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Carmena y el Día de la Marmota del franquismo

El SUT pretendía que los universitarios conociesen la dureza del trabajo manual.

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El logotipo del Servicio Universitario del Trabajo | Wikipedia

Hace unos días, cuando obtuvo la corona de Miss Italia, la hermosa Alice Sabatini se ganó sus quince minutos de fama al decir que le habría gustado vivir la Segunda Guerra Mundial, porque, después de escuchar los relatos y las anécdotas que le contaba su abuela, concluyó que "fueron años en los que sucedieron cosas terribles, pero hoy todo es tan plano, tan rutinario...".

Yo, que cuando murió Franco hacía poco que se me había revelado la dura realidad de que los Reyes eran los padres, me encuentro en una situación donde se ha cumplido parte del deseo de la mujer más bella de Italia: estoy viviendo el franquismo una y otra vez, gracias a Zapatero, a Cebrián, a Cine de Barrio, al Wyoming, a Cuéntame y a Manuela Carmena.

La vivaracha alcaldesa de Madrid ha regresado a sus años juveniles, los de la España "alegre y faldicorta" que deseaba el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. ¿Forraría doña Manuela sus libros de Formación del Espíritu Nacional con fotos del apuesto y aguerrido marqués de Estella?

Para limpiar la cada día más sucia Madrid (ya lo estaba en los últimos meses de Ana Botella), ha propuesto que los universitarios barran las calles. No ha dejado claro si los comandos-manguera los formarán los estudiantes o los decanos, cosa esta última que no me molestaría. Pero lo sorprendente es que doña Manuela, pese a la vigencia de la Ley de la Memoria Histórica, ha recuperado un invento del régimen franquista: el Servicio Universitario del Trabajo (SUT). Una ideica del jesuita padre José María Llanos, cuando todavía era entusiasta capellán del Frente de Juventudes y consideraba que un comunista era un sindiós al servicio del Mal.

El SUT pretendía que los universitarios conociesen la dureza del trabajo manual y la vida de los obreros, y se rompiesen las barreras que enfrentaban y separaban a las clases sociales. El proyecto de Llanos, amparado por el régimen franquista, comenzó en 1950 con los primeros campos de trabajo en las minas de Rodalquilar (Almería). Antes de que acabasen los años 50, el SUT ya era un organismo público y, claro, presupuesto.

La revista Noticia, editada por la Jefatura Nacional del SEU, alabó el SUT porque pretendía "borrar de la faz de España la figura del estudiante despreocupado y egoísta (…) Codo con codo en el tajo, en la mina, o en el mar, se busca la convivencia con una realidad dura".

Así, los universitarios que lo deseaban pasaban el verano con los pescadores en el Gran Sol, los peones en la saca del corcho, los mineros andaluces de Ríotinto… Y lo hacían en empleos sin cualificación y en las mismas condiciones que los demás trabajadores. También acudían a los poblados chabolistas de Madrid, Barcelona y Bilbao para alfabetizar a sus habitantes o ayudarles en la construcción de mejores viviendas. Al menos el franquismo, infectado por el virus del liberalismo, mantenía el carácter voluntario de esta confraternización, mientras que en la Cuba castrista a la zafra iban, quisieran o no, los universitarios.

Como en el caso de los curas obreros (otra innovación de la época del bienestar que se ha quedado tan vieja como las enaguas), muchos de los estudiantes se convirtieron en activistas antifranquistas y no pocos en comunistas. El SUT, junto con el SECED, el servicio secreto del régimen, contribuyó a nutrir los cuadros del PSOE y del PCE en la Transición.

Con la edad, los rebeldes universitarios se han convertido en burgueses ricos, confirmando el aforismo de Nicolás Gómez Dávila: "la actividad revolucionaria del joven es el rite de passage entre la adolescencia y la burguesía". Y ahora, en la chochez, extinguido el proletariado y apagado el faro de la humanidad progresista, vuelven a sus años mozos.

El culto a la bicicleta (también comenzado en Madrid por Ana Botella), está copiado del intelectual falangista Ernesto Giménez Caballero, que se atribuyó la propuesta de boda entre Hitler y Pilar Primo de Rivera para resucitar el imperio de Carlos I.

Un día escucharemos a doña Manuela tararear Montañas nevadas en un pleno del Ayuntamiento…

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