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Agapito Maestre

España manipulada

Ineludible es la obra de Marcelino Menéndez Pelayo para quien desee acercarse a la historia de España.

Agapito Maestre
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Ineludible es la obra de Marcelino Menéndez Pelayo para quien desee acercarse a la historia de España.
Wikipedia

Imposible es saber algo de historia de la literatura, de la filosofía, en fin, de la cultura española sin la lectura detenida de la obra de Marcelino Menéndez Pelayo. Varias veces ha sido citado en esta páginas y otras muchas tendremos que recurrir a su inmensa sabiduría y sensibilidad para saber qué es España como nación. Uno de nuestros grandes dramas culturales ha sido romper con sus principales aportaciones. Esa ruptura aún seguimos pagándola. Quizá la factura más gravosa que tuvimos que abonar fue la del año 36 o quizá antes, acaso su comienzo hubiera que fijarlo en el año1931, con la llegada de la Segunda República. Ahí estuvo el comienzo de una de las grandes tragedias de España que se consumó entre el 36 y el 39. Tengo la sensación de que el corte intelectual, literario y filosófico con Menéndez Pelayo provocado por la Generación del 98 y, sobre todo, por la Generación del 14, la capitaneada por Ortega y Gasset, ha dado lugar a los mayores descarríos y tumbos intelectuales y políticos de España.

Después de la Guerra Civil, fueron muchos autores los que percibieron esa ruptura y trataron de soldarla con la reivindicación de su obra y también de su figura civil. Los intelectuales españoles del exilio del 39 [1] fueron los primeros en tratar de rescatarlo del descrédito, o peor, del silencio al que había sido sometido desde 1912, fecha de su muerte, hasta 1938, cuando comenzó su manipulación por parte de los que se veían ya como vencedores de la guerra del 36. Gaos, Imaz, Altamira, Castro, Zambrano, Buñuel, Díez-Canedo, Guillermo de Torre, Araquistáin, entre otros muchos exiliados, son algunos de los nombres que sacaron del silencio a Menéndez Pelayo.

Valga la siguiente cita del hijo de quien fuera su coetáneo y tan opuesto en su concepción del mundo, Francisco Giner de los Ríos jr., para hacernos cargo del prestigio de don Marcelino entre los exiliados de la Guerra Civil:

"Español por los cuatro costados, Menéndez y Pelayo había de ser banderizo necesariamente, y su catolicismo recalcitrante, pese a la libertad artística y pensadora, que comportaba en él su calidad extraordinaria de humanista, hubo de ofrecernos una visión parcial de la cultura española, visión negadora y negativa precisamente de aquellos fermentos a que antes se aludía. Pero basta con leerle, con sentir su aliento vivificador de aquello a que estaba enfrentado, para comprender todo ese ángulo importantísimo de la cultura hispánica que el mismo trataba quizá de borrar. Y es que de rondón -y a veces sin necesidad de ello-, por descuido liberal, por objetividad humana y triunfante, por urgencias de discusión, se le entraban a Menéndez Pelayo aires de fronda. Y en su misma negación constante de ellos se venía hacia nosotros, con mejor comprensión del desarrollo de nuestra historia. En Los heterodoxos, tan banderizos; en su Ciencia española, tan generosa, por necesidades dialécticas y generosas también, con lo que en la obra anterior era condenable, está hecha, con magnífico trazo precursor, esa historia por hacer…"

Si el exilio trató y rescató con cariño la obra de Menéndez Pelayo, entonces fue la utilización que de él hicieron en la Guerra Civil y en la postguerra los franquistas su peor enemigo. Todavía hoy, repárese en algunos comentarios de los populistas y comunistas durante el último debate de investidura, se oyen reproches contra un hombre que había muerto en 1912, pero se le involucra en la Guerra Civil española. De ahí proceden, por desgracia, todos los recelos, prejuicios y estereotipos que se utilizan contra Menéndez Pelayo. Los franquistas utilizaron tanto su figura que pasó de ser el intelectual de la Restauración monárquica a ser el gran inspirador del nacionalcatolicismo del Movimiento Nacional. El primer responsable de esa felonía fue Pedro Sainz Rodríguez, ministro de Franco para la educación nacional, quien durante la Guerra Civil planificó la publicación de las obras completas de Menéndez Pelayo, pero luego, cuando rompió con Franco y se exilio en Portugal, no tuvo la gallardía y la inteligencia de enfrentarse a esa manipulación. Se quejó mucho sobre esa manipulación, pero nunca aclaró cómo podía ser abordada y superada.

