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Cristina Losada

La Magna Carta o la 'Magna Mac'

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Cristina Losada
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Para hacer frente a tanto fuego de artificio con pretensión de altura intelectual, nada mejor que revisitar la poderosa sencillez de los clásicos. Sabrá de lo que hablo con mayor precisión quien lea o relea hoy ¿El choque de civilizaciones? y otros ensayos sobre Occidente, de Samuel P. Huntington, que, en edición preparada por Jorge del Palacio, acaba de poner en las librerías Alianza Editorial. Lo de revisitar ese texto ahora viene dado por la oportunidad que ofrece esta edición del artículo original del politólogo, y por la conveniencia de reconducir la proyección que tuvo ese ensayo en España. Aunque el artículo se publicó en la revista Foreign Affairs en 1993, y desencadenó de inmediato un debate, la popularidad –o algo parecido– le llegó en nuestro país sólo a partir de los atentados del 11-S, y entonces tuvo la mala suerte que suelen tener los buenos títulos.

Recuerdo, con algo de vergüenza ajena, que mucho periodista dio entonces por sentado que el ensayo de Huntington propugnaba el choque de civilizaciones, al tiempo que se atribuían a su influencia acciones militares de Estados Unidos como la guerra de Irak. De haber leído algo más que el título, que además figura entre interrogantes, habrían constatado que ni lo uno ni lo otro, pero el malentendido ahí quedó. Y, para que no quede reducido el asunto al sector periodístico, hay que recordar aquella inefable Alianza de Civilizaciones que montó Zapatero con el presidente turco Erdogan, en lo que semejaba una réplica directa a la (supuesta) tesis del politólogo estadounidense. Es la maldición del título que afectó también a ¿El fin de la Historia? de Francis Fukuyama, publicado en 1989, con el cual está doblemente relacionado el artículo de Huntington: Fukuyama fue discípulo suyo y El choque es una refutación del optimismo liberal que rezumaba aquella obra.

El choque no es una apología del conflicto entre civilizaciones, sino que trata de proporcionar una hipótesis descriptiva de cómo se presentaba el futuro después de la Guerra Fría. Huntington establece un nuevo modelo para interpretar el origen de los conflictos en el mundo postsoviético, en el que la clave ya no es la rivalidad ideológica ni la económica, sino la cultural. Como expone al principio del artículo:

Mi hipótesis es que, en este nuevo mundo, la causa fundamental de conflictividad no será primariamente ideológica ni económica. Las grandes causas de división entre la humanidad y la fuente principal de conflicto serán de tipo cultural. Los Estados nación seguirán siendo los agentes con más poder a nivel mundial, pero los conflictos más importantes de la política global tendrán lugar entre nacionales y grupos de civilizaciones distintas. La política mundial estará dominada por el choque de civilizaciones y será precisamente en las líneas de choque entre ellas donde se producirán las batallas del futuro.

La hipótesis de Huntington, como dice Jorge del Palacio en la introducción, echa un jarro de agua helada sobre las interpretaciones del derrumbe del comunismo como una primera fase de un proceso de expansión universal de la democracia y el libre mercado. Frente a esa idea, plasmada en la imagen del Fin de la Historia, el autor despliega múltiples argumentos, aunque una batería de ellos resulta especialmente interesante: los que contrapone a la tesis del universalismo de la civilización occidental. Porque Huntington no asume la noción, de uso extendido e intensivo, de que a medida que las sociedades se modernizan, económicamente y de otras maneras, necesariamente convergen con las sociedades occidentales. En otras palabras, no cree que modernización sea sinónimo de occidentalización.

El ensayo "Occidente: una civilización excepcional, no universal", incluido en el libro, se dedica a desmontar tanto la teoría de la modernización como otra, de menor sustancia, pero muy popular: la que llama tesis de la coca-colonización. Es decir, la idea de que la difusión general de la cultura popular occidental conduce a una homogeneización del mundo acorde con el molde de Occidente. Ese argumento, dice Huntington, "implica subestimar la fuerza de otras culturas y constituye una trivialización de la cultura occidental al identificarla con comidas de alto contenido en grasa, vaqueros desteñidos y bebidas gaseosas". Y remacha: "La esencia de la cultura occidental es la Magna Carta, no la Magna Mac".

Huntington afirma que Occidente era "occidental antes de ser moderno", y hace un listado no exhaustivo de las características distintivas de la civilización occidental en los siglos previos a su modernidad. Son: el legado clásico, el cristianismo occidental, las lenguas europeas, la separación entre la autoridad espiritual y secular, el Estado de Derecho, el pluralismo social y la sociedad civil, los organismos de representación y el individualismo. Son rasgos y conceptos que constituyen también buena parte de los factores que hicieron posible el proceso de modernización. Pero son, sobre todo, dice Huntington, "los que hacen única a la civilización occidental, y es por ser única, no por ser universal, por lo que la civilización occidental es valiosa". De ahí, por su valor, que convenga preservarla. Más cuando se detectan –ahora más que cuando se escribió el ensayo– inequívocas señales de decadencia.

Lo dicho: lean o relean a Huntington. Por su solidez, por su claridad, por su capacidad de síntesis, por deshacer malentendidos, por ir contracorriente. Los jarros de agua fría serán desagradables, pero son necesarios casi siempre.

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