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Pedro de Tena

Nuestros muertos desconocidos

Lo que sabemos seguro es que, de toda esta inmensidad de muertos desconocidos, muy pocos pudieron saborear un poco de libertad.

Lo que sabemos seguro es que, de toda esta inmensidad de muertos desconocidos, muy pocos pudieron saborear un poco de libertad.
Los reyes Felipe y Letizia presiden el acto de homenaje de estado a las víctimas de la pandemia de la covid-19. | EFE

Al decir "nuestros" muertos desconocidos, aclaremos desde la primera línea, nos referimos a los seres humanos. De animales y plantas ni hablamos. Sobre la tierra y sus aguas debe haber una capa, por mínima que sea y escondida que esté, que se corresponda con los restos y cenizas de los hombres, mujeres y niños que han muerto sin dejarnos señal alguna, ni nombre ni apellidos ni biografías ni anécdotas conocidas. No son "nuestros" por cercanía personal, sino por la semejanza biológica.

¿Cuántos demás muertos y desconocidos son esos? Se ha difundido que, cabalgando entre la ciencia y el arte, el Population Reference Bureau (Oficina de Referencia de la Población, PRB) estimó en 2019 que, desde los 50.000 años de antigüedad que le suponemos a nuestro Homo sapiens, tal y como anatómicamente somos ahora, ha habido más de 108.000 millones de muertos.

Actualmente hay casi 8.000 millones de personas vivas sobre el Planeta, 7.902 hace unos días, más que nunca antes, y mueren a diario unas 150.000 de ellas (en datos de 2017), año en que perecieron 56 millones de seres humanos. En datos reales, y actualizándose continuamente, el pasado 25 de octubre de 2021 a las tres de la tarde, ya habían muerto 101.150 personas en dicho día y en todo el año hasta esa fecha, habían fallecido 47.949.364 personas.

Para cada uno de nosotros, los vivos, la identidad de esta tremenda cantidad de muertos es y será desconocida por siempre jamás. Lo mismo sucede, o casi, con los casi 8.000 millones de personas vivas. A la inmensísima mayoría de ellas no las conoceremos nunca, pero cabe la posibilidad de que establezcamos contacto con algunas, posibilidad que, obviamente, ya no existe en el caso de los muertos.

En 2001: Una odisea del espacio, Arthur Clarke expuso que, tras cada hombre vivo, hay 30 fantasmas. No busquen esta referencia en la trama de la obra porque lo dice justo al comienzo de su Prefacio: "Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra."

Pero Clarke escribió su libro en 1968, hace ya más de medio siglo, cuando el número de habitantes humanos vivos de la Tierra era de unos 3.500 millones. Actualmente, con los datos disponibles, la tasa de "fantasmas" habría disminuido por el incremento constante del número de sobrevivientes. Si suponemos que ha habido 108.000 millones de muertos y hay casi 8.000 millones de vivos, ya sólo hay entre 13 y 14 "fantasmas" por cada humano vivo. Y bajando.

El inquietante Ambrose Gwinnet Bierce, en su Diccionario del Diablo, se refiere expresamente a la costumbre de hacer monumentos a lo desconocido, al soldado o al héroe, y se detiene en lo que considera completamente absurdo: hacer un monumento a los muertos desconocidos. Cuando trata de los monumentos dice: "La costumbre monumentaria alcanza sus reductiones ad absurdum en los monumentos ‘a los muertos desconocidos’, que perpetúan la memoria de aquellos que no han dejado memoria".

Tal vez. Pero es absolutamente desconcertante que jamás podamos conocer ni a la inmensa mayoría de los vivos ni a la abrumadora mayoría de los muertos. A pesar de este hecho contundente, muchos de nosotros hablamos de la Humanidad en general e incluso pontificamos sobre ella o tratamos de someterla a ingeniería social y política cuando, en realidad, solo hemos establecido relación directa con muy pocos hombres y mujeres a lo largo de la vida.

