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Magallanes y Elcano, hasta el horizonte y más allá

En 1518, hace quinientos años, el navegante portugués Fernando de Magallanes consiguió del rey Carlos I unas capitulaciones generosas, origen de la primera vuelta al mundo.

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El explorador Fernando de Magallanes | Cordon Press

La ‘leyenda negra’ sostiene que los españoles del siglo XVI marcharon a las Indias para saquearlas y enriquecerse. La última manifestación de este tópico, que ha sido aceptado por gran parte de los españoles, sobre todo de los que crean el discurso y la ideología dominantes, es la película Oro, refutada por la profesora María Elvira Roca.

Si esa generación asombrosa de hombres sólo hubiera querido dinero, habría dejado los viajes, las guerras y las penalidades a otros y se hubiera dedicado, por ejemplo, a la piratería, ocupación lucrativa de los franceses, ingleses y holandeses durante casi dos siglos.

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El primer pirata que atacó a las naves que venían del Nuevo Mundo fue el francés Jean Fleury. Conocido en España como Juan Florín, se apoderó en aguas de las Azores de dos de los tres barcos que había mandado Hernán Cortés a España con tesoros del imperio azteca para Carlos I. En 1527 fue capturado por una flota vasca y, mientras se le conducía a la corte, se le ahorcó por orden del rey en Mombeltrán (Toledo).

Sí, desde luego el oro era uno de los impulsos de quienes cruzaban el Atlántico en unas cáscaras de nuez y se enfrentaban a enfermedades y peligros sin cuento. Pero también lo eran la honra, el servicio al rey y la difusión del cristianismo.

No se entiende a esos hombres -y mujeres- si nos situamos en una época en que el mundo crecía como si de pronto en una habitación cerrada se derrumbasen los muros; en que de los barcos que atracaban en Lisboa o Andalucía salían sacos de joyas, animales exóticos y hasta hombres de aspecto nunca visto; en que la cruz se había colocado en Granada; en que el ingenio se expresaba en nuevas formas poéticas y arquitectónicas y en inventos como la imprenta.

Un soñador frente a un joven rey

El borgoñón Carlos de Habsburgo llegó a España en septiembre de 1517. Después de esquivar al cardenal Cisneros (que falleció en noviembre), y de visitar a su madre, la reina Juana, en Tordesillas, se instaló en Valladolid.

En la nueva corte, una de sus primeras decisiones fue conceder una audiencia al navegante portugués Fernando de Magallanes, para que le expusiera su plan de alcanzar las Molucas, las islas de las especias, a través de un viaje al oeste, es decir, buscando al sur del continente americano un paso al Mar del Sur. Éste era el nombre que se daba al Pacífico desde que lo avistara Vasco Núñez de Balboa en 1513; pero se cambiaría precisamente después de esa expedición.

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Magallanes nació en torno a 1480 y se le introdujo en la corte portuguesa como paje de la reina Leonor, esposa de Juan II. Allí conoció las epopeyas portuguesas y luego castellanas en los mares. En 1505 se unió a la flota de Francisco de Almeida, nombrado por Manuel I virrey de la India, y comenzó su vida de navegaciones, en las que ganó experiencia y honores. No sólo costeó África y recorrió el Índico, sino que además participó en 1512 en una campaña contra el emirato de Azamor, dependiente del reino de Fez y tributario de Portugal. En una batalla quedó cojo por un lanzazo.

En 1514, sus enemigos lograron que fuera destituido de sus cargos, enviado a Portugal y sometido a juicio. Y aunque se le absolvió, el rey Manuel no le compensó como Magallanes creía que merecía.

El navegante, que no tenía un carácter fácil, renunció públicamente a su obediencia al rey Manuel (hoy diríamos a su nacionalidad) y marchó a Sevilla, sede de la Real Casa de Contratación de Indias y puerto obligatorio para el comercio trasatlántico desde 1503, para buscar apoyo a su viaje. En la ciudad andaluza casó Beatriz Barbosa, de buena familia.

Sus gestiones se conocieron en Lisboa y los portugueses incluso pensaron en asesinar a Magallanes, por lo que el obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca, vicepresidente del Consejo de Indias, le puso escoltas.

Y por fin el rey le recibió.

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Felipe IV en Valladolid en la conmemoración del 500º aniversario de las capitulaciones

El 22 de marzo de 1518, Carlos I firmó con Magallanes unas capitulaciones generosas. Mandaría cinco naves con destino a las Molucas; no penetraría en la zona asignada a Portugal en el tratado de Tordesillas (1494); recibía los títulos de capitán general de la expedición, aunque debía conferencias con los demás capitanes, adelantado y gobernador de las tierras que descubriera; sería el único que recibiría de la Corona derecho a realizar más navegaciones en los diez años siguientes; obtenía la vigésima parte de los beneficios; y si encontraba más de seis islas sería señor de dos de ellas bajo la soberanía del rey de España.

El historiador Manuel de la Puente y Olea sostiene que Fernando el Católico, más desconfiado y prudente que el joven Carlos, no habría firmado unas condiciones tan generosas y ambiguas.

Mejores naves que las que tuvo Colón

Sin embargo, Magallanes aún tardó en zarpar más de un año. Los preparativos comenzaron en septiembre y Magallanes recibió en ese mes dos alegrías: el rey le concedió el título de caballero de la Orden de Santiago y nació su hijo Rodrigo. Cinco fueron las naos: la San Antonio (la mayor, de 120 toneladas), la Trinidad, la Concepción, la Victoria y la Santiago (la más pequeña, de 75 toneladas). La tripulación reunió a 240 hombres, entre los que había, junto a 150 españoles, una treintena de portugueses, 25 italianos (como el piloto Antonio Pigafetta, autor de la crónica del viaje), siete griegos, tres alemanes, cinco flamencos, siete griegos, dos irlandeses, un inglés y, a pesar de las malas relaciones de Carlos I con Francisco I, unos 25 franceses. La expedición, cuyo coste se calcula en unos ocho millones de maravedíes, comenzó el 20 de septiembre de 1519 en Sanlúcar de Barrameda.

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Ruta de Magallanes

Como escribe el historiador José Luis Comellas (La primera vuelta al mundo), Cristóbal Colón "hubiera envidiado" las naves de Magallanes. La nao Santa María, el buque más grande de los tres con que zarpó de Palos en 1492, era menor que la Santiago.

Magallanes no completaría el viaje. Murió el 27 de abril de 1521 en la isla de Cebú (Filipinas) en un combate con nativos. La gloria de la primera circunnavegación del mundo correspondería a Juan Sebastián Elcano y a otros 17 hombres; pero sin él, semejante proeza no habría sido posible.

Después de regresar a España en 1522, Elcano recibió de Carlos, ya emperador, una renta anual de 500 ducados en oro y un escudo de armas adornado con una esfera del mundo y el lema Primus circumdedisti me.

Que estos titanes no buscaban sólo el dinero lo confirma el destino posterior de Elcano. En su relato al monarca, dice "sufrimos todo lo que puede padecer un hombre". Incluso así, el marino vasco, con casi cincuenta años de edad (nació en Guetaria en 1476), se incorporó a la segunda expedición a las Molucas, que zarpó de La Coruña en julio de 1524 y en ella murió de escorbuto en agosto de 1526.

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