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El Folklore español de la muerte, "cuando al enfermo se le enfría el cielo de la boca" o "ya está comiendo tierra"

Ante la invasión anglosajona del Halloween Ante la invasión anglosajona del Halloween. Sirva más que nada como recordatorio de cuán fácilmente se pierden las cosas que no se cuidan por negligencia o maquinación perversa.

Ante la invasión anglosajona del Halloween Ante la invasión anglosajona del Halloween. Sirva más que nada como recordatorio de cuán fácilmente se pierden las cosas que no se cuidan por negligencia o maquinación perversa.
Cordon Press

Ante la invasión anglosajona del Halloween, sus calabazas, sus máscaras y disfraces falsamente tétricos, sus "trucos o tratos" y su penetración colonizadora de la conciencia infantil española, y no sólo infantil, bueno será recordar algunos elementos populares sobre el tema de los difuntos, de los muertos, de los entierros y de la muerte en general. Sirva más que nada como recordatorio de cuán fácilmente se pierden las cosas que no se cuidan por negligencia o maquinación perversa.

El Folklore español

A finales del siglo XIX se puso de moda la recolección minuciosa de las tradiciones populares españolas sobre todo tipo de asuntos. Antonio Machado y Álvarez, Francisco Rodríguez Marín y otros estudiosos de las costumbres y dichos y refranes populares hurgaron en nuestras entrañas para arrojar luz sobre lo que fuimos y somos y cómo lo hemos sido y lo somos. Lo que sigue es una antología arbitraria de aquel esfuerzo extraordinario.

Dediquemos esta pieza al padre de los hermanos Machado, Antonio Machado y Álvarez, que escribió una colección completa de once tomos sobre las costumbres y dichos populares españoles que llamó El Folklore español. El tema de la muerte en ellos es muy relevante y se precisa su comienzo en la propia enfermedad, un calvario doloroso, por la carestía de la medicina y el pesimismo hospitalario, que terminaba donde debía.

"Al hospital me voy,
por Dios, compañera,
no te separes de la vera mía
hasta que me muera.

Cada vez que paso y miro
la puerta del hospital,
le digo mi cuerpecito
adiós para nunca más."

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Cuando la autoridad del médico sentenciaba que no había "remedio en lo humano para el enfermo", podían acometerse varias acciones. Una, costear misas por él. Otra, visitar santuarios de forma mendicante y penitencial. También poner velas a santos o colocar exvotos en altares presuntamente milagrosos. Las mujeres ofrecían hábitos y tiempos de lutos e incluso las muchachas podían prometer una trenza de sus preciados cabellos.

Ahora, con el alivio de los tanatorios externos a las casas familiares, apenas se nota, pero antes la casa del agonizante se colmaba de allegados que acompañaban a los próximos y se preparaban para los velatorios o velorios. Desde que se sabía el desenlace fatal, se tenían en cuenta las supersticiones y las tradiciones populares.

Un aullido cercano de perro o el grito de una lechuza eran malas señales, como eran mal augurio, y aviso de la muerte a los tres días, los tres golpes de San Pascual Bailón sobre un arcón o mueble de la casa. Pero cuanto fracasaban las mujeres sanadoras y los médicos, se creía llegada la hora. Esto es, le daban al enfermo "su Divina Majestad", que era sinónimo de estar en las últimas o dando las boqueadas o estando in articulo mortis.

Los cuidados al difunto

Lo que se llamaba la "Sacramentación" del enfermo se celebraba como una fiesta severa. El Viático, la última comunión, se llevaba al enfermo y por todas las calles que transitaba se sacaban a la puerta de las casas cuadros de santos y ramos de flores. Para el final del todo se dejaba la "extrema-unción" (dar el "santolio", los Santos Óleos). Cuando al enfermo "se le enfriaba el cielo de la boca", que era el morirse, se procedía al rito de la mortaja, con las mejores ropas -negras salvo si era niño -, del finado.

"Si del cadáver de un niño se trata, se le viste de blanco y se le adorna con flores y cintas azules. Si es el de una doncella, vístenle también traje blanco y ciñen a su cabeza corona de rosas blancas o de azahar, que sujeta un velo que le llega a los pies. En algunos pueblos de Andalucía acostumbran a poner sobre el cadáver de la virgen una palma" .

Corona y palmas símbolos de virginidad, escribió don Antonio.

Ya amortajado, el cadáver se exponía en una habitación durante horas siendo los adornos dependientes de la fortuna familiar. Se tapaba la cara del muerto con un pañuelo blanco y se cruzaban las manos, a veces amarradas con una cinta negra, sobre el pecho.

"Cuando yo me muera
madre de mi alma,
con el pañuelo
que al cuello te pones,
tápame la cara.

Cuando yo me muera,
mira que te encargo,
que con las trenzas de tu pelo,
me amarren las manos."