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También el libro que dedicó Laín Entralgo a Menéndez Pelayo [2] , en 1943, continuación del que un año antes había dedicado a Por una cultura española, intentaba hallar los fundamentos de la política cultural del Franquismo, algo casi imposible, entre otras razones, porque Menéndez Pelayo había abandonado, o mejor dicho, superado sus posiciones políticas de corte dogmático de su primera época para instalarse en un discurso liberal abierto y generoso como es el que se refleja en su Historia de las ideas estéticas y, sobre todo, en su visión de la obra de Galdós [3]. La operación que intentó Laín con Menéndez Pelayo fue un auténtico fiasco intelectual, histórico y político. Quizá ahí encontremos el fundamento de las cien rectificaciones que tuvo que hacer Laín en torno a su obra.

El nuevo régimen de Franco tenía que inventarse una nueva política cultural y Laín tomó a Menéndez Pelayo como autor de referencia. El oportunismo del falangista no podía hallar mejor figura que la de Menéndez Pelayo para oponerla a la otra España, a la de los descendientes de la de Giner de los Ríos. Aunque se reconociera de boquilla la evolución del pensamiento de Menéndez Pelayo, era necesario plantear su obra como un todo en que poco importaba la evolución ideológica. "Lo verdaderamente importante", decía Laín, "de Menéndez Pelayo no debe buscarse en el detalle de su investigación, con ser ésta tan frondosa, sino en su inédita actitud ante la Historia, ante España y ante la cultura moderna" [4]. Solo le faltó decir que lo decisivo era su "catolicismo a macha martillo". En verdad, a Laín poco le importaba Menéndez Pelayo, creador de la conciencia nacional, sino esbozar una política cultural del régimen de los vencedores de la Guerra Civil. Le costó reconocer, como decía su discípulo Carlos Seco Serrano,

"que, en esa evolución de Menéndez Pelayo, el gran sabio y maestro se identificaba con la templanza que inspiró el auténtico liberalismo encarnado por la Restauración: la Restauración que había empezado por rechazar las exigencias e imposiciones de la llamada Unión católica y las pretensiones reaccionarias de los antiguos moderados (…). Don Marcelino y don Antonio coincidieron en un mismo talante abierto: fueron excelentes amigos, y sería Cánovas quien llevase a Menéndez Pelayo a la Real Academia de la Historia. En el seno de la ilustre Corporación, y en el plano de una misma vocación integradora, don Marcelino acabaría reflejando, como contrapartida de su inicial orientación integrista, los mismos ideales de paz generosa y civilista que habían informado la Restauración: esto es, el eclecticismo basado en una cristiana actitud de transacción y de consenso civilizado con los discrepantes." [5]

Sin embargo, esa vocación integradora de Menéndez Pelayo, que dio al traste con su primera orientación integrista, fue ocultada por quienes le manipularon, entre otros motivos, porque, cuando dejaron de ser franquistas, le seguían achacando al maestro que inspirase al nacionalcatolicismo. Los Laín, Ridruejo y Aranguren no sólo manipularon a Menéndez Pelayo sino que lo utilizaron como coartada de su propia evolución. No quisieron mostrar que Menéndez Pelayo era la figura capital para dar paso a un cambio del sistema político, sin duda alguna, más democrático. Desde este punto de vista, la lectura que hizo Calvo Serer [6] de Menéndez Pelayo como la gran figura de la Restauración monárquica no sólo era más honesta sino más coherente con el pensamiento del maestro santanderino.

Que Menéndez Pelayo, genio entre los genios, para saber qué es España como nación, sea aún un autor "sospechoso", e incluso una figura inoportuna y hasta molesta para la inteligencia española, no se debe a su liberalismo ni a su compromiso intelectual y político con la Restauración monárquica ni a su relación con algún partido político de corte católico, sino a esos franquistas que lo utilizaron no sólo como aval de su política cultural, sino también para tapar su evolución hacia posiciones "progresistas" y, por supuesto, de marcado carácter socialista. Sí, Laín y Aranguren, por citar solo dos ejemplos, son figuras relevantes de esa ocultación del liberalismo de Menéndez Pelayo. No podían aceptar realmente que hubiera dos Menéndez Pelayo sucesivos en el tiempo. No estaban dispuestos a pensar que uno de los grandes intelectuales de la historia de España pidiera disculpas, en su tercera edición de La Ciencia Española, por los errores de su juventud. He aquí uno de los textos más importantes sobre la responsabilidad moral de un intelectual en la historia de España:

