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Pedro Fernández Barbadillo

Una Edad Media para las afganas

Ya es hora de que la destrucción de tópicos sobre este milenio de la historia que se está haciendo en las universidades salga de éstas.

Pedro Fernández Barbadillo
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Ya es hora de que la destrucción de tópicos sobre este milenio de la historia que se está haciendo en las universidades salga de éstas.
Ilustración del Le Livre de la Cite des Dames (1405). | Wikipedia

Para conmovernos y persuadirnos de que aceptemos a miles de afganos que no han sido capaces de luchar por su vida y su libertad, las feministas y los tertulianos de guardia este agosto nos dicen que el régimen de los talibanes supone, sobre todo para las mujeres, "regresar a la Edad Media".

Tenemos un periodismo opinativo que no nos lo merecemos. En serio. Se lo merecen los profesores que han educado a esos bustos parlantes y los directores de las cadenas de radio y televisión que les mantienen los micrófonos. ¡Dejad a la Edad Media en paz, cretinos! Ya sé que se usa como culmen de la incultura, la opresión, el salvajismo y otras taras, pero ya es hora de que la destrucción de tópicos sobre este milenio de la historia europea que se está haciendo en las universidades salga de éstas y se extienda por toda la sociedad.

Catedrales, parlamentos y letras de cambio

Primero hay que tener en cuenta que la caída del nivel de vida, de la demografía, del comercio y la estabilidad política comienza a finales del Imperio romano y se prolonga hasta el siglo X, cuando concluyen las invasiones de musulmanes, normandos y magiares. A partir de entonces, la Edad Media (concepto creado posteriormente, como Bizancio, el imperio angevino, la Ilustración o la República de Weimar) despliega su potencia renovadora y creadora, alimentada, ¡oh espanto!, por el cristianismo.

Se fundan las universidades bajo el doble amparo de las monarquías y el papado. La circulación de profesores, alumnos y libros entre las diversas universidades fue enorme. Los títulos se aceptaban sin los engorrosos trámites que deben pasar hoy. Y el latín hacía las veces del omnipresente y más sencillo inglés.

Aparecen los primeros Parlamentos, que limitan el poder de los reyes y aprueban impuestos. La primicia ocurre en León, en 1188, y luego se traslada a otros reinos. A esas cámaras legislativas a las que los monarcas piden dinero, se incorporan procuradores enviados por las ciudades, plebeyos y burgueses, que discuten en pie de igualdad con los magnates aristocráticos y eclesiásticos.

Se levantan iglesias románicas y catedrales góticas. Se difunde la caballería, que introduce ideales de justicia y ensalza a la mujer. Se desarrollan la navegación y el comercio a larga distancia, desde la Península Ibérica al Báltico y a Constantinopla. Los genoveses y los venecianos traen especias. Los portugueses empiezan costear África y los castellanos conquistan Canarias. Se acepta el crédito financiero y se elaboran medios de pago como la letra de cambio. Se escriben obras maestras en las lenguas romance que empiezan a perfilarse y se crean maravillas en la escultura, la talla y la pintura. Las escuelas parroquiales alfabetizan a docenas de miles de personas, con independencia de su sexo.

El islam, si bien conservó su agresividad y su expansión, bien pronto cayó en el letargo cultural y científico. En el siglo IX (en el reinado del califa Al-Mutawákkil), fue derrotada la escuela de los mutazilíes y se impuso la interpretación de que el Corán ha sido creado por Alá y que reúne todo el conocimiento humano necesario. De ahí provienen el estancamiento científico del islam y las periódicas destrucciones de bibliotecas, como la realizada por Almanzor en Córdoba. La llamada Escuela de Traductores (que consistía en el encargo por la Corona de traducciones de libros a eruditos) nació en Toledo sólo después de la reconquista de la ciudad por Alfonso VI, en 1085.

En un luminoso texto publicado recientemente en la revista Razón Española (n.º 226, mayo-junio de 2021), el profesor Luis Suárez explica la fiscalidad del final de la Edad Media, con unas palabras que gustarán a los lectores de Libertad Digital:

La diferencia entre la mentalidad de los hombres de las postrimerías de la Edad Media y la nuestra propia no puede ser más radical, y se aprecia en los impuestos. La idea de un impuesto progresivo hubiera parecido monstruosa. El impuesto medieval es esencialmente indirecto: pagan las tierras, las mercancías o las materias primas. Pero cuando, por necesidades del Estado, se amplía y extiende un impuesto directo sobre las fortunas, éste no se establece en forma progresiva, sino al contrario, regresiva. Es decir, una vez separados los pobres, que no pagan, se establecen baremos de fortuna para el pago; alcanzado determinado nivel, todas las propiedades que le sobrepasan quedaban exentas. Para nosotros resulta sumamente extraña esta conducta, pero los hombres de los siglos XIV y XV tenían mucho cuidado en no matar la gallina de los huevos de oro: sin los ricos, ¿qué esperanza quedaba a los pobres de hallar medios de vida?

