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David Uclés

David Uclés —tan suave, tan blando, tan de algodón, tan critiquito con el sistema— ha aceptado un premio concedido presumiblemente de antemano.

David Uclés es suave, peludo, no sé si pequeño; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no tiene huesos. Ha escrito una novela de mucho perifollo con un estilo que homenajea la redacción escolar de los niños con dificultades.

David Uclés —oh Atlante, oh Sísifo infelice— habla como si llevara a cuestas todos los males del mundo, como si su sensibilidad de falso Juan Ramón le condenara a sufrir los pesares de la humanidad. Parece el imitador, quién sabe si el hijo ilegítimo, de Luis García Montero, instalados ambos en el narcisismo de la falsa modestia y de la impostura rentable.

Su novela La península de las casas vacías está enferma de anacolutos y de palabras que se ve que ignora porque las emplea a ciegas. Las ha tomado del diccionario y las ha echado a boleo como quien salpimienta un plato que le sabe soso.

—Pero, oiga, que está usted salpimentando unas natillas. ¿No sería mejor echarles canela?

—Es que el salero lo tengo aquí.

David Uclés —tan suave, tan blando, tan de algodón, tan critiquito con el sistema— ha aceptado un premio concedido presumiblemente de antemano. Si según Marx el capitalismo se contradice, ¿por qué no puede contradecirse él? Un periódico donde digamos que escribe no incluyó La península de las casas vacías en la lista de los mejores libros de la democracia. Uclés gimoteó enseguida en Facebook que se sentía muy roto. ¡Hacerme esto a mí, a mí…! La querulancia debió de resultarle excesiva, porque al rato la cambió por otra más suave, más blanda, más de algodón, más acorde a su personaje.

Destapó Alberto Olmos que Uclés mendigaba un sitio en saraos literarios a los que nadie tuvo intención de invitarle. Una vez dentro, se hacía retratar por el fotógrafo, que se preguntaba quién carajos era aquel divo disfrazado de olivarero. Al día siguiente, Uclés exhibía las fotos: «por más que me negué, me obligaron a posar en el photocall».

Ahora, para unas jornadas a las que le invitan, nuestro hombre dice que no acude, y eso que había confirmado. Las jornadas giran en torno a la Guerra Civil, cronotopo de su novela, sobre la que afirma haber estado documentándose durante quince años. ¡Qué habría escrito, ¡cielos!, si se hubiese documentado durante sólo uno…! Y la causa de que David no vaya es que va Aznar: «la persona que más daño físico ha hecho al pueblo español en las últimas décadas».

Puestos a mirar a la ultraderecha, David Uclés —tan suave, tan de algodón, tan documentado que se diría todo memoria histórica, que no vive en el presente— podría haber reservado el título a los cachorrillos de Fuerza Nueva que asesinaron a los abogados de Atocha en 1977 o a Yolanda González en 1980. Puestos a ampliar el foco, podría haberlo reservado para la ETA, los GAL, el GRAPO o para el CESID de Felipe González, que secuestraba mendigos para probar con ellos si el pentotal sódico servía como suero de la verdad. Luego, los mendigos se les morían en la mesa de operaciones pero no pasaba nada porque, en fin, eran mendigos y seguro que apestaban a vino malo y a excremento.

Uclés ha añadido que su persona —¿quiso decir «personaje»?— también es incompatible con Espinosa de los Monteros. «Ayudó a fundar un partido que atenta contra mi libertad de expresión». Leve atentado ha tenido que ser para un escritor cuyo libro supera las setecientas páginas. Mas, de ser cierto, la historia de la literatura tendría que agradecer a Vox que el amigo Uclés no publique tanto como Zunzunegui. Cuando de verdad algún partido ataque su derecho a decir las tonterías que dice, contará con mi espada de inmediato.

David Uclés —Elvira Sastre de la prosa, aspirante a burrito Platero— sacará en ocho días la novela por la que le han dado el Nadal. Como de tan puro y algodonoso no parece que pueda reincidir en las contradicciones internas del anticapitalismo, es seguro que su nueva polémica no está orientada a la promoción.

David Uclés ha aparecido en vídeos del gobierno de Sánchez y los reyes le reciben en palacio con sus atavíos de vareador de aceituna del siglo XIX. Abre su corazón en la SER para recordarnos lo mucho que le estragan los males del mundo y que, pese a ser un superventas, ha ganado poco dinero: «no me da para un piso en Madrid». Los fachos de X, antes Twitter, apuntan a que si con todo lo que ha ganado no puede permitirse un piso en la capital, es que lo quiere donde lo tienen ellos, dentro del cinturón de la M30. Lo que no saben es que David Uclés —tan cuqui, tan sensible, tan cuento de primavera— quiere un piso grande para acoger a las víctimas de daño físico de José María Aznar.

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