L. D. / EFE. Luis A. Nemolato.-
Nacida en Pontevedra, de padre desconocido y en la mayor de las miserias, la Bella Otero, por la que se suicidaron príncipes y aristócratas, consiguió "hombre a hombre" ser una de las mujeres más ricas y deseadas de su tiempo. De hecho, fue la Odette de Marcel Proust, el rostro perfecto para Renoir y la musa de literatos como Valle Inclán, D´Annunzio o José Martí, pero "nunca amó a nadie. Estaba demasiado resentida para hacerlo. Su vida fue la historia de una venganza", afirma Carmen Posadas en una entrevista en la que adelanta algunos aspectos del libro "La Bella Otero", que se presentará a finales de este mes.
Una novela "híbrida", comenta la autora (Montevideo, 1953), donde verdad y ficción se confunden, y en la que la Premio Planeta por "Pequeñas infamias" se mete en la piel de la gran diva para después, a través de una exhaustiva investigación, rebatir y confirmar las mentiras con las que se envolvió esta mujer de leyenda. "La Bella Otero era una mentirosa. Necesitaba mentir para sobrevivir", explica Posadas, para quien después de convivir con este mito casi tres años de su vida, todavía, cuando se para a pensar, no sabe discernir qué sensación le suscita la Bella Otero, una mujer que "se hizo a sí misma, que se inventó... Y, de esa forma, construyó un personaje fastuoso que lograba levantar las mayores pasiones".
"¿Tristeza? ¿Rechazo? ¿Desagrado? ¿Fascinación?", se pregunta la autora de "Cinco moscas azules". Y finalmente termina por inclinarse por este último sentimiento: la fascinación, sobre todo, porque aunque la vida de la Bella Otero –tanto la real como la que se inventó– distaba mucho de ser ejemplar, "era un espíritu libre, una mujer adelantada a su tiempo, inteligente, fría como un témpano, que entregaba su cuerpo sin ningún rubor pero mantenía el alma inalcanzable".
Cuenta Carmen Posadas que la Bella Otero, de nacimiento Agustina Otero, fue el primer producto de marketing de la Historia y ella misma fue su artífice. Nació pobre de solemnidad; fue violada a los diez años salvajemente y quedó estéril; tuvo que escapar del escarnio de su pueblo; se enroló en un circo; se prostituyó, robó... Y, sin embargo, inasequible al desaliento, logró salir de ese pozo negro y convertirse en un enclave fundamental de la luminosa Belle Epoque.
"Sólo tenía una pasión en la vida: el juego, porque cuando nació ya lo tenía todo perdido. Los hombres eran las fichas que utilizaba para conseguir sus objetivos, unas fichas que despreciaba porque su belleza –aunque hoy no se corresponda con el canon imperante– le había convertido en la dueña de la situación", comenta la escritora, quien en cerca de 400 páginas ha intentado aclarar hasta qué punto el personaje que se fraguó la artista ahogó a la persona. Y ha descubierto que "nunca se creyó sus mentiras. Era demasiado consciente de su pasado. Por eso, la historia que se inventó, como que era andaluza o que era una condesa en el exilio, parecía más un sainete que otra cosa. Podía despertar pena o admiración en el público pero nunca llegaba a ser atroz, tan atroz y despreciable como realmente había sido su vida".
Una vida que Carmen Posadas glosa con frases como la que un Príncipe eslavo le escribió: "arruíname si quieres, pero no me abandones", o réplicas de esta mujer cuyo busto sirvió de molde para las cúpulas del Gran Hotel de Cannes como: "yo tan sólo me alquilo, las demás mujeres se venden", ante algún comentario que ponía en duda su moralidad dado que no rechazaba ser el "manjar" de una cena palaciega.