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"En descargo de mi conciencia , no de escritor, sino de cristiano y de hombre, debo dar alguna explicación sobre las personalidades, actitudes y virulencias que en estas cartas (La Ciencia Española) hay y que de buen grado habría yo suprimido si para hacer eso no hubiese sido preciso destruir enteramente el libro y escribir otro nuevo. He vuelto a leer estas cartas diez años después de publicadas, con la frialdad de quien lee cosa ajena, y no he encontrado en ellas verdadera injuria personal, ni expresión alguna que pueda desdorar el crédito moral de ninguno de mis adversarios. En esta parte estoy tranquilo, y sí añado que ellos se mostraron en la polémica tan duros y violentos como yo; que por añadidura escribí estas cartas a los veintiún años, sin conocer el mundo y de los hombres más que lo que dicen los libros, creo que ni aún los más severos han de negarme su indulgencia. Pero es tal mi respeto a la dignidad ajena, me inspira tanta repugnancia lo que tiende a zaherir, a mortificar, a atribular el alma humana hecha a semejanza de Dios y rescatada por el precio inestimable de la sangre de su Hijo, que aún la misma censura literaria, cuando es descocada y brutal, cínica y grosera, me parece un crimen de lesa humanidad, indigno de quien se precie del título de hombre civilizado y del augusto nombre de cristiano… Yo peleaba por una una idea, jamás he peleado contra una persona. No he ofendido a nadie a sabiendas, a nadie" [7]

En fin, la figura civil de MMP sigue marcada por la Guerra Civil española. Los vencedores se apropiaron de su legado para legitimar su política cultural a partir de 1938. Los vencidos lo rescataron en el exilio con mirada limpia. A pesar de todo, quizá sea innegable la voluntad de integración nacional de algunos intelectuales vencedores de la Guerra Civil, como es el caso de Laín Entralgo en particular y de la Generación del 36. Si así fuera, creo que su fracaso debería explicarse por su falta de talento e inteligencia política para llevar la cacareada voluntad de integración de todos los españoles en el régimen de Franco. Quizá el diagnóstico cultural de los males de la patria no estaba suficientemente fundamentado para llevar a cabo un tratamiento, una terapia curativa, capaz de incluir a todos los ciudadanos en una Nación diversa y plural. Se hablaba, sí, de "unidad nacional", pero esta expresión caía, seguramente, era una retórica vacía porque se hacia coincidir a la Nación con el Estado. Ahora ya no olvidaban a Menéndez Pelayo sino a Ortega… El autoritarismo de orden estatalista instalado por el régimen político franquista impedía un desarrollo genuino de la nación. Esa pretensión de empezar de cero, esa manía de ensalzar un Nuevo Comienzo, un nuevo amanecer, para España, prescindiendo de etapas clave de nuestra historia era un gravísimo inconveniente para hablar de una nación unida. Pero de eso escribiremos en otra entrega.

[1] Cfr. MAESTRE, A.: Meditaciones de Hispano-América. Ed. Tecnos, Madrid, 2001. Cito por la segunda edición de este libro, revisada y ampliada, en la Ed. Escolar y Mayo, Madrid, 2010, págs. 78 y ss.

[2] Recogido hoy en LAÍN ENTRALGO, P: España como problema. Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores. Barcelona, 2005.

[3] MENÉNDEZ PELAYO, M.: Obras Completas, tomo X, págs. 81-108; Crítica histórica y literaria, tomo V. Este último ensayo es, en mi opinión, imprescindible hoy, en el centenario de la muerte de Galdós, para festejar y recordar la obra del mejor novelista español del siglo XIX y XX.

[4] LAÍN ENTRALGO, P.: Marcelino Menéndez Pelayo. Editoria Nacional, Madrid, 1943.

[5] Carlos Seco Serrano: " Introducción" a España como problema, op. cit. pág. 9.

[6] CALVO SERER, R. : La significación cultural de Menéndez Pelayo y la Historia de su fama. Arbor, 72 (1951).

[7] MENÉNDEZ PELAYO, M: Obras Completas, tomo VIII, págs. 385-386. Crítica histórica y literaria, tomo III, 28 de abril de 1887, en la tercera edición de La ciencia española.

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