Sí, la Inquisición nació en Francia en el siglo XII contra la herejía cátara, pero la quema de brujas por miles, junto con las guerras de religión, la confiscación de las tierras del común por los monarcas y la nobleza voraces con la excusa de la Reforma y el cierre de las universidades en los distintos países europeos a los extranjeros suceden en la Edad Moderna, en los siglos XVI y XVII. En Francia, la revolución cerró todas las universidades, pues las consideraba vestigios del Antiguo Régimen.

Mujeres con poder

El cristianismo, que sitúa como el ser humano más excelso a la Virgen María, madre de Dios, suavizó primero por la vía de las costumbres y luego por la legislación, las leyes romanas que sometían a las mujeres a una tutela permanente. Así, en la Edad Media las mujeres tenían capacidad jurídica de obrar: podían testar y heredar, comprometerse en contratos y hasta montar empresas.

Muchas de ellas dedicaban su vida a lo que deseaban; sirva como ejemplo de ellas la hispana Egeria, peregrina a los Santos Lugares entre los años 381 y 384, quien además escribió el relato de sus viajes, porque ¡sabían leer y escribir!

También se les consideraba dignas de participar en el gobierno. Podemos citar a emperatrices romanas, como Elena, madre de Constantino y descubridora del Santo Sepulcro; Gala Placidia, hija de Teodosio; y Teodora, esposa de Justiniano. Y a la reina Baddo, esposa de Recaredo, que firmó las actas del III Concilio de Toledo, donde el pueblo godo se convierte al catolicismo. Otras visigodas poderosas fueron Brunequilda y Gosvinta.

La atrasada Edad Media conoce las primeras reinas propietarias. En España, abre la lista Urraca de León (r. 1109-1126). Berenguela I de Castilla reinó sólo unas semanas, en 1217, y abdicó en su hijo Fernando III. A continuación, ejerció como gobernadora del reino y, después de la mayoría de edad del infante, como consejera. Puesto que yo considero que la Edad Media concluye con el descubrimiento de América, incluyo entre ellas a Isabel I de Castilla (r. 1479-1504). Navarra tuvo las siguientes reinas propietarias desde el siglo XIII: Juana I (r. 1274-1305), Juana II (r. 1328-1349), Blanca I (r. 1421-1445), Leonor I (r. 1479) y Catalina I (r. 1483-1513).

Y no podemos olvidar las abadesas de los monasterios, algunas de las cuales plantaban cara a los reyes y a los magnates. Santa Catalina de Siena (1347-1380), embajadora de la república de Florencia, le exigió al papa Gregorio XI que regresase a Roma y purificase la Iglesia. ¿Alguien conoce a una musulmana que se atreviera a reprochar a un califa su conducta?

La pérdida de derechos de las mujeres ocurre en la Modernidad, sobre todo después de la Revolución francesa. El Código Civil de Napoleón, luego copiado en el resto de Europa, presenta dos novedades sobre el derecho vigente en Europa entonces: la reintroducción del divorcio y la conversión de las mujeres en menores de edad.

El siglo de los genocidios

¿Cómo generaciones que han nacido en el siglo XX, el más criminal y genocida de la historia, se atreven a criticar a otras épocas? A partir de 1914, el desprecio a la vida y la dignidad humanas ha sido incalculable. Dos guerras mundiales; el aborto convertido en una industria desalmada; los campos de exterminio de las tiranías comunistas y nacional-socialista; hambrunas provocadas por motivos políticos en Ucrania, Etiopía y Bengala; el terrorismo (casi siempre de ideología izquierdista); las riadas de refugiados que escapan de guerras y paraísos en la tierra...

Para obligar a sus súbditos a resistir y combatir la invasión alemana, Stalin estableció un régimen de castigos a quienes flojeasen que sólo entre la mitad de 1941 y todo 1942 incluyó el fusilamiento por la NKVD de al menos 198.000 soldados del Ejército Rojo (Norman Davies, Europa en guerra 1939-1945). Ni los monarcas ni los generales más despiadados de la Edad Media trataban con tal crueldad a sus tropas.

Ya les gustaría a las afganas (y a las saudíes, y las yemeníes, y las somalíes...), vivir con el estatus de las cristianas medievales. No pidamos perdón por lo que hicieron nuestros mayores ni permitamos que la izquierda enloquecida nos arrebate lo que somos.

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