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'El Instituto': los niños perdidos de Stephen King

En El Instituto, Stephen King teje otra novela de fantasía, aventuras y terror perfectamente inserta en su universo particular.

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En Stephen King todos los caminos llevan a La Torre Oscura. El Instituto, su penúltimo best-seller (el maestro de Maine ha tenido tiempo en un par de meses para lanzar otro libro, Elevación) narra la historia de un grupo de niños perdidos explotados por los restos de un sistema homicida, corrupto, con fines misteriosos. Ahondar más sería motivo de spoilers tanto de aquella saga con de la novela aquí presente. Y también una tarea inútil: al fin y al cabo la elegante, compleja intertextualidad de las obras de King (la aquí presente abunda en nociones tanto de Carrie como de El Resplandor) es ya un hecho estudiado y asumido, y va más allá del mero autoguiño.

El protagonista es Luke Ellis, un chico superdotado cuyos poderes psíquicos empiezan aquí a asomar y que es secuestrado e internado en las instalaciones del denominado "Instituto". Pero en una cabriola narrativa de King, el protagonista es también Tim Jamieson, un oficial de policía retirado que recala en DuPray, una de las clásicas pequeñas comunidades de King ubicada esta vez en Carolina del Norte. Aunque, mejor pensado, quizá el protagonista de verdad sea otro entrañable personaje, muy propio del autor de La Milla Verde, que hace discreto acto de aparición más allá de la mitad del relato para acabar revelándose como algo más de lo que parecía.

Entre unos y otros componen la red de una entretenida novela que funciona como una variación menos áspera de Ojos de Fuego, uno de los best-sellers de su primera etapa, bien mezclado y azuzado con el relato juvenil de J.K. "Harry Potter" Rowling que King ha admirado y alabado con tanta intensidad. Eso rebaja la mezcla crítica del libro, pero no sus guiños a la situación política de su país, destiladas aquí en clave fantástica y con guiños al espectáculo Marvel de última hornada a tenor del nivel de destrozos del desenlace (dosis de espectáculo que, no obstante, siempre ha existido en sus finales: tanto en Carrie como La Cúpula, It o Tommyknockers hay destrucción rural asegurada). Pero lo fundamental es el plácido viaje rural en el que todo quiere derivar, allí donde King vuelve a mostrar su buena mano con la construcción de tramas y personajes, además de una bonhomía natural a la hora de observar la realidad que resulta compatible con los pasajes más crueles.

Porque, naturalmente, todo conduce a un desenlace marca de la fábrica, tan contundente como abierto en sus posibilidades y derivadas. Al fin y al cabo, El Instituto se inserta en un mundo mayor, mucho mayor, que desborda las fronteras de Maine en un contexto de secretas maldades globalizadas. No falta la referencia a Donald Trump, la inserción de un tiroteo (La Torre Oscura, ejem, ejem) absolutamente memorable que dirige la trama hacia su desenlace, y unos cuantos flecos un tanto flojos que hacen que El Instituto sea una buena novela de las que abundan en la trayectoria de King, pero no una de esas memorables que todavía asoman de cuando en cuando (22/11/63). El autor, sin embargo, vuelve a demostrar por enésima vez la absoluta facilidad con la que crea personajes, plasma situaciones y desenreda tramas de manera natural y personal. Lo que siempre se ha conocido como un genio.

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