A pesar del miedo que a los españoles nos dan los muertos, el velorio o velatorio no faltaba en las casas, con bebidas, comida y no pocos chistes, catalizadores de la tensión ante la muerte, casi siempre. Tras la velada de la noche, se procedía al sepelio con sus toques de campana, repicando a gloria si el fallecido era niño o niña. El cuerpo era conducido al cementerio, campo-santo o tierra de la verdad, que así era conocido el último lugar.

Hasta allí iba el cadáver dentro del ataúd, conocido también como "guitarra" o "violín", a hombros o en el "carro de los muertos", según la distancia, precedidos de la Cruz parroquial y el clero. Luego seguían los amigos invitados y finalmente los parientes, salvo los familiares directos, padres e hijos, los "dolientes", que componen el cuadro del "duelo", que recibe en la casa y despide casi siempre en el cementerio. Es en el sitio del duelo, donde se dan las condolencias o "cabezadas" reverenciosas con frases como "que en paz descanse", "Dios le tenga en su gloria" o "los acompaño en el sentimiento".

Las mujeres no solían ir a los entierros quedándose como compaña en la casa del muerto, salvo las plañideras pagaderas por profesionales, las "lloronas", que Machado afirma que seguían existiendo en Extremadura. Ya en el cementerio, el sacerdote rezaba un responso y se procedía a dar sepultura al cadáver. Los pobres no tenían tumbas propias y eran enterrados en "la tertulia" o "la olla", una parte del cementerio que en las ciudades grandes era la fosa común.

Añade don Antonio que

"toda la operación del enterramiento consiste en dar cuatro golpes de azada en la tierra, hasta abrir un hoyo; meter en él el cadáver, de pie o de cabeza, desnudo o liado en una sábana; echar algunas paladas de tierra sobre el muerto, que allí se queda in eternum, y, cuando más, cuidar de que no pueda saciarse en él la voracidad de los animales."

"La vi enterraita
con la mano fuera.
Que como era
tan desgrasiaíta
le fartó la tierra."

Cuando había caja mortuoria, los parientes se quedaban con la llave y recuerdos personales suyos. El fallecimiento se advertía cerrando media puerta de la calle o señales (rodapiés) en los balcones. En los vestidos el luto riguroso es negro, que dura un año, y si hay "alivio de luto" se consiente algo de blanco. El duelo sigue durante otros nueve días y se reedita en el aniversario.

En el pueblo andaluz, el que más cerca caía de los Machado, los modismos ocasionados por la muerte, " el acto más trascendental de la vida", eran muchos. Cuando alguien se moría "está con Dios" o "ya está comiendo tierra" o "está en la tierra de la verdad" o, como anticipamos, "se le enfrió el cielo de la boca." Otras veces se decía que el extinto "ya le había visto las barbas al Padre Eterno" o "estaba descansando" o que "por allá nos espere muchos años".

De los niños muertos, se decía que "angelitos, al cielo". Del padre de familia, que "se llevó la llave de la despensa" y de sus hijos que "se quedaron a la clemencia de Dios" o con nada más" que el día y la noche" o "con lo puesto". Si había herencia, "los duelos con pan son menos". Y la guasa, que nunca falta, en el caso de los viudos decía "dolor de esposa muerta/dura hasta la puerta" y cómo no, la sabiduría popular apuntillaba con aquello de "el muerto al hoyo y el vivo al bollo".

Mal fario

Cita asimismo el autor algunas supersticiones que hoy parecen increíbles. Por ejemplo, para que una persona gruesa no reviente al morir, se le pondrá sobre el vientre un plato lleno de sal o una espada. Si un difunto tiene los ojos abiertos es síntoma inequívoco de que se lleva a alguien de la casa con él. Si se quiere que un muerto no se aparezca a alguien, éste debe besar los zapatos que lleve puestos el cadáver. O rezarle un padrenuestro.

Se creía que las mujeres que morían solteras caían en manos de Poncio Pilatos.

"En el poyeton estaba
la señora de Pilatos,
un candil y un alcuzón
y un escuadrón de mil gatos.

Según dicen los autores,
que al subir el poyeton,
se encontraron a Pilatos
sentado en su gran sillón."

Y era entonces, cuando el procurador romano las condenaba a trabajos complicados y duros como el de darle un botón muy grande para que lo pasaran por un ojal muy pequeño o ser perseguidas por un burro sin descanso.

Y a partir de ahí, comienzan los dimes y diretes sobre los difuntos, muchísimos, gran patrimonio nacional, como éste, con el que cerramos esta aproximación:

"Ya se levanta el difunto
y le dice a San Antonio:
—Ese hombre no me ha muerto,
que es un falso testimonio -.

Todos preguntan al santo
que diga quién le mató,
y San Antonio responde:
—¡Eso no lo diré yo!—

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