Ha muerto el mejor documentalista del siglo XX, Frederick Wiseman
No fue un activista ni un moralista. Uno de los retratos más implacables y honrados que se hayan hecho de la América del siglo XX y principios del XXI.
Frederick Wiseman (1930-2026), el documentalista más importante de la historia, ha muerto. El hombre que durante más de seis décadas se dedicó a filmar lo que se suponía que era mejor no ver. Decía John Godfrey Saxe que las leyes, como las salchichas, dejan de inspirar respeto a medida que sabes cómo están hechas. Wiseman quiso que supiéramos cómo se hacían las salchichas y, lo que es peor, las leyes. También las escuelas, los mataderos, los laboratorios de experimentación de animales. Nos deja a los 96 años, tras una vida que fue, en sí misma, un larguísimo plano secuencia sin voz en off ni música de acompañamiento.
Su cine no era ni el habitual entretenimiento ni la típica denuncia activista. Era un cine que realizaba la misión ontológica que André Bazin, el gran teórico francés, asignaba como primordial al cinematógrafo: desvelar lo más profundo de la realidad, eso que podríamos llamar "lo real". Lo que tratamos de ocultar con oropeles y adornos. Existe una estructura simbólica que corre en paralelo a la estructura atómica del mundo. Para explorar la segunda tuvimos a Rutherford; para la primera, a Wiseman. A 24 fotogramas por segundo de verdad desnuda, sin anestesia ni eufemismo.
Wiseman entendió desde su ópera prima, Titicut Follies (1967), que el documental no consiste en contar historias ni en ilustrar tesis, sino en colocar la cámara delante de la realidad —que ama ocultarse— hasta que esta se vea obligada a delatarse. No hay narrador que explique, no hay intertítulos que guíen, no hay montaje que dramatice. Solo observación prolongada, obstinada, cruel en su objetividad, aunque no en su neutralidad. A Nabokov le parecía cruel el Quijote porque Cervantes se atrevió a mostrar lo que Nabokov no pudo —o no quiso— en, por ejemplo, Lolita, donde ocultó a su monstruo tras iridiscentes reflejos lingüísticos. Wiseman, como Cervantes, toma partido por aquello que importa. Y en esa objetividad residía la mayor violencia: la de mostrar lo que los poderes fácticos, el sentido común bien educado, el buen gusto institucional y todas las formas de hipocresía social habían tapado tras muros, protocolos y frases hechas.
Wiseman hacía con sus películas lo que ningún profesor decente debería evitar y los colegios, institutos y universidades ocultan sistemáticamente: llevaba a los espectadores, como si fueran escolares obligados a una excursión formativa, a visitar la cárcel (Titicut Follies), el matadero (Meat, 1976), el hospital psiquiátrico, el instituto de secundaria (High School, 1968), la comisaría, el juzgado, el Capitolio, la biblioteca pública, el ballet, el museo, el Congreso, el barrio inmigrante, la universidad (At Berkeley, 2013), la Ópera de París, el Folies Bergère... Lugares donde se ejerce poder, donde se administra la vida y la muerte, donde se decide quién come, quién cura, quién juzga, quién baila y quién calla. Y siempre sin permiso previo, sin guion, sin piedad.
Porque el cine, cuando se hace así, deja de ser un arte decorativo o consolador para convertirse en un modo —el modo más radical— de alcanzar lo real más allá de las apariencias. Wiseman no buscaba la belleza ni la fealdad; buscaba lo que hay cuando se quitan las máscaras. Y lo que hay suele ser tedioso, burocrático, repetitivo, a veces brutal, casi siempre humano en su miseria y en su dignidad. Sus películas duran horas porque la realidad no se condensa en un tráiler. Hay que aguantar el tiempo real de las reuniones interminables, de las conversaciones banales que esconden humillaciones, de los silencios que pesan más que los gritos. Solo así emerge la verdad que el sistema —cualquier sistema— no quiere que se vea: que la civilización es una enorme tapia detrás de la cual se faenan animales, se encierran locos, se educa a los niños en la obediencia, se administra justicia con formularios y se muere con formularios también.
Me cambió la vida
No sé si transformó el mundo, pero al menos a mí me cambió la vida cuando vi Primate, un documental sobre la realidad de los experimentos con animales en laboratorio, sin moralina, sin musiquita sentimental de fondo, únicamente con la realidad en bruto filtrada por la técnica transparente de un montaje que muestra lo que filma sin filtros. Recriminaba Marx a la filosofía que se había dedicado a interpretar el mundo cuando se trataba de transformarlo. Pocos directores se han acercado tanto a esa exigencia como Wiseman.
Decía que sus películas eran como novelas complejas y sutiles. Lo eran, pero sin protagonista ni moraleja. El protagonista era la institución misma, esa entidad abstracta que sin embargo está hecha de cuerpos, voces, gestos, uniformes, papeles y miradas bajas. Wiseman filmaba la institución como quien filma un organismo vivo: con distancia entomológica y, al mismo tiempo, con una empatía que nunca verbalizaba. No juzgaba; exponía. Y en esa exposición sin comentario residía la acusación más feroz.
Ahora que ha muerto, su obra queda como uno de los retratos más implacables y honrados que se hayan hecho de la América del siglo XX y principios del XXI. Pero también de Occidente entero. Porque lo que él mostró en Boston, en Nebraska, en Nueva York o en París es lo mismo que late detrás de cualquier tapia: el esfuerzo constante por ocultar que la vida es frágil, desigual, absurda y, a ratos, insoportable.
Frederick Wiseman no fue un activista ni un moralista. Fue un testigo. Y gracias a él sabemos un poco más lo que somos cuando nadie nos mira. O, mejor dicho, cuando alguien por fin se atreve a mirar sin apartar la vista.
Descanse en paz el hombre que nos obligó, aunque con amabilidad, a mirar.
PD. En Filmin tienen gran parte de su obra.
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