Podríamos hacer ejercicios demográficos retrospectivos con intenciones más aceradas. Por ejemplo, ¿cuántos de esos miles de millones de muertos desconocidos vivieron bajo tiranía o sufriendo la esclavitud? ¿Cuántos murieron violentamente, en las guerras, y cuántos en sus camas, o cuevas, o suelos? ¿Cuántos tuvieron la suerte de comer todos los días, de no morir de frío o de aprender a leer y a escribir?

Lo que sabemos seguro es que, de toda esta inmensidad de muertos desconocidos, muy pocos pudieron saborear un poco de libertad. De los 50.000 años de antigüedad homo sapiens, apenas en 3.000, un 0,06 por ciento de este tiempo, han tenido presencia los mensajes de libertad que comenzaron en nuestro Occidente con el Génesis, con aquella primera decisión libre que consistió en renunciar a la protección de todo un Dios creador y celoso para poder decidir entre el bien y el mal. Costó un paraíso —por otra parte, meramente instintivo, animal y sin alma—, pero fue posible la libertad.

Menos tiempo y muertos hace desde que la tolerancia, base de las democracias liberales, tuvieron su primera oportunidad histórica. Muy pocos de los 108.000 millones de muertos desconocidos han experimentado la sensación de creerse iguales en derechos y deberes, votar a sus representantes y tener mínimos legales y vitales garantizados para afrontar la vida.

Puede comprenderse bien con un solo dato. El voto femenino comenzó a tener presencia legal en Europa en la Finlandia en 1906, en la Dinamarca en 1915, en la España en 1931, en la Francia en 1944 y tomen nota, en la Portugal, en ¡1976! O sea, de los casi 60.000 millones de muertas desconocidas, ¡cuán pocas fueron consideradas como iguales en derechos y deberes a los hombres!

Por todo ello, y por muchas razones más, cuando se piensa en los muertos desconocidos, o incluso en un solo muerto desconocido, el que sea, debemos ser conscientes de nuestros privilegios por haber nacido en esta época y en la enorme cantidad de sufrimientos y carencias de los más de 100.000 millones de todos esos muertos. Oí decir un día que, si un corazón humano pudiese sentir toda la cantidad de dolor acumulada por los seres humanos a lo largo del tiempo, se rompería en mil pedazos. Lo creo.

En una de nuestras conversaciones, Agapito Maestre —que, a día de hoy, 28 de octubre de 2021, sigue siendo un catedrático "desconocido" para vergüenza de la Universidad española, que lo despojó de su título legítimo ganado en oposición—, y yo destacábamos el hecho de que, desde Franco hasta ahora, ningún español, con muy pocas excepciones, ha conocido la guerra; la inmensa mayoría dejó de sufrir muy pronto la miseria; desde 1960, todos experimentamos una calidad de vida superior a la conocida desde nuestros abuelos para atrás y desde 1978, disfrutamos libertades como nunca antes.

Esto es, en demasiadas ocasiones olvidamos que la generación viva de españoles que formamos esta extraña nación que se destruye a sí misma con fantasmas de todo tipo, disfruta del mayor nivel simultáneo de libertades, de tolerancia, de oportunidades, de comodidades, de justicia y de solidaridad que sus muertos, desconocidos o no, tuvieran. Pero nada. Hay quienes prefieren el retorno a los garrotazos de Goya, una vocación, a trazar rutas de convivencia, continuidad y reformas compartidas.

Por ello, cuando menos, todos los vivos hacemos bien al dedicar un Día a los difuntos, a todos ellos, a los cercanos, a los lejanos, a los conocidos y, aunque el malvado Bierce discrepe, a los desconocidos, muchos de los cuales no dejaron memoria alguna porque no se les dejó ni tuvieron oportunidad alguna de hacerlo, no porque estuvieran desprovistos de cualidades y valores.

En todas las civilizaciones y épocas conocidas, se ha tenido muy en cuenta el recuerdo a los muertos, desde el Egipto faraónico, con libro de ruta incluso, a la China de la Fiesta primaveral de Qingming; desde las celebraciones africanas de Ghana a las hindúes de Pitri Paksha; desde las ceremonias sin fecha del Islam o el judaísmo a las, con fecha, con nuestro día 2 de noviembre, día de los Difuntos, a la cabeza, inspiración de otros rituales como Halloween.

