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Navidades vascas

El 'olentzero', ¿es el hombre bueno que trae los regalos navideños a los niños vascos o una criatura de dientes afilados y ojos colorados?

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Olentzero en Baracaldo | Wikipedia

Nacido en las Siete Calles, casado en Begoña, socio del Athletic y fiel asistente a la sociedad gastronómica donde los conmilitones descansaban cada viernes de sus santas, don Blas era, sin duda, uno de esos afortunados que pueden presumir de ser del mismo Bilbao.

Habría podido vivir sin madrugar sólo con las acciones de algunas minas y navieras que había heredado de su padre. Pero, hombre laborioso, don Blas dedicó los mejores años de su vida a la gerencia de La Cruz del Gorbea, la gaseosa deliciosamente aromatizada con los limones salvajes de Marquina, favorita en los batzokis.

Su padre tuvo trato con Sabino Arana, a quien idolatró más allá de los límites de la decencia, pues, carlista renegado como él, no le costó trabajo comprender que lo que impedía a los vascos construir el Cielo en la Tierra era esa España de la que sólo llegaban males. Por eso, junto a las acciones, legó al joven Blas la colección completa del Bizkaitarra, ricamente encuadernada en rojo y verde, y un pañuelo usado que, por haber pertenecido al maestro Sabino, había conservado como uno de los bienes más preciados que un hombre puede poseer.

La militancia nacionalista de don Blas le llevaría a ejercer un alto cargo en el Gobierno de su compañero de Adoración Nocturna José Antonio Aguirre, el futbolista. Pero la cosa no acabó del todo bien, pues los italianos le echaron el guante, como a tantos otros, en Santoña, mientras Napoleontxu ponía pies en polvorosa. Le cayó la condena habitual de veinte años a la sombra, pero pocos meses después fue indultado y pasó el resto de su vida trabajando tranquilo y lamentando en silencio la ocasión perdida para conseguir la independencia de su patria mártir.

Cuando dio con sus huesos en chirona, ya llevaba bastantes años casado con Josefina, vecina de uno de esos pueblos navarros que miran a Francia desde las orillas del Bidasoa. Aunque vascohablante de cuna, Josefina nunca comprendió las cosas tan raras que su marido, bilbainito fino de cuyos labios nunca salió el menor agur, le contaba sobre la patria de los vascos. Tuvieron una hija, Ángeles, a la que don Blas adoró sin medida y para la que, cada seis de enero, colocaba junto al belén figuritas que él mismo tallaba en los ratos que le dejaba libres la gaseosa.

El peso del hogar recayó, naturalmente, en doña Josefina, que enseñó a su niña las primeras letras, algunas canciones en vascuence y, sobre todo, buenos modales a la usanza de su valle. Pues, cuando le entraba una rabieta o se negaba a terminar las lentejas, el índice materno se alzaba imperioso para recordarle que o se corregía o llamaba inmediatamente al olentzero, criatura de dientes afilados y ojos colorados, para que se la llevara en su zurrón a sacarle las mantecas o ahogarla en el mar. Mano de santo, el olentzero: en cuanto sonaba su nombre, los gritos cesaban y las lentejas desaparecían del plato.

–¿Qué es eso del olentzero que le dices a la niña, Josefina? –le preguntó una vez su peneuvista marido sin levantar la vista del periódico.
–Nada, cosas de mi pueblo. Aquí, en la ciudad, no las tenéis.

De las largas conversaciones con su padre, Ángeles heredó el rencor hacia los vencedores, rencor que rumió entre las paredes de su casa, puesto que durante cuatro largas décadas no estuvo de moda contarlo en público.

Con el paso de los años cazó marido donostiarra, con el que pasó toda su vida en San Sebastián. Tuvieron un hijo un poco raro. Javier lo bautizaron, por la provincia de la abuela Josefina. Estudiaba mucho, sí, pero leía más de la cuenta. Y guardaba largos silencios. A su padre, que era más listo de lo que parecía, no le preocupaba, pero su madre hubiera preferido que dedicara más tiempo a salir con los amigos y bailar en los guateques.

A Javier también le tocó sufrir el terror al olentzero, pues a través de su madre le llegaron tanto las historias políticas del abuelito Blas como las maniobras de la abuelita Josefina para que rebañase el plato. Y debió de ser a menudo, puesto que nunca pudo soportar la sopa de fideos que su madre se empeñaba en hacerle para, como decía ella, entonar el estómago.

Al cumplir cinco años ingresó en la ikastola, donde le enseñaron las primeras palabras en batúa y las primeras historias sobre personas, lugares y cosas de su tierra. Cuando llegó la Navidad, se encontró en el aula con un muñeco gordinflón que había fabricado la profesora con ropas viejas rellenas de paja.

–Mirad, éste es el olentzero, el carbonero que trae regalos en Nochebuena a los niños vascos.
–¿El olentzero? –exclamó horripilado Javier. –¡Pero si ése es el hombre del saco que se lleva a los niños malos!
–¿El hombre del saco? ¿Y quién te ha contado a ti eso?
–Mi amatxo.
–Pues dile a tu amatxo que está equivocada, que el olentzero es el hombre bueno que trae los regalos navideños a los niños de Euskadi.

A Javier no le gustó ni un pelo la noticia, pues de ella dedujo que por lo menos una de las dos mujeres de su vida le estaba engañando.

–Dile a tu profesora que no diga tonterías, que el olentzero se lleva a los niños malos y que quienes traen los regalos a los niños buenos son Melchor, Gaspar y Baltasar, como tú sabes muy bien porque cada Navidad te dejan los regalos junto al belén.
–Pero…
–Además, ¿tú quién crees que te traerá mejores regalos? ¿Los Reyes, con todo lo ricos que son, con sus joyas, sus coronas, sus camellos y sus pajes, o un gordo guarro bajado del bosque?

Pasados los tiernos años de reafirmación monárquica, doña Ángeles le contaba cosas de la guerra, la prisión del abuelo Blas y otras historias que solían acabar en insultos a Franco. Su padre, hombre de pocas palabras, sabía por experiencia que era mejor no meterse en esas conversaciones, pero cuando se quedaba a solas con Javier le decía guiñándole un ojo:

–No hagas demasiado caso de esas cosas de tu madre. No suelen ser más que bobadas que repite por costumbre.

Merendando una tarde, ya quinceañero, su madre volvió a maldecir a Franco, ante lo que Javier comentó sin dejar de mojar sus galletas:

–Pues yo creo, mamá, que Franco debió de ser un buen tipo.
–¿Cómo dices? –reaccionó ella en cuanto el asombro le permitió mover los labios.
–Por ejemplo, dejó libre al abuelo pudiendo haberle fusilado.

Varias semanas tardó la madre en volver a dirigir la palabra al hijo, pero en aquel momento se desveló una rebeldía que no haría sino aumentar con el paso de los años.

Y con el paso de esos años le tocó a Javier el turno de ser padre. Casado con una compañera de facultad, en cuanto nació la pequeña María comenzaron a reflexionar sobre lo que harían cuando llegase el momento de llevarla al colegio. Pues, no siendo funcionario ninguno de los dos, tenían muy claro que lo que tenía que aprender la niña era el español y el inglés. Y, por estar a tiro de piedra de Francia, quizá el francés. Pero, salvo que ya de mayorcita tuviera especial interés en ello, nada de hacerle perder el tiempo con una lengua que no habría de necesitar nunca. Y si a eso le sumaban el adoctrinamiento que ellos conocían tan bien y el miedo que conocían mejor, la decisión fue dura pero clara: abandonarían su tierra y se afincarían en la vecina Castilla, donde serían libres y ahorrarían molestias a su hija.

Buen vástago de su madre y buen vasco amante de sus tradiciones, Javier pasó la antorcha del olentzero a la siguiente generación. Y la pequeñuela demostró ser especialmente sensible a las amenazas, porque eso de que viniese un señor muy feo a llevársela en un saco no le gustaba nada.

Y llegó otra Navidad. Y los guipuzcoanos exiliados fueron a pasar unos días con unos tíos a su precioso caserío del Goyerri, rodeado de robles y manzanos. Los primitos estaban encantados con la primita María –Mirentxu, decían ellos–, así que le enseñaron todos los rincones, tanto los conocidos como los secretos, del caserío y el jardín.

–¡Qué bien, Mirentxu, que mañana viene el olentzero! ¿Verdad? Ven, vamos a poner un calcetín en la puerta de tu habitación para que sepa dónde duermes –propuso el tío Eneko.
–¡Mira qué monada, cómo tiembla de emoción! –dijo la tía Nekane.
–Pero… pero Mirentxu… ¿Dónde vas, Mirentxu? ¡Vuelveeeeeee, Mirentxuuuuuuuuuuuuuu…!

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