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En el centenario de Ignacio Aldecoa, el gran narrador y maestro del cuento

La Biblioteca Nacional rinde homenaje al autor vitoriano con una muestra que coincide con el hallazgo de dos novelas inéditas ocultas en la censura.

La Biblioteca Nacional rinde homenaje al autor vitoriano con una muestra que coincide con el hallazgo de dos novelas inéditas ocultas en la censura.
Archivo

Se ha cumplido el centenario del nacimiento de Ignacio Aldecoa, uno de nuestros grandes narradores, sobre todo maestro del cuento, del relato, que es un término posterior. Con tal ocasión el pasado 18 de diciembre se inauguró, hasta el 14 de junio, una exposición en la Biblioteca Nacional, paseo de la Castellana en Madrid, donde se exponen primeras ediciones de sus libros, objetos personales, fotografías, recortes de periódicos y revistas, todo un recorrido tanto por su obra como las menciones a su biografía personal. Una muestra que pone de relieve lo que significó al ser uno de los pilares de la llamada "Generación de los 50". En la que con él, se encontraban entonces jóvenes escritores que irrumpían con una literatura hasta entonces desconocida, con el realismo social como trasfondo común: Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, José María de Quinto, Josefina Rodríguez, Ana María Matute, Medardo Fraile, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, Caballero Bonald, Juan Benet…

Dos novelas inéditas

Coincidiendo con este homenaje tardío a Ignacio Aldecoa, hemos sabido que, gracias al profesor Alex Alonso Nogueira, del Brooklyn College, especializado en Literatura Hispánica, se han hallado dos novelas inéditas del escritor vitoriano. Las localizó en la sección de censura del Archivo General de la Administración, que pertenecían inéditas. Su autor las había enviado en 1952 al departamento de censura, una, Ciudad de tarde, finalista del premio Café Gijón, y al año siguiente los folios mecanografiados como la otra, El gran mercado, que iba a ser publicada por Planeta. Originales que nunca vieron la luz, autorizados con los sellos correspondientes en un escrito oficial, pero de los que sorprendentemente se olvidó Ignacio Aldecoa. Ya resulta extraño ese suceso.

Le gustaba la vida alegre, no estudiar

José Ignacio de Aldecoa Isasi nació en Vitoria el 24 de julio de 1925. En una familia burguesa, de inclinación nacionalista. Padre pintor decorador, con una abuela materna que gustaba de contarle a Ignacio viejas historias, ciertas o inventadas otras, sobre las guerras carlistas. Aquellos relatos orales estimulaban la imaginación del futuro escritor, quien también asistía como mudo espectador a tertulias caseras, donde su progenitor reunía a pintores, escritores e intelectuales de su cercanía. Un mundo al que accedía, curioso, nuestro protagonista.

A la edad de elegir una carrera, se inclinó por la de Filosofía y Letras, que no llegó a terminar en la Universidad de Salamanca, donde coincidió con otra futura gran novelista, Carmen Martín Gaite. El veinteañero Ignacio Aldecoa prefería, saltándose muchas clases, irse de juerga. Todo ese mundo de tabernas en los bajos fondos de la ciudad, entre gitanos, aspirantes a toreros, obreros, en una mezcolanza social le servirían en adelante a Ignacio para llevar sus cuitas, problemas y formas de vida a sus relatos.

Dejó Salamanca, se instaló en Madrid en una modesta pensión cercana al célebre Café Gijón, y comenzó a compartir tertulias con otros jóvenes de su edad hermanados por su amor a la literatura, a sus sueños literarios en pos de sus primeros libros. Los de Ignacio fueron dos, de poesía. Que pasaron inadvertidos. De 1948 fue el primer cuento que escribió: La farándula de la media lengua.

En la lista citada líneas arriba había estudiantes como él de distinta procedencia social e ideas distintas, algunos más conservadores, quienes en el fondo, luchaban contra el franquismo y así lo evidenciaron, muy prudentemente para no incurrir en detenciones (como le ocurriría por ejemplo a Alfonso Sastre).

