptarse a la revolución digital y sus políticas de austeridad han sido contraproducentes. La obsesión por el equilibrio fiscal ha hecho más daño que bien.

Todo ese tesario sobre las crisis de la economía y la política empresarial alemanas es muy importante, pero me parece una abstracción, cuando leemos los cientos de ejemplos que pone Münchau para mostrar y, a veces, demostrar los límites de la economía alemana. Sí, son deslumbrantes los casos que pone Münchau para mostrarnos, en el primer capítulo del libro, que la causa fundamental de la crisis se debe al obsoleto sistema bancario alemán. Funciona como una especie de enjuage entre las elites políticas, sindicales y empresariales, que han intentado mantener un sistema mercantilista del siglo XVIII para el XXI con los esquemas del pacto social-demócrata del siglo XX. En efecto, "este libro narra la historia de la caída del neomercantilismo, y el punto de partida es el dinero. El sistema bancario alemán es la quintaesencia del excepcionalismo económico alemán. Es, en ciertos aspectos, la parte más extraordinaria y sorprendente de la historia". Sin duda alguna, el asunto reviste tintes de tragedia para Alemania, la locomotora de Europa, y por extensión de toda la UE. La conclusión de Münchau no puede ser más dramática: "La decadencia y caída del neomercantilismo alemán fue prefigurado por el declive y caída de los Landesbanken. Hace veinte años, de los veinte principales bancos del mundo, cuatro eran alemanes si se medía por el valor de sus activos, y uno —Deutsche Bank— si se medía por su capitalización bursátil. Hoy, no figuran en las clasificaciones mundiales. En noviembre de 2023, Deutsche Bank ocupaba el puesto 729 del ranking mundial. Commerzbank ocupaba el puesto 1132. La industria alemana y el sector financiero estatal son gemelos del sistema neomercantilista. Las dificultades de los bancos alemanes presagiaron las dificultades de la industria alemana con una década de anticipación. Dadas sus raíces en la cuenca del Ruhr, sería apropiado considerar al WestLB como el canario en la mina de carbón".

Si los ejemplos analizados en este libro sobre el sistema bancario alemán dan miedo, creo que los datos que ofrece sobre el retraso de Alemania en materia digital provocan pavor. Aunque reconoce que la mayoría de los alemanes no son "tecnófobos", el éxito en los medios de comunicación de los críticos de la revolución digital dan que pensar sobre la incultura alemana en materia digital: "No se trata solo de la mala recepción de la telefonía móvil. Esta alienación impregna todos los ámbitos de la sociedad. Los alemanes no suelen ser tecnófobos. Alemania cuenta con una buena cantidad de empresas digitales. Pero no es ahí donde está el dinero, al menos no en Alemania. Un invitado frecuente en los programas de entrevistas alemanes es Manfred Spitzer, profesor de neurociencia y psiquiatría. Ha escrito libros en los que argumenta que las escuelas no deberían usar ningún tipo de contenido digital. Uno de sus libros se titula Demencia Digital. Otro se traduce como Enfermedad Cibernética. Afirma que la digitalización está dañando la salud de los jóvenes y, en algunos casos, resulta mortal. Ha llegado incluso a comparar el uso de contenido digital con el consumo de drogas y alcohol. Cuando se le preguntó si se debería enseñar a los niños a comprender los medios modernos, respondió: ‘¿Comprender los medios? Tampoco les estamos enseñando a nuestros hijos a comprender el alcohol’."

No, no está sólo Spitzer en su cruzada contra lo digital. Lo siguen miles de profesores, empresarios y políticos. Y es que, a nivel mundial, Alemania, dice Münchau, se encuentra retrasada en cuanto a digitalización en general, y en las escuelas en particular. Se encuentra en el tercio inferior de la clasificación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En 2020, solo el 33 % del alumnado alemán tenía acceso a una plataforma de aprendizaje digital, mientras que el promedio de la OCDE era del 54 %. El retraso digital de Alemania es, sin duda alguna, preocupante. He aquí un par de datos extraídos del brillante libro de Münchau: "En 2009, Merkel prometió conexiones a internet de alta velocidad para millones de personas. Afirmó que la conexión a internet era tan importante como la electricidad o el agua. Su promesa concreta fue que el 75 % de los hogares tendrían conexiones de alta velocidad para 2014. Para 2020, solo el 51 % de los hogares alcanzaría velocidades de internet de 50 megabytes por segundo, la definición de alta velocidad que Merkel estableció. Este ya no es el punto de referencia cuando los consumidores tienen acceso a velocidades de 500 mb/s y 1000 mb/s. (…). Los últimos datos sugieren que las conexiones de fibra óptica solo representan el 10 % de todas las conexiones a internet. El promedio de la OCDE es del 35,5 %. Francia tiene el 51,4 % y España un asombroso 81,2 %.". Sí, sí, han leído bien. España está, y no sólo en este asunto, muy por delante de Alemania. ¡Para qué hablar de la superioridad de la banca española respecto a la alemana!

El último capítulo del libro, dedicado a la repercusión que la inmigración tiene en el sistema económico, no deja mucho espacio al optimismo; porque, si bien Alemania sigue siendo unos de los destinos más atractivos para los inmigrantes poco cualificados, no lo es para los mejor preparados a los que se les somete a todo tipo de pruebas, especialmente económicas y culturales, para que desistan de su empeño por permanecer en el país. Las opiniones de Friedrich Merz, el ganador de las últimas elecciones, sobre este problema tampoco son para saltar de alegría, pues que, lejos de reconocer que Alemania tiene un problemas a la hora de encarar cómo integrar a los mejores en el sistema económico, ha dicho que son ellos los que tienen que integrarse en su "cultura alemana". No quiere aceptar lo obvio, a saber, cuando se le pregunta a empresas o institutos económicos alemanes sobre el mayor problema estructural que enfrenta la economía, citan siempre la escasez de mano de obra cualificada.

Estamos ante un libro altamente instructivo para saber por dónde no debe ir una economía dependiente de una banca deficiente, corporativista y sindicalizada, que odia la revolución digital y apostó por lo peor: el neomercantilismo. El corporativismo alemán no funciona, menos todavía su sistema bancario no competitivo, y obsoletas están las instituciones del mercado laboral y, en particular, la dependencia de la industria de las exportaciones… Así, el crecimiento económico parece imposible. "Fue un modelo que funcionó durante mucho tiempo. El fracaso de la política consistió en apostar por un modelo antiguo cuando las circunstancias externas cambiaron. Esto fue una decisión política, no un descuido. Alemania decidió no invertir en la economía digital, sino centrarse en la competitividad de costos de sus industrias existentes. Esto significó que, una vez que el viejo modelo entró en crisis, no hubo uno nuevo listo para tomar el relevo".

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