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¿Nos equivocamos al derrocar a Gadafi?

Hace cinco años empezó en el este de Libia, en Bengasi, una rebelión contra Muamar el Gadafi, que seguía a las ocurridas en Túnez y Egipto.

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Gadafi | Efe

Las tramas en los videojuegos de guerras más populares han pasado de comandos con una misión en una guerra clásica, estilo Ha llegado el águila, a grupos que tratan de sobrevivir en un mundo posapocalíptico, estilo Resident Evil o Walking Dead.

Si Libia fuera un videojuego, ha transitado del Call of Duty 2, desarrollado en la Segunda Guerra Mundial, a The Division, cuyo campo de batalla es una Nueva York arrasada por una plaga. Entre febrero y octubre de 2011, este inmenso y despoblado (seis millones de personas) país se convirtió de la finca del déspota, pero con orden, a una reproducción en escala de una de esas épocas que los historiadores llaman de anarquía militar o de señores de la guerra.

Hace cinco años empezó en el este de Libia, en Bengasi, la segunda ciudad más poblada (650.000 habitantes), una rebelión contra Muamar el Gadafi, que seguía a las ocurridas en Túnez (diciembre de 2010) y Egipto (enero de 2011) contra sus dictadores. Antes de que concluyese 2011, Gadafi había sido derrocado, gracias a la ayuda de la OTAN y de países musulmanes sunitas, y él mismo había muerto.

La corrupción del petróleo entre los libios

El régimen de Gadafi era una de las dictaduras personales más longevas del mundo. Él y otros jóvenes oficiales con un ideario panarabista y socialista dieron un golpe de Estado en 1969 y derrocaron al rey Idriss, instaurado por los británicos. A los 27 años de edad y siendo sólo teniente, se había convertido en jefe de Estado.

El dictador instauró un régimen aparentemente socialista y asambleario en el que se pretendía que la soberanía residía en la Yamahiriya (Estado de las masas). Su ideario lo expuso en el Libro Verde, que alucinó a la izquierda española y se vendía en las librerías progresistas.

El diplomático Javier Villacieros (Tres destinos), que desempeñó la embajada del Reino de España ante la Yamahriya de 1978 a 1981, califica así a Gadafi:

Era sólo un beduino con fina intuición para la preservación de su poder político. De aquí que no aceptase en su entorno más que subordinados principalmente militares, sin más conocimientos que los de una escuela rudimentaria y de una academia militar sin tradición alguna.

Villacieros marchó con las misiones de que Libia no apoyase la autodeterminación de Canarias y averiguar si entrenaba a ETA. Sobre Canarias, dice que los libios "llegaron a adoptar una actitud correcta"; y sobre ETA que en su período no descubrió pruebas de su presencia en Libia.

Como las monarquías del Golfo Pérsico, la Yamahiriya había creado un sistema clientelar y fomentado la vagancia: no se producía nada en el país; los médicos eran húngaros; los maestros egipcios y palestinos; los obreros, sudaneses y filipinos… Para tratarse enfermedades oculares, los jerarcas libios iban a la clínica Barraquer de Barcelona. Había grandes empresas españolas como Ferrovial, Abengoa y Sintel y avispados empresarios.

Gadafi practicó un activismo desenfrenado en política exterior: federaciones con otros países, adiestramiento de grupos terroristas (el IRA, la OLP, el Frente Moro filipino…), apoyo a golpes de Estado, financiación a políticos europeos (Enrique Tierno Galván y Nicolás Sarkozy), atentados terroristas contra Occidente (Lockerbie), compras de armamento que no podía usar (en un desfile, Villacieros vio pasar más de mil tanques soviéticos)…

La única campaña militar convencional en que participó Gadafi fue la guerra civil del Chad entre 1986 y 1987, conocida como la Guerra de los Toyota (no se menciona en la prensa española). Fue una derrota abrumadora; murieron unos 7.500 libios.

Por su apoyo al terrorismo, el Consejo de Seguridad de la ONU impuso en 1992 sanciones a Libia.

