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'Bellas Durmientes': Stephen King se pone feminista

Stephen y Owen King han publicado Bellas Durmientes, una muestra de best-seller de terror con un ojo puesto en una actual reivindicación social. 

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Bellas Durmientes | Youtube

Ni la feminista más irredenta debería acusar a Stephen King de formar parte de lo que llaman patriarcado. Al fin y al cabo, el de Maine debutó en la novela con Carrie, una historia en la que la primera menstruación de una adolescente acosada desataba unos terribles poderes. Y quizá por su pasado de abusos con el alcohol y las drogas, King ha reflejado los estragos familiares de la droga dura y la blanda con una constancia digna de elogio: en El Resplandor una mujer y su hijo sobrevivían, por los pelos, al acoso de un marido enloquecido; en Ojos de Fuego una niña especial se vengaba de sus perseguidores; en Rose Madder, La historia de Lisey o Todo oscuro, sin estrellas ha abordado el demonio del maltrato o la muerte de la pareja bajo el fantasma de la enfermedad o la vejez... o mejor, simplemente vean la excelente adaptación de El juego de Gerald que Netflix estrenó el año pasado. Con excusa fantástica o no de por medio, King ha sabido adaptar el disparate y la serie B a los latidos del núcleo familiar americano, quizá el verdadero hogar del Señor de las Tinieblas, sin menosprecio del material de derribo de sus cimientos.

Dando por hecho que el Rey del Terror no tenía nada por lo que pedir perdón por nada, la llegada de Bellas Durmientes, su visión de un Apocalipsis mundial sin féminas, genera de entrada dos dudas: ¿está King apuntándose a una moda imperante o estaba adelantándose a ella antes de la gigantesca onda expansiva feminista acaparase la actualidad? ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Dando por hecho que la novela de King, escrita en colaboración con su hijo Owen, que le proporcionó la idea, se publicó hace un año en USA, quizá haya algo de las dos cosas. En todo caso, los fanáticos y el público en general se encontrarán con una muestra perfecta de las virtudes y defectos de King en estado puro. Que un autor hasta hace poco considerado "de género" esté, a sus 70 años, interesado y al cabo del zeitgeist cultural tampoco está tan mal.

Porque, al final, el asunto de fondo es más serio que la novela, y tampoco pasa nada. Los King han entregado con Bellas Durmientes, ni más ni menos, una novela que supondrá un plácido recorrido para su fans y recién llegados. 700 y pico páginas que se pueden leer de una sentada o de varias, y sin que la peligrosa telaraña que cubre el rostro de las mujeres durmientes asome en ningún momento. Bellas Durmientes comienza rápido, muy rápido, y nos mete en el meollo habitual de King sin perderse en disquisiones: a las 20 páginas ya tenemos a Evie Black, misterioso ser que parece inspirado en Poison Ivy y la tradición de Salem, haciendo de las suyas, creando el caldo de cultivo esencial para aquello que King saber hacer tan bien: montar una masacre rural que tan bien ensalza la plácida vida cotidiana en pequeñas comunidades de su Bangor natal (aunque esta vez nos vamos a los Apalaches) como destroza literalmente a los pueblerinos sometidos a sus bajos instintos, esta vez a merced de un mundo sin mujeres.

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El problema es que aquí el habitual trazo grueso de King a la hora de definir tal o cual personaje parece, en virtud de la moda imperante, funcionar por géneros... pero no artísticos sino biológicos: mientras los hombres son asesinos potenciales, las mujeres -incluso las delincuentes condenadas de la cárcel que acaba siendo el escenario de la acción- son más bien víctimas de un mundo machirulo. Hay inversiones de roles interesantes, imágenes poderosas (lo del despertar rabioso de las mujeres dormidas resulta hilarante, por significativo... y sí, sangriento) y el autor sabe salirse del tópico ocasionalmente, pero al final el rodillo de la costumbre pasa factura y la necesidad de crear dos bandos incomoda, pero no como debería. La falta de sutileza a la hora de crear psicología y la necesidad de golpes de efecto embarra bastante la agenda social de la novela.

Pero para todo lo demás, Bellas durmientes se revela como un artefacto válido, donde los King, sin inventar nada nuevo en su bibliografía, sí encuentran un punto de partida ingenioso, una imagen atractiva (las mujeres encapulladas y "en otro lugar") suficiente para demostrar un músculo narrativo a toda prueba, que conduce a un final explosivo con dosis de humor negro hilarantes (y, como siempre, compatibles con la tragedia) y donde las abundantes teclas de puro género que ofrece (las suyas propias, empezando por el virus de Apocalipsis, pero aquí de resonancias mitológicas; también las referencias a Pesadilla en Elm Street, con sus protagonistas tratando de aguantar el sueño, y The Walking Dead, en ese mundo condenado a seguir girando sin nadie a bordo) se leen con gusto. No es lo mejor que ha hecho King, ni de lejos, pero aún así, King nunca te estafa.

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