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Santiago Navajas

Kirk Douglas, el actor como autor

Defendía que el cine era un arte basado en el entretenimiento, pero se planteó ser algo más que un actor para convertirse en un "auteur" de sus cintas.

Santiago Navajas
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Defendía que el cine era un arte basado en el entretenimiento, pero se planteó ser algo más que un actor para convertirse en un "auteur" de sus cintas.
Kirk Douglas, en 1952 | Cordon Press

Todo lo hacía bien Kirk Douglas. Ya fuera héroe (Espartaco, 1960) o villano (Los vikingos, 1958). Comedia (Herencia de familia, 2003) o drama (El loco del pelo rojo, 1956). Western (Duelo de titanes, 1957) o cine negro (Retorno al pasado, 1947). Ayudó al principio de su carrera a directores emergentes como Stanley Kubrick o a rehabilitar a los que la "caza de brujas" había masacrado como Dalton Trumbo. De orígenes europeos y judíos, Kirk Douglas es un representante del self-made man versión Hollywood. Pero jamás se permitió olvidar sus raíces de inmigrante pobre en un hogar en el que se hablaba yiddish. Cuando ya era una estrella llegaría a enviar una carta al presidente demócrata Jimmy Carter para recordarle que "si Israel pierde una guerra, los israelíes pierden Israel". Su biografía se titula El hijo del trapero: trabajó desde que era un niño para ayudar a alimentar a sus seis hermanas y cuando recibió una beca para la Universidad siguió trabajando para sus gastos, de jardinero a luchador en un circo. Llegó a pasar una noche en la cárcel cuando ya en Nueva York, estudiando arte dramático, no tenía para pagar una habitación de hotel.

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Kirk Douglas y Burt Lancaster

La misma intensidad y "rocosidad" que puso en su vida lo volcó en el cine. Sus interpretaciones están siempre dotadas de la fuerza de su mentón y de la gracia de su hoyuelo en la barbilla. Explosivas, atléticas, robustas… había que tener el carácter de John Wayne, Burt Lancaster o Anthony Quinn para estar a su altura. El duelo de miradas entre Lancaster y Douglas en Siete días de mayo (1964), a ambos lados de la línea de ¡un golpe de estado en los Estados Unidos!, es solo comparable en su ferocidad, aunque de distinto sentido, a los de Bogart y Bacall. Douglas comentaba que para tener éxito en el "negocio" cinematográfico, al fin y al cabo su aproximación era apasionada pero pragmática, había que tener el talento bien fundamentado en la energía.

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Del mismo modo, defendía que el cine era un arte basado en el entretenimiento (más que en el "mensaje"). Pero sobre todo Douglas se planteó ser algo más que un actor para convertirse en un auteur de sus películas. Ello le llevó a grandes aciertos, comofichar a Kubrick para dirigir Senderos de gloria y Espartaco, aunque también a posibles errores como encomendar la dirección a alguien con más ganas que conocimientos como Edward Abbey para rodar su muy personal western Los valientes andan solos (1962).

Su inicio fue fulgurante, con una primera nominación al Oscar (solo llegaría a ganar uno por toda su carrera):en El ídolo de barro (1949) dio figura a un boxeador "más grande que la vida y que la muerte", para lo cual rechazó un papel menos arriesgado por el que hubiese ganado tres veces más dinero.

Un modelo para imitar

Douglas pertenecía a esos actores-imán con una presencia magnética. Pero no sólo eso sino que ejercía un efecto multiplicador sobre los que le rodeaban. A diferencia de otros actores que resultan empáticos y estimulan la solidaridad del espectador, Doulas era más bien carismático, postulando más un modelo para imitar que un patrón con el que identificarte. Como en el caso del periodista más complejo en la más amarga película de Billy Wilder, El gran carnaval (1951), de visión obligada en las Facultades de Ciencias de la Comunicación.

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'El gran carnaval' (Billy Wilder, 1951)

Mis favoritas de Douglas son aquellas en las que interpreta a personajes no precisamente simpáticos ni heroicos. En Retorno al pasado (1947) es un mafioso elegante y sofisticado que envuelve en un asunto de femme fatale al detective interpretado por un majestuoso Robert Mitchum. En El último atardecer (1961) es el pistolero más indeseable posible que huyendo de la justicia se encontrará con unos dilemas trágicos dignos de Esquilo. En Cautivos del mal (1952) es un productor megalomaníaco y dictador mientras que Dos semanas en otra ciudad (1962) es un director cinematográfico en plena crisis existencial. Ambas de Vincent Minnelli que sabía sacar lo excelso interpretativo del siempre perfecto Douglas.

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Pero donde está inconmensurable y sublime es en Un extraño en mi vida (1960), donde unos personajes de clase media alta se deslizan a través de vidas aparentemente perfectas aunque bajo ellos bullen pasiones ardientes como la lava. Douglas es un arquitecto un tanto alienado por una vida pequeño burguesa que choca con sus ambiciones de ser un nuevo Le Corbusier. Pero entonces se cruza en su vida una Helena de Troya algo aburrida en la piel, ¡y qué piel!, de Kim Novak con la que mantienela enésima tópica relación adúltera. Sin embargo, nos enteramos de cómo se afeita el hoyuelo de la barbilla y cómo un "no" puede significar un "sí, por favor, rápido".

De las 50 leyendas más grandes de la pantalla sólo permanecen con vida Sidney Poitier, Sophia Loren y Kirk Douglas. Leyendas como Douglas lo son no sólo porque hayan sido buenos intérpretes o hayan tenido una presencia magnética sino, sobre todo, porque a través de sus personajes nos hemos comprendido mejor. "Siendo" ellos, en los personajes de sus películas, hemos llegados a ser un poco más nosotros, en nuestras propias interpretaciones de la vida.

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