El ayatolá, la periodista, el profesor y la vergüenza de Occidente
Fallaci se quitó el chador en plena conversación con el ayatolá Jomeini llamándolo "estúpido trapo medieval".
En septiembre de 1979, apenas meses después de que el ayatolá Jomeini tomara el poder en Irán tras derrocar al Sha, la periodista italiana Oriana Fallaci viajó a la ciudad santa de Qom para entrevistar al líder de la Revolución Islámica. Fallaci, conocida por sus entrevistas incisivas con figuras como Henry Kissinger, Golda Meir o Yasser Arafat, no se anduvo con rodeos. En un encuentro tenso y cargado de simbolismo, desafió directamente al ayatolá sobre la opresión de las mujeres, el velo obligatorio y la naturaleza tiránica del nuevo régimen. Esta entrevista, publicada en el Corriere della Sera el 26 de septiembre de 1979 y en el The New York Times el 7 de octubre, se convirtió en un hito del periodismo no solo por las respuestas francas de Jomeini, sino por el acto de rebeldía de Fallaci, quien se quitó el chador en plena conversación, llamándolo "estúpido trapo medieval".
La Revolución Iraní de 1979 había sido un movimiento heterogéneo con comunistas, liberales, islamistas y feministas unidos contra la monarquía tiránica del Sha Reza Pahlavi. Pero una vez en el poder, Jomeini y sus seguidores impusieron rápidamente una teocracia estricta. Fue pasar de Guatemala a Guatapeor. Las mujeres, que habían disfrutado de cierta modernización en las décadas previas –con minifaldas, universidades mixtas y trabajos junto a hombres–, se vieron obligadas a cubrirse con el chador. Miles de iraníes salieron a las calles en marzo de ese año al grito de "Lucharemos contra el velo" y "No queremos ser esclavas". Fallaci llegó en un momento crítico, cuando la represión ya se sentía con periodistas expulsados, periódicos cerrados y disidentes silenciados.
Fallaci esperó diez días para la entrevista, acompañada por traductores iraníes. Entró vestida con el chador obligatorio, pero no tardó en confrontar a Jomeini. Le llamó "tirano" y cuestionó el apartheid de género: "¿Cómo se puede nadar con un chador? ¿Por qué las mujeres no pueden estudiar o trabajar con hombres?". Jomeini respondió con desdén: "Nada de esto le concierne a usted, nuestras costumbres no le conciernen. Si no le gusta el vestido islámico, no está obligada a llevarlo, ya que es para mujeres jóvenes y respetables". Fallaci, sin dudarlo, replicó: "Muy amable. Ya que me lo dice, me quito inmediatamente este estúpido trapo medieval. Listo". El gesto, capturado en relatos posteriores, simbolizó la resistencia occidental al totalitarismo islámico.
Fallaci era una rara avis ideológica, una liberal de instinto conservador (para lo que mereciera la pena conservar) y actitud progresista (pero no para progresar hacia el abismo como los lemmings). Provenía de la izquierda antifascista italiana, habiendo luchado en la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su entrevista reveló una crítica temprana a lo que vería como una alianza perversa entre los islamistas y sectores de la izquierda occidental. En 1979, muchos progresistas europeos y estadounidenses, con Sartre y Foucault a la cabeza, veían en Jomeini un símbolo antiimperialista, ignorando –o excusando– la represión contra mujeres, minorías y disidentes de izquierda. Fallaci, en cambio, lo denunció sin ambages. En la entrevista, Jomeini admitió abiertamente su visión del islam como ley suprema, la ejecución de "traidores" y el rechazo a la democracia occidental. Fallaci lo presionó sobre las ejecuciones sumarias y la supresión de libertades, obteniendo respuestas que hoy suenan proféticas sobre el régimen teocrático.
"Danzando alrededor de la perdición de Occidente"
El entusiasmo occidental por Jomeini no era excepcional sino generalizado entre las élites progresistas de la época. El caso más emblemático fue el del prestigioso profesor de derecho internacional de Princeton, Richard Falk, quien apenas dos semanas después del regreso triunfal del ayatolá a Teherán publicó en The New York Times el 16 de febrero de 1979 un artículo titulado Confiando en Jomeini (Trusting Khomeini).
En ese texto que hoy resulta escalofriante, Falk afirmaba que la representación de Jomeini como fanático y reaccionario parecía cierta y afortunadamente falsa, y que su círculo de asesores estaba formado por individuos moderados y progresistas. Llegó a proclamar que Irán podría proporcionar al mundo un modelo de gobierno humano para países del tercer mundo. Falk había visitado al ayatolá en Francia junto a Ramsey Clark, ex fiscal general de Estados Unidos, quien también abogó públicamente por no interferir para que "Irán pudiera determinar su propio destino".
Andrew Young, embajador estadounidense ante la ONU, describió a Jomeini como una especie de santo, mientras que el embajador de Estados Unidos en Irán, William Sullivan, lo comparó con Gandhi en un memorando de noviembre de 1978. James Bill, asesor de Carter y especialista en Irán de la Universidad de Texas, declaró a Newsweek que Jomeini era un hombre de integridad y honestidad impecables.
Incluso la CIA se equivocó dramáticamente. En agosto de 1978, apenas seis meses antes de la revolución, la agencia informó a la Casa Blanca que Irán no se encontraba ni siquiera en una situación pre-revolucionaria. El propio consejero de seguridad nacional de Carter, Zbigniew Brzezinski, escribió al día siguiente del retorno de Jomeini a Irán que los movimientos islamistas no arrasarían Oriente Medio ni serían la ola del futuro.
