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Santiago Navajas

Kirk Douglas, el esclavo liberado

Douglas fue lo mejor que puede ser un hombre: el heredero de una tradición de la que sentirse orgullo y el creador de un legado que sea reconocido.

Santiago Navajas
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Douglas fue lo mejor que puede ser un hombre: el heredero de una tradición de la que sentirse orgullo y el creador de un legado que sea reconocido.
Kirk Douglas, el último actor de la época dorada de Hollywood

¿Cómo sabemos la verdad que hay en las memorias de una estrella de cine? En la última película de Hirokazu Koreeda, titulada La verdad, Catherine Deneuve es una estrella cinematográfica en el ocaso que publica una autobiografía que excluye, como le recrimina su hija interpretada por Juliette Binoche, casi todo lo real de su vida, para únicamente recordar lo que puede beneficiar a su imagen de actriz en detrimento de su verdad como persona.

Nada de eso ocurre con la autobiografía que escribió Kirk Douglas, titulada El hijo del trapero, en la que la extrema energía que le caracterizó como intérprete se refleja en una serie de peripecias "más grandes que la vida", pero en la que Douglas no tiene reparo en relatar sus momentos más trágicos y, también, más patéticos y ridículos. En especial, en relación con las mujeres, con respecto a las cuales reconoce con una franqueza inusual sus necesidades sexuales y psicológicas más básicas pero no por ello menos auténticas, al tiempo que no le importa retratarse como un Don Juan en ocasiones tan ingenuo como para atravesar el Atlántico para una cita a ciegas con una admiradora poética, para llevarse el chasco de encontrarse que la mujer idealizada como una nueva Cleopatra era, en realidad, vieja, cegata y jorobada.

Además de la energía, los otros rasgos fundamentales en la vida de Douglas que se trasladaron a su carrera dramática eran la autenticidad, la tolerancia y el coraje. Era de los pocos capaces de tratar al mismo tiempo, con respetuosa admiración, al muy derechista John Wayne y al muy izquierdista Dalton Trumbo. Quizás por ello nunca recibió un Oscar en un Hollywood muy radicalizado políticamente, donde no le perdonaban esa altura de miras los más trumpianos y pelosianos de cada facción de entonces. Ahora que está de moda quejarse por la falta de representación de actores y directores negros (en lo que puede haber parte de razón, ¿cómo es posible que no esté ni nominado Jordan Peele por Nosotros?) cabe recordar que a Douglas le robaron el Oscar descaradamente cuando interpretó a Vincent van Gogh en El loco del pelo rojo (Lust for life, Vincente Minnelli, 1956) y tuvo que presenciar impávido cómo se lo daban a Yul Brynner por El rey y yo (Walter Lang, 1956) y a su compañero de reparto, este sí muy justo, Anthony Quinn que encarnaba a Gauguin.

Y es que Douglas fue alguien que –mucho antes de que Cahiers du Cinema pusiese en circulación el concepto de "autor" o, en la actualidad, la emergencia de las series televisivas haya puesto en el candelero la noción de "creador"– tenía el cine en la cabeza desde la producción a la dirección pasando, naturalmente, por la interpretación. Todo ello con una capacidad intelectual en el plano político que sobrepasaba con mucho no solo al habitual hollywoodense medio sino también a los pretendidos intelectuales que pululaban por la academia, en aquella época sesgada al marxismo y el psicoanálisis como hoy a los estudios de género y los culturales. Su visión de la caza de brujas contra los comunistas no la realizó por simpatías hacia los mismos sino por el convencimiento liberal en la pluralidad. Hay que recordar que el problema venía porque los estudios estaban aterrorizados y habían acabado aceptando la Enmienda Waldorf en 1957, comprometiéndose a no contratar a nadie con afinidades comunistas, aunque el comunismo era perfectamente legal en EEUU. Las palabras de Douglas en su autobiografía sobre el clima político de la posguerra sirven para ilustrar cualquier debate sobre polarización, enfrentamiento e intentos de monopolización del discurso democrático:

Opino que dedicamos demasiado tiempo a combatir al comunismo en lugar de combatir para mejorar la democracia (...) Perdemos el rastro de lo que es la verdadera democracia.

Hay un rasgo de Douglas que pasa un tanto desapercibido porque adoptó un nombre comercial más "neutral". Porque Issur Danielovitch, su auténtico nombre, era judío. Y su conciencia hebrea determinó su vida y su carrera en el sentido de que se definía como perteneciente a una "raza de esclavos" que se había autoliberado de la esclavitud egipcia y había sobrevivido a persecuciones, expulsiones y al Holocausto. Su paso por Dachau le llevó a la emoción pero también a la indignación. En pocas líneas sintetizó la negación de la realidad nazi en el pueblo alemán sobre la que teorizaría Hannah Arendt:

Las altas chimeneas debían de haber despedido bastante hedor en las cercanías de la ciudad de Munich. Cuando hablamos de esto con nuestros amigos alemanes, los dos nos miraron con ojos desorbitados, como si no supieran de qué estábamos hablando. ¿Me daban a entender que no tenían conciencia de lo que había ocurrido en Alemania, ni siquiera ahora, tan tardíamente? Sí. Se negaban a reconocer que el holocausto hubiese tenido lugar. ¿Fingían? ¿O en realidad habían cerrado su mente a todo lo ocurrido?

No hay duda de que la conciencia judía fue la que le espoleó para luchar a favor de los más vulnerables, ya fuesen los perseguidos por sus ideas políticas de izquierdas como en la representación cinematográfica de Espartaco (Spartacus, Kubrick, 1960) o el coronel Dax, el oficial francés que se enfrentó a la cúpula militar en Senderos de Gloria (Kubrick, 1957), lo que le llevó a arriesgarse a entrar él mismo en la lista negra macartista y a que le censurasen, como sucedió, en la Francia de De Gaulle.

Un último rasgo a destacar de Douglas que lo hace ser un actor tan querido como respetado fue su sentido del humor y su alegría vital. Su autobiografía terminaba con la humorada de recordar que el hijo del trapero que era finalmente fue conocido por las nuevas generaciones por ser el padre de Michael Douglas. Y esto es lo mejor que puede ser un hombre: el heredero de una tradición de la que sentirse orgullo y el creador de un legado que sea reconocido. Es decir, nunca olvidaremos a Kirk Douglas pero tampoco a Issur Danielovitch.

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