Menú

Silva de varia lección

El idioma español gusta mucho de las palabras que terminan en <ón>. Tan abundantes son que resulta de mal gusto utilizarlas para rimar.

Amando de Miguel
3

Esta seccioncilla se nutre de un continuo discurrir entre el amanuense y los lectores; los "benelectores", habría que decir, tal es su benévola aportación.

Agustín Fuentes comenta que el vástago extensible para hacer fotos a uno mismo no es "monopedo" sino "monópodo". Acepto la corrección fraterna. Fue un error involuntario. A cualquiera se le escapa una ventosidad sin querer.

Luis Salas Rizzo, venezolano, es otro apasionado de la lengua castellana (insiste en que debe decirse así, no lengua española). Se fija en algunas curiosidades del idioma. Por ejemplo, la palabra "rato". El aumentativo sería "ratón", pero se aplica a la rata pequeña. Aparte, "rato" es un lapso indeterminado, que admite el diminutivo de "ratico", igualmente sin fijación de límites. (Añado que para los mexicanos, el "ahorita" cumple esa misma función de no saber cuánto va a durar). Un ramo de flores pequeño es un "ramito", pero si es grande se dice "ramillete". ¿No sería más propio decir "ramón"? Añado que eso sería si la formación léxica fuera siempre racional. Pero no tiene por qué serlo.

El idioma español gusta mucho de las palabras que terminan en <ón>. Tan abundantes son que resulta de mal gusto utilizarlas para rimar. No siempre indican cosas grandes. Un "batallón" es mucho menos que un cuerpo de ejército. Palabras como "biberón, bombón, boquerón, botón, cupón, embrión, escalón, gorrión, lechón, perdigón, pezón, piñón, punzón, terrón", etc no dan sensación de algo grande o desmesurado. Más bien lo contrario.

Francisco Ramos anda buscando la significación de manguara. No viene en el DRAE (que ahora no sé cómo se llama). Es un regionalismo para un pocillo o vaso pequeño donde se pueden servir licores. Quizá provenga del mango que llevan algunos de esos recipientes.

José L. Martín Tordesillas expone un remedio contra la caída de ramas de árboles que sufren los madrileños: "¡podemos!". En efecto, el título de Podemos para un partido tan enemigo de la libertad solo se explica si es el imperativo del verbo "podar". Ya es extraño que un partido adopte como título una desinencia verbal.

Algunas veces tengo dicho aquí que la polisemia de las palabras es una de las claves del humor, sobre todo cuando uno de los significados se refiere a algún tabú. Jesús Laínz ofrece este chiste lingüístico:

─Soy una mujer afortunada: mi novio es tocólogo.
─Para suerte la mía: el mío es meteorólogo.

Don Jesús me contesta, en forma de soneto quevedesco, a mi tesis de que el verbo parlar no es castizo; resulta gongorino y cataláunico. Lo siento, montañés. Sigo en mis trece (que es operación judaizante). El verbo "parlar" lo recoge el Diccionario de Autoridades de hace 300 años. Aporta ejemplos de su uso en Fray Luis de Granada, Gracián o Calderón. Añade muchos derivados bien castizos: "parla, parladillo, parlada, parlamentar, parlamento, parlante, parlatorio, parlería, parlero, parleta, parlón, parlotear". No cito diccionarios actuales, porque eso sería jugar con demasiada ventaja.

En Cultura

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios

    • Inversión
    • Seminario web
    • Podimo
    • Tienda LD