El historiador Bernard Lewis intentó advertir sobre el peligro que representaba Jomeini. Tras leer su libro El Gobierno Islámico, ofreció su análisis a The New York Times, pero la editora de asuntos internacionales lo rechazó con desdén. Lewis recordaba cómo el propio Sha le había preguntado perplejo: "¿Por qué siguen atacándome?" refiriéndose a The New York Times, The Washington Post, The Times de Londres y Le Monde, a los que llamaba "las cuatro brujas danzando alrededor de la perdición de Occidente".
El error no fue solo de cálculo político sino ideológico en la izquierda occidental, por su antiamericanismo y su desprecio por el Sha –autoritario pero modernizador–, prefirió ver en Jomeini un revolucionario progresista antiimperialista antes que lo que realmente era: el fundador de una teocracia totalitaria. Fue, como he dicho en otra ocasión, cargarse a Luis XVI para echarse en brazos de Robespierre. Aunque al menos el guillotinador francés acabó él mismo en la guillotina. Décadas después, Falk fue nombrado Relator Especial de la ONU para los territorios palestinos, sin que jamás se retractara públicamente de su catastrófico pronóstico sobre Irán.
Fallaci y el 11-S
Esta postura se endureció en sus escritos posteriores. Tras los atentados del 11-S de 2001, Fallaci publicó La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón, donde acusaba a los islamistas de una "guerra santa" contra Occidente y a la izquierda europea de ser sus cómplices. Criticaba el multiculturalismo ciego, la inmigración masiva sin integración y la "Eurabia" –un término que acuñó para describir una Europa islamizada por la pasividad progresista. "La izquierda ha traicionado sus ideales al aliarse con el enemigo de la libertad", escribió, refiriéndose a cómo intelectuales y políticos occidentales minimizaban el fundamentalismo islámico en nombre del antiamericanismo o el anticolonialismo. Fallaci fue tildada de islamófoba por críticos, pero defendió que su rabia era contra el islamismo político, no contra los musulmanes moderados.
Décadas después del valiente gesto de Fallaci, otra voz se alza con similar claridad contra lo que considera la complicidad de sectores progresistas occidentales con el régimen teocrático iraní. En noviembre de 2024, la artista franco-iraní Marjane Satrapi –autora de la aclamada novela gráfica Persépolis sobre su infancia en el Irán revolucionario– protagonizó una polémica confrontación con la diputada ecologista francesa Sandrine Rousseau.
El detonante fue el arresto de Ahou Daryaei, una estudiante iraní de 22 años que se desnudó en protesta frente a su universidad en Teherán tras sufrir acoso de la policía de la moral por su manera de llevar el hijab. Cuando Rousseau expresó su solidaridad con las iraníes oprimidas, Satrapi la acusó públicamente de hipocresía, recordándole que años antes había defendido que el velo era un embellecimiento para la mujer.
En un mensaje difundido en Instagram, Satrapi fue demoledora con la política francesa. Le recordó que cuando participó en la manifestación de la Plaza de la República en París tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, Rousseau fue abucheada por los asistentes. La artista iraní fue contundente sobre las razones: "No fue porque seas mujer. Éramos seis mujeres y todas fuimos aplaudidas, excepto tú. Si te abuchearon es porque eras estúpida", declaró sin tapujos.
Satrapi acusó a Rousseau de comparar la situación de las jóvenes iraníes que son arrestadas, violadas, torturadas y encarceladas por quitarse el velo, con la de las jóvenes francesas que deciden ponérselo libremente. "A fuerza de no querer ser racista, juegan el juego de los fanáticos", sentenció la creadora de Persépolis. Y concluyó con dureza: "Que no comprendas la situación y que seas tonta, está bien. Todo el mundo tiene derecho a ser estúpido, pero en ese momento es mejor callarse".
Satrapi, quien vivió la Revolución Islámica de 1979 siendo niña y cuya familia apoyó inicialmente el derrocamiento del Sha creyendo en un movimiento antiimperialista, conoce de primera mano el engaño y la traición que supuso la imposición del régimen teocrático. Su experiencia personal –narrada en Persépolis– refleja cómo miles de iraníes progresistas vieron sus esperanzas de libertad sepultadas bajo la opresión religiosa.
La artista ha continuado alzando su voz por las mujeres iraníes. En 2023 publicó, junto a otras autoras, la novela gráfica Mujer, Vida, Libertad inspirada en las protestas tras la muerte de Mahsa Amini. Y en enero de 2025 rechazó la Legión de Honor francesa, citando la actitud hipócrita de Francia hacia Irán, ya que mientras los hijos de los oligarcas iraníes pasan sus vacaciones libremente en Francia e incluso obtienen nacionalidad, los jóvenes disidentes tienen dificultades para conseguir un simple visado turístico.
La entrevista de Fallaci fue un acto de coraje en 1979, cuando pocos se atrevían a confrontar a Jomeini sin filtros ideológicos. Las palabras de Satrapi en 2024 demuestran que la batalla continúa y que el relativismo cultural de ciertos sectores progresistas sigue siendo un obstáculo para la defensa clara de los derechos humanos. Hoy, con las protestas en Irán al grito de "Mujer, Vida, Libertad", y ante el auge del islamismo en Occidente, cabe preguntarse: ¿cuántos intelectuales y políticos de izquierda están dispuestos a confrontar con la misma honestidad brutal de Fallaci y Satrapi a los herederos de Jomeini y a sus cómplices en Europa?
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