Resulta interesante saber si se ha escrito algo sobre los muertos desconocidos, los nuestros y los de todos. Es tributo moral que gustosamente hay que estar dispuesto a pagar por todos aquellos "fantasmas" que han existido realmente, aunque no residan en nuestra memoria.

En París había una cruz dedicada a los muertos desconocidos. Nos lo hace creer el pintor catalán Santiago Rusiñol que nos dice que si Cervantes fuera a París vería un molino en todo lo alto de Montmartre. Y confirma que en el cerro del barrio "se eleva una cruz dedicada a los muertos desconocidos". También en París hay un monumento a todos los muertos.

Jules Michelet, en su Historia del satanismo y la brujería, menciona a "un negro y estrecho osario, de esos que en España llaman pudrideros (como se puede ver en el Escorial)". Antiguamente se consumían allí las osamentas de muertos desconocidos", precisaba.

Carmen Conde sabía que los pequeños cementerios de los pueblos están llenos de muertos desconocidos que saben mucho de la soledad, algo que comprenden los muertos cuando se secan todos los ojos que los lloraron.

Para seguir por alguna parte, Antonio Muñoz Molina se percató que, en la VI Avenida del Manhattan que vivió, se vendían los domingos por la mañana fotos de muertos desconocidos para él. Recordó a estos muertos, leales precisó, en Sefarad. También el grande sevillano Rafael Cansinos Assens se acordó de los muertos desconocidos de "Adonay" en la España de primeros del siglo XX.

Menos amable, como de costumbre, fue Alberti, que veía muertos conocidos que se orinaban en muertos desconocidos, tal vez junto a ángeles desconocidos. En La Casa de los espíritus, se aparecían los fantasmas desgarrados de los muertos desconocidos en un espacio que jadeaba sumido en los terrores de la noche. Insistió Isabel Allende en estos muertos, que es como uno de sus generales llamaba a los curas.

Para Jean-Marie Guyau, esos individuos muertos se desconocían a sí mismos nada más morirse porque "todo es arrastrado por el mismo torbellino, especies e individuos; todo pasa, desaparece en lo infinito." Bueno, ya se verá.

También supo de muertos desconocidos Luigi Pirandello, nacido en Agrigento como Empédocles, que se tiró al volcán Etna. Andrea Camilleri cita su descripción de la casa en la que vivió el autor encontrado por sus personajes: "…la calle mostraba aún la antigua muralla de la ciudad con las torres medio derruidas. En la primera, cerrada apenas por un portillo descolorido y desvencijado, se exhibía a los muertos desconocidos y se llevaba a los asesinados para las pericias judiciales".

Albert Camus, en El primer hombre, destacó desgarradamente que es "la pobreza, que hace de los hombres seres sin nombre y sin pasado, que los devuelve al inmenso tropel de los muertos anónimos que han construido el mundo, desapareciendo para siempre". Y se preguntaba especialmente por el "sector de los muertos" de la guerra de 1914, un amplio sector de más de 50 millones. Imaginen los de la II Guerra Mundial, más de 70 millones, y otras anteriores y posteriores.

El comunismo hizo crecer el número de estos muertos desconocidos. Escribió Stephen Koch en El fin de la inocencia que en Moscú se habló de levantar, donde se alzaba la estatua de Lenin, un monumento apropiado, "acaso una inmensa cruz, que sirva de centinela a los millones de muertos". Stéphane Courtois, Federico Jiménez Losantos y otros los han calculado. 100 millones. Quizás más porque Solzhenitsyn, en su Archipiélago Gulag, dio la cifra de 88 millones de víctimas, sólo en la URSS.

Luis Cernuda supo que en su España "la revolución, que no llegó a serlo, está acabada (en 1934) [...]" y percibía que sólo había ya "esos muertos desconocidos entre los días pasados y estos. Y nadie parece darse cuenta que faltan en medio de nosotros". Pues la cosa sigue más o menos lo mismo.

