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Setenta años de Yalta

Yalta simboliza el reparto de Europa tras el final de la guerra y presagia el mundo que se iba a congelar en otra guerra, esta vez 'fría'.

Ricardo Artola
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Entre el 4 y el 11 de febrero de 1945, tres meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, se reunieron en la ciudad soviética de Yalta (en el sur de la península de Crimea) los representantes de los llamados Tres Grandes, es decir, las principales potencias aliadas. Esta fue la última ocasión en que se pudo ver juntos al dictador soviético Iosif Stalin, al estadista británico Winston Churchill y al presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt.

La Conferencia de Yalta se ha convertido en el símbolo de todos los encuentros de esos aliados circunstanciales (Teherán, Potsdam...). Allí, los mencionados líderes, rodeados de una cohorte de asesores, discutieron sobre el final del conflicto y la ocupación de Alemania.

En las conclusiones de la conferencia se establecieron algunos principios trascendentales para el futuro de Alemania y el Este de Europa.

En cuanto a la potencia causante del estallido de la guerra, los Aliados decidieron la supresión o confiscación de la poderosa industria alemana, establecieron la existencia de reparaciones de guerra y llevar ante un tribunal internacional a los criminales de guerra, lo que a su vez se convertiría en otro símbolo: Nuremberg.

Hasta aquí era fácil entenderse: al culpable le pasaron al cobro la mayor factura de la historia, y esta vez, a diferencia de Versalles tras el fin de la Gran Guerra, no había paliativos ni se podía hablar de injusticia o intransigencia.

El verdadero caballo de batalla era el Este de Europa, que ya estaba casi totalmente ocupado por el Ejército Rojo, lo que imponía la fuerza de los hechos frente a los anglosajones. Y, por encima de todo, la doliente Polonia, con dos gobiernos simultáneos, el del exilio en Londres, respaldado por ingleses y estadounidenses, y el de Lublin, bajo la égida soviética. Como demostración de la dificultad de acuerdo en este punto, los interlocutores no fueron capaces de fijar las nuevas fronteras del país, quizá una de las cuestiones más peliagudas de todas las tratadas en las distintas conferencias aliadas.

Lo que Roosevelt y Churchill sí consiguieron de Stalin fue el compromiso de que permitiera elecciones libres en los países bajo su paraguas militar. El hecho de que los primeros se convencieran de que habían logrado doblegar al hombre de acero en una cuestión tan esencial es motivo de estudio del psicoanálisis más que de la historia: que dos hombres de esa talla se creyeran tal promesa es algo que oscila entre el disparate y la ingenuidad patológica.

En lo referente al Extremo Oriente se podría decir, utilizando un término muy coloquial, que Stalin dio el gran pelotazo, pues, a cambio de comprometerse a enviar tropas contra Japón en un plazo de pocos meses, logró arrancar el compromiso de adquirir amplios territorios a costa de ese país. Esas tierras siguen siendo rusas setenta años después. Nunca tanto se consiguió con tan poco.

En definitiva, Yalta simboliza como ningún otro acto el reparto de Europa tras el final de la guerra y presagia el mundo que se iba a congelar en otra guerra, esta vez fría, durante las siguientes cinco décadas.

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