No obstante, el tiempo se encargó de devolverle la jugada a la Bella y a recrudecer su venganza. Y es que, con 46 años, los mismos que contaba Carmen Posadas cuando comenzó el libro, decidió desaparecer de París y recluirse del mundo para preservar intacto el recuerdo de su belleza, su talento artístico –que, asegura la escritora, "nunca fue mucho"– y su poder sexual. "Aunque no así su dinero. Fue capaz de perder en una misma noche 300 millones de pesetas en el Casino y alquilarse a once caballeros para, con las ganancias, seguir jugando", una afición que mantuvo hasta su muerte, con 96 años, sola, y en la miseria absoluta de un apartamento de Niza.
Una novela "híbrida", comenta la autora (Montevideo, 1953), donde verdad y ficción se confunden, y en la que la Premio Planeta por "Pequeñas infamias" se mete en la piel de la gran diva para después, a través de una exhaustiva investigación, rebatir y confirmar las mentiras con las que se envolvió esta mujer de leyenda. "La Bella Otero era una mentirosa. Necesitaba mentir para sobrevivir", explica Posadas, para quien después de convivir con este mito casi tres años de su vida, todavía, cuando se para a pensar, no sabe discernir qué sensación le suscita la Bella Otero, una mujer que "se hizo a sí misma, que se inventó... Y, de esa forma, construyó un personaje fastuoso que lograba levantar las mayores pasiones".
"¿Tristeza? ¿Rechazo? ¿Desagrado? ¿Fascinación?", se pregunta la autora de "Cinco moscas azules". Y finalmente termina por inclinarse por este último sentimiento: la fascinación, sobre todo, porque aunque la vida de la Bella Otero –tanto la real como la que se inventó– distaba mucho de ser ejemplar, "era un espíritu libre, una mujer adelantada a su tiempo, inteligente, fría como un témpano, que entregaba su cuerpo sin ningún rubor pero mantenía el alma inalcanzable".
Cuenta Carmen Posadas que la Bella Otero, de nacimiento Agustina Otero, fue el primer producto de marketing de la Historia y ella misma fue su artífice. Nació pobre de solemnidad; fue violada a los diez años salvajemente y quedó estéril; tuvo que escapar del escarnio de su pueblo; se enroló en un circo; se prostituyó, robó... Y, sin embargo, inasequible al desaliento, logró salir de ese pozo negro y convertirse en un enclave fundamental de la luminosa Belle Epoque.
"Sólo tenía una pasión en la vida: el juego, porque cuando nació ya lo tenía todo perdido. Los hombres eran las fichas que utilizaba para conseguir sus objetivos, unas fichas que despreciaba porque su belleza –aunque hoy no se corresponda con el canon imperante– le había convertido en la dueña de la situación", comenta la escritora, quien en cerca de 400 páginas ha intentado aclarar hasta qué punto el personaje que se fraguó la artista ahogó a la persona. Y ha descubierto que "nunca se creyó sus mentiras. Era demasiado consciente de su pasado. Por eso, la historia que se inventó, como que era andaluza o que era una condesa en el exilio, parecía más un sainete que otra cosa. Podía despertar pena o admiración en el público pero nunca llegaba a ser atroz, tan atroz y despreciable como realmente había sido su vida".
Una vida que Carmen Posadas glosa con frases como la que un Príncipe eslavo le escribió: "arruíname si quieres, pero no me abandones", o réplicas de esta mujer cuyo busto sirvió de molde para las cúpulas del Gran Hotel de Cannes como: "yo tan sólo me alquilo, las demás mujeres se venden", ante algún comentario que ponía en duda su moralidad dado que no rechazaba ser el "manjar" de una cena palaciega.
No obstante, el tiempo se encargó de devolverle la jugada a la Bella y a recrudecer su venganza. Y es que, con 46 años, los mismos que contaba Carmen Posadas cuando comenzó el libro, decidió desaparecer de París y recluirse del mundo para preservar intacto el recuerdo de su belleza, su talento artístico –que, asegura la escritora, "nunca fue mucho"– y su poder sexual. "Aunque no así su dinero. Fue capaz de perder en una misma noche 300 millones de pesetas en el Casino y alquilarse a once caballeros para, con las ganancias, seguir jugando", una afición que mantuvo hasta su muerte, con 96 años, sola, y en la miseria absoluta de un apartamento de Niza.