Eugenio D´Ors dividía a los muertos de nuestra Guerra Civil en propios y ajenos y consideraba triste el intento de contabilizar las crueldades cometidas, salvajadas, en algunos casos, no exentas de pedantería. Es el caso de quien en una Checa preguntó a un detenido qué pensaba de la Evolución. Tela. Pero la esperanza se va perdiendo cuando se comprende, con Fernando Díaz-Plaja, que los muertos, incluso los desconocidos, suponemos, también luchan.

Juan Gil-Albert escribió un poema a los muertos que empezaba: "Oh, muertos, desconocidos hombres que ahora pueblan mi mundo de fantasmas" y siguió más tarde, con mejor memoria, "Ya ves tú: Pedro, Juan, Francisco, Etcétera, están muertos y son muertos desconocidos". Sí, en nuestra Guerra civil hubo muchos. Demasiados.

Para todos, Santos y difuntos, conocidos o no, los cristianos del siglo x instituyeron una solemnidad dedicada a la memoria de los muertos desconocidos, "almas solitarias sin sufragio, que dejan el mundo entre la indiferencia de los presentes y sin la esperanza siquiera de un leve recuerdo de la posteridad". Ya no se distinguía si estaban o no a la derecha del Padre.

Se acordó de los muertos desconocidos Ramón Gómez de la Serna, que los encontraba en el Rastro como numerosos Cristos: "Todos ellos tienen un aspecto mísero, acobardado, vencido, quieto, dulcísimo, resultando tan humanos como los muertos que fueron dueños de los objetos miserables que conviven a su lado, esos muertos desconocidos a los que representa, evoca, asume y añora el señor Cristo".

Alfonso Reyes recordaba en sus "Viajes al Infierno" que Orfeo descendió al reino de los muertos, que algunos querrán república, donde dictaba Hades (Plutón), para buscar de entre los muertos desconocidos a su esposa Eurídice, "muerta a deshora". Y añadía que en casa de Víctor Hugo se invocaba a los muertos, hombres o dioses o templos conocidos o no (o ideologías, sentenciaba Camus), e incluso a los vivos.

A veces, y se sigue perpetrando, los muertos desconocidos fueron maltratados por los estafadores electorales, como recordó un diputado a Francisco Silvela. "A pesar de que el censo estaba confeccionado por los amigos de S. S.(léase Silvela) yo fui a la elección con una mayoría inmensa, y la prueba es que esas listas arrojaban unos mil quinientos electores, entre los cuales había unos trescientos entre muertos, desconocidos y ausentes".

Pero no siempre. En la España de los Austrias, hacia 1690, muchas defunciones ocurrían en el campo y había que trasladar los cadáveres a la ciudad para enterrarlos "en sagrado". Una hermandad erigió una ermita dedicada a su Crucifijo de la Misericordia para exponer al público los muertos desconocidos. Puede encontrarse la referencia en el tomo I de los "Paseos por Córdoba" de Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez.

Muchos muertos desconocidos pueden haber sido sujetos de una muerte fea y villana, como Philipe Ariès cuenta en El hombre ante la muerte. Son muertes clandestinas que no tuvieron "testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el rio, la del desconocido cuyo cadáver se descubre a la vera de un campo, o incluso del vecino fulminado sin razón…. muertos sin bienes ni lugares ni nombres, niños abandonados, soldados de la ronda, «mozos» de todos los oficios, lacayos, mozos de cuerda, porteadores de sillas…"

Tras 108.000 millones de muertos, podemos decir que muy pocos serán muertos cercanos y conocidos. De los nuestros próximos, esos muertos que entroncan de algún modo con nuestra familia, apenas somos capaces de conocer el nombre y los hechos de algunos de las generaciones más inmediatas. Los miles de millones restantes, casi todos, son y serán muertos desconocidos.

Contra Bierce, sí creo en la conveniencia de recordarlos en un monumento universal. Somos lo que somos porque, para lo bueno y para lo malo, han sido lo que fueron.

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