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La loca de la casa

A Ana María Matute le sobraron los motivos para abrazar el malditismo en que se refocilaron algunos de sus coetáneos, pero eligió ser una escritora de verdad.

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La literatura la salvó de la posguerra, de la tartamudez, de la separación matrimonial y de una depresión devastadora. La salvó, de hecho, de la vida misma, que tan a menudo le supo a vinagre, a cicuta, a trampantojo. A Ana María Matute le sobraron los motivos para abrazar el malditismo en que se refocilaron algunos de sus coetáneos, pero eligió ser una escritora de verdad.

El suyo es un universo de territorios míticos, de encantamientos, de hadas y princesas, en que la inocencia se muestra ensombrecida por una realidad que, las más de las veces, resulta aciaga, hostil; tanto como, según acostumbraba recordar la propia Matute, fueron los bombardeos que enturbiaron su infancia, dejando en su mirada la muesca del asombro. En cierto modo, la genial impostura por la que la autora de Olvidado Rey Gudú se pretendía una cría de 89 años tenía mucho que ver con el traumático aldabonazo que supuso para ella la Guerra Civil, y que acabaría proyectado en casi todos sus cuentos y novelas, incluso en los que escribió para niños y adolescentes, a quienes, dicho sea de paso, jamás habló como si fueran idiotas.

Sin embargo, y antes que niña alucinada, Matute fue una bruja buena, sobre todo con los debutantes en el oficio. En calidad de madrina del Premio Nadal, la noche del 6 de enero solía prodigarse en parabienes al ganador, a quien abría simbólicamente las puertas del reino de las Letras. También ella había obtenido el galardón, como había obtenido el Premio Nacional y como obtendría el Planeta, el Nacional de Narrativa, el Nacional de las Letras, el Cervantes... Matute fue, en suma, una triunfadora, y lo fue a despecho del siglo, de un tiempo y un país en que cualquier mujer en fuga era tenida por la loca de la casa. El día en que recibió el Cervantes, por cierto, el consejero de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, el mismo que hoy ha glosado "la gran aportación de Matute al castellano", faltó al acto. "No tenía conciencia de la fecha exacta",se justificó, como si a esas alturas hiciera falta. (La diferencia -por no decir el atraso- de Cataluña respecto al resto de España empieza a manifestarse en la posibilidad de que, en la primera, una autora como Matute siga siendo una loca-de-la-casa).

Renuente a encararse con lo real o, cuando menos, con lo literal, en su obra queda un solo hueco: el de las memorias que, a buen seguro, merecía su vida.

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