Sarkozy, de recibir su dinero a bombardearle

En los años de Villacieros como embajador, a Gadafi, dice, "no se le regateaba la virtud de su sobriedad y a veces de su generosidad"; pero posteriormente él cayó en la megalomanía, mientras su familia y sus adictos se corrompieron de una manera atroz. El ejemplo de la Primavera Árabe (Bengasi está a 600 kilómetros de Egipto y a 1.000 de Trípoli) y el hartazgo con un régimen delirante (muerte a tiros de los camellos porque eran impropios de un país avanzado o prohibición del comercio privado por ser capitalista) que duraba ya 42 años provocaron que miles de personas, la mayoría sin identidad islamista, se echaran a la calle.

Sin blindados ni helicópteros, ni entrenamiento, los rebeldes, limitados a la Cirenaica, no habrían vencido a Gadafi. ¿Cuál fue el punto de inflexión? El 19 de marzo de 2011, Sarkozy ordenó ataques aéreos contra las fuerzas de Gadafi, a los que siguieron los de las aviaciones del Reino Unido y EEUU y, posteriormente, otros países europeos y árabes. Incluso España, gobernada entonces por Rodríguez Zapatero (PSOE), entre cuyo ideario estaba "un ansia infinita de paz", y con Carmen Chacón y el general Julio Rodríguez al mando de las Fuerzas Armadas.

Quien más exigió en la prensa la intervención militar fue Bernard Henri-Levy. El filósofo justificó así al periodista Jon Lee Anderson (Crónicas de un país que ya no existe), que cubrió la guerra civil libia:

Por supuesto eran los derechos humanos, una masacre que debía ser evitada, bla, bla, bla. Pero también quería que vieran que un judío defendía a los libertadores contra una dictadura, mostrarles fraternidad. Quería que los musulmanes vieran que un francés —un occidental y un judío— podía estar a su lado.

Anderson recogió los rumores de la presencia de agentes de la CIA, del SAS británico y de "tropas militares de élite de Qatar que estaban en Bengasi para instruir a los libios en el uso de armas" que se enviaban desde el extranjero.

A partir de la guerra contra Irak en 2003 Gadafi dejó de ser un "perro rabioso" y se trocó en aliado de la OTAN. En septiembre de 2003, el Consejo de Seguridad levantó el embargo y comenzó una carrera de gobernantes democráticos occidentales para obtener contratos para las empresas de sus países.

¿Aceptó Gadafi dejar de financiar a terroristas y desmantelar sus programas de construcción de armas nucleares y químicas para no correr el destino de Sadam Hussein, para poder dejar su reino a sus hijos o para no ser derrocado por los islamistas? Fuesen las razones que fuesen, Gadafi se convirtió en un colaborador en la campaña contra Al-Qaeda y otros movimientos. Anderson asegura que vio en Trípoli cartas cruzadas entre los jefes servicios de espionaje libios y varios directivos de la CIA y el MI6.

Occidente abandonó a un aliado

Cuando Gadafi fue capturado por una banda de rebeldes, con la ayuda de unos cazas de la OTAN, Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado del presidente Obama, celebró con risas su asesinato y con la siguiente frase:

We came, we saw, he died.

Cinco años después de conquistar su libertad, ¿cómo viven los libios? A Anderson, un amigo de una abogada asesinada en junio de 2014 en su casa en Bengasi le dijo:

A veces creo que la cagamos al derrocar a Gadafi: que preferiría vivir bajo el yugo de un dictador y no tener que preocuparme por la seguridad de mi familia.

El Estado dictatorial libio ha sido sustituido por ciudades-Estado en guerra, entre las que se ha colado el ISIS. Y Washington empeora las cosas con sus directrices políticas, en las que considera a la Hermandad Musulmana "como una fuerza moderada".

Las consecuencias de la caída de Gadafi para los europeos son dos:

  • Éste es el mensaje de Occidente a sus aliados: te podemos matar si no eres obediente, y si lo eres, también.

  • Libia se ha convertido en una amenaza para África y Europa, no para Washington

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