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Jesús Laínz

De museos y saqueos

Si el ministro Urtasun lograra recuperar tan valioso patrimonio español pasaría a la historia como un distinguido benefactor de la patria. No sé si le interesará.

Si el ministro Urtasun lograra recuperar tan valioso patrimonio español pasaría a la historia como un distinguido benefactor de la patria. No sé si le interesará.
El portavoz de Sumar, Ernest Urtasun, ofrece una rueda de prensa en el Espacio Rastro en Madrid este lunes. EFE/ Borja Sánchez-Trillo | EFE

Hablábamos la semana pasada del proyecto descolonizador de los museos anunciado por el nuevo ministro de Cultura, otro elemento, junto al adoctrinamiento analfabetizador de universitarios, del proyecto de reescritura de la historia para que encaje en el evangelio progre. Pieza esencial de esta reescritura museística, tanto en España como en el resto de Europa, es la devolución de lo saqueado en siglos pasados. Pero aunque no todas las piezas foráneas que se encuentran en los museos del mundo fueron saqueadas, centrémonos brevemente en el saqueo. Y con España como protagonista, claro.

Porque cuando los soldados napoleónicos cruzaron los Pirineos para regalar a los españoles el progreso a cañonazos, no tardaron en demostrar que uno de sus objetivos, y no de los menos importantes, fue enriquecerse a costa de todo lo que pudieran encontrar, desde el dinero de los vivos y los ajuares de los muertos hasta las incomensurables riquezas artísticas acumuladas durante siglos en casas, palacios, iglesias y monasterios.

Uno de los primeros episodios, y de graves consecuencias, fue el saqueo de Córdoba por las tropas del general Dupont en junio de 1808. Porque una de las causas de su derrota en Bailén pocas semanas después fue la lentitud de maniobra de su ejército, entorpecido por los carros en los que acumulaba el botín cordobés. En meses posteriores Andalucía volvería a ser saqueada, esta vez con el mariscal Soult como principal responsable. De sus actividades predatorias en Sevilla deriva la presencia de tantas pinturas españolas en el museo del Louvre.

Pero el caso más grave de todos fue el del monasterio del Escorial, depósito de innumerables obras de arte y de una de la mayores bibliotecas del mundo. Tras el asesinato de la mayoría de los monjes, algunos de ellos enterrados vivos, comenzó un desvalijamiento que duró meses. Miles de cuadros, esculturas, objetos preciosos, oro, plata, joyas, libros, mapas y dibujos científicos de la biblioteca llenaron cientos de carros en dirección a los almacenes de las autoridades francesas.

Pero no todo fue avaricia: Frédéric Quilliet, inspector artístico de José Bonaparte, sugirió que las estatuas de Carlos I y Felipe II "por política, deben desaparecer"; y consideró que aquel monasterio, erigido para conmemorar la victoria sobre el ejército francés en San Quintín, debía ser destruido. La derrota final de las armas francesas lo impidió, pero se comenzó por lanzar cohetes para tiznar los frescos sobre dicha batalla. La historia que no encaja en los designios de los gobernantes hay que borrarla. La memoria histórica del PSOE, con dos siglos de antelación.

Llegó 1813 y la huida precipitada de los franceses. José Bonaparte y sus cortesanos salieron de Madrid al frente de un inmenso convoy de aproximadamente mil quinientos carros con una cantidad asombrosa de tesoros acumulados durante su agitado reinado de cuatro años: el que ha pasado a la historia como el equipaje del rey José, que, entre otras muchas joyas artísticas, acumulaba cientos de cuadros de Velázquez, Murillo, Zurbarán, Cano, Coello, Ribera, Mengs, Correggio, Giordano, Tiziano, Rafael, Van Dyck, Brueghel, Rubens... frutos del expolio de iglesias, monasterios y palacios como el de la Granja, el del Buen Retiro, el Real, el Escorial, la Casita del Príncipe o el de Aranjuez. Cuando ya se encontraban cerca de la frontera, su derrota en la batalla de Vitoria obligó a los franceses a abandonarlo todo para poder salvar la vida.

Pero los soldados ingleses y portugueses se lanzaron sobre tan inesperadas riquezas, lo que les impidió dar el golpe de gracia a los franceses en fuga. Como reconoció el propio Wellington, sus soldados, "en vez de emplear la noche en el reposo y el alimento, y en prepararse para la persecución del día siguiente, la dedicaron al pillaje, con la consecuencia de que no fueron capaces de perseguir al enemigo y aniquilarlo completamente". Paradójicamente, cuando tuvo noticia de que sus soldados se habían apoderado de la Caja del Ejército y se estaban llenando los bolsillos de monedas hasta impedirles andar, ordenó: "Dejadlos, que se merecen cuanto puedan encontrar, aun cuando fuese diez veces más". El propio Wellington calculó que se habrían apoderado de la fabulosa cantidad de un millón de libras esterlinas. No contentos con ello, ingleses y portugueses saquearon todas las aldeas de los alrededores de Vitoria. Y para redondear la jornada, algunos vitorianos sin escrúpulos también hicieron su agosto en aquel campo de batalla sembrado de tesoros.

Pero todavía faltaba la traca final: el saqueo y destrucción de San Sebastián, última plaza que abandonaron las tropas napoleónicas en su repliegue hacia Francia. Porque tras la salida de los franceses, honrados y respetados por los anglolusos, ondeando las banderas y conservando los oficiales sus espadas, los soldados aliados de España se dedicaron a emborracharse, robar, asesinar y violar a las mujeres. La ciudad quedó arrasada y tuvo que ser construida de nuevo.

Regresando al equipaje del rey José, la parte más sustanciosa, formada por las más valiosas pinturas, se la quedó Wellington, que la envió apresurada y sigilosamente a Londres a nombre de su hermano. Pasados dos años sin que desde Madrid le llegara reclamación alguna, el general inglés, asombrado y quizá con algún escrúpulo de conciencia, comunicó a las autoridades españolas que le indicaran cuáles de los cuadros en su posesión pertenecían al rey, para devolverlos. Pero como en aquellos momentos Fernando VII estaba interesado en halagarle para que presionara en el Congreso de Viena a favor de la adjudicación del reino de Etruria a su hermana, la infanta María Luisa, el monarca le respondió que "conmovido por su delicadeza, no deseo privar a usted de lo que ha venido a su posesión por medios tan justos como honorables".

Con aquel tesoro artístico vistió el vencedor de Vitoria y Waterloo las paredes de sus palacios Apsley House y Stratfield Saye House, tesoro que, un siglo más tarde, su heredero el VII duque de Wellington donó al Estado y con el que se creó el Museo Wellington de Londres.

Si el ministro Urtasun, tan interesado en corregir injusticias museísticas, lograra recuperar tan valioso patrimonio español, pasaría a la historia como un distinguido benefactor de la patria. No sé si le interesará.

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