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Anna Grau

Alpresa entra en el panteón de Goya

Alpresa era un hombre religioso. Generosamente religioso, es decir, que nunca mezcló el agua y el aceite.

Hablando de sufridores y de perdedores de la guerra civil: uno que la perdió y la sufrió en grado sumo acaba de ser rehabilitado con todos los honores gracias al amor persistente y resiliente de su nieta, y gracias también a la Real Academia de San Fernando. Silvia Grossman Alpresa firmó este viernes la donación a la Calcografía Nacional de la obra exlibrística de Frank Alpresa, que entra así en el panteón donde se guardan los célebres grabados de Goya sobre otra guerra, así como los que consagró a la tauromaquia.

Si este país fuese sólo ligeramente más normal, Frank Alpresa no necesitaría presentación. Su obra se la rifarían en Cataluña, a donde llegó de muy joven, procedente de su Sevilla natal, y donde floreció artísticamente a la sombra del pintor noucentista Xavier Nogués. Tanto prometía el joven sevillano, que en los años 20 del siglo XX dio el salto a Nueva York, experiencia que dejaría una huella imborrable en su manera de dibujar y de ilustrar. Incluso en su nombre de guerra: Frank. Luego se le echó encima la Historia, como a tantos artistas de su tiempo que no llevaban boina, sino la cruz de ser espíritus libres en una España desquiciada.

Alpresa era un personaje temerariamente complejo, rico y contradictorio para la época que le tocó vivir. Muy religioso, pero también muy bohemio —incluso algo golfo—, sus ideas izquierdistas y su inclinación a la sátira le llevaron de cabeza a la cárcel. Salió a los tres años para hundirse en la oscuridad. Obligado a malvivir, a malvender su singular talento, ocultándose en las sombras. En la clandestinidad creativa. Su hija, la madre de la nieta que ahora tanto lucha por reivindicarle, fue dada en adopción a una familia más políticamente correcta y sobre todo más pudiente. Sacrificio durísimo que no precisa aclaración.

Para sobrevivir Alpresa hizo un poco de todo. Desde ilustrar los cuentos infantiles de "El Patufet" hasta misales y tarjetas de primera comunión. Todo por encargo. Pero fue en otra tarea en principio también de encargo, los exlibris, donde su talento encontró el mejor respiradero. Donde mantuvo en miniatura, pero viva, la llama más original de su arte.

Es triste paradoja que en bibliotecas de familias "bien" de Barcelona se acumulen cientos de exlibris de Alpresa, y que su nieta Silvia se haya encontrado con cero interés en Cataluña para rendirle homenaje. El reconocimiento le ha tenido que llegar en Madrid. De momento en la Real Academia de San Fernando, quién sabe si pronto en la Biblioteca Nacional. La nieta nada más anhela que ver la obra del abuelo expuesta al público, no sólo guardada en clepsidras reservadas a eruditos. Pero por algo se empieza.

Seguramente no es casualidad que Alpresa haya sido recibido con honores en el panteón donde se guarda, también como en celosa caja fuerte, la obra más perturbadora de Francisco de Goya. A simple vista, los dos hombres parecen no tener nada que ver: risueño y vitalista el uno, sombrío hasta la negrura el otro. Pero las afinidades son potentes. Los grabados de Goya, sobre todo los de los desastres de la guerra de la independencia, sorprenden al ojo moderno por su beligerante vigencia. Son como fotoperiodismo de guerra avant-la-lettre. Son como la avanzadilla del testimonio de Robert Capa de nuestra guerra civil. Esa que nos gusta más invocar que superar.

Los exlibris de Alpresa serían la versión jovial, aparentemente mundana, de eso mismo: un arte en apariencia menor, capturando un espíritu mayor. De los tiempos y de los artistas. En momentos mucho más sacrificados y heroicos que el actual, cuando estar "comprometido" no era postureo, sino que podía significar la diferencia entre la fama y la miseria.

Mención aparte merece la generosidad de la familia Grossman, con Silvia Grossman al timón, ejerciendo una infatigable, desinteresada labor de mecenazgo, que en otros países tendría un pleno apoyo institucional, y aquí sólo es bien acogida en instituciones muy especiales, muy de élite en el buen sentido.

Contexto aparte, los exlibris de Alpresa no son meros exlibris. Son retratos penetrantemente subliminales, son casi radiografías psicológicas, de las personas para los que los creó. Es por ejemplo exquisita su manera de dosificar cierta intención erótica, comedida, elegante; pero punzante. También vuelca un inagotable amor por sus nietos en luminosas composiciones. Así como afila la ironía hacia "clientes" que quizás ni alcanzaron a darse cuenta de cómo les caricaturizaba. Con deliciosa impertinencia que recuerda algunos retratos "de corte" de Goya.

Decíamos que Alpresa era un hombre religioso. Generosamente religioso, es decir, que nunca mezcló el agua y el aceite. Nunca se sintió obligado a ser ateo o anticlerical por haber sido represaliado por un franquismo que pretendía detentar el catolicismo en propiedad. Una fe inefable, contagiosamente alegre y humanista, inunda sus pantocrátors y sus dibujos de tema eclesiástico. Nada de lo tan duramente vivido consiguió amargarle. Ni el olvido. Que al fin se empieza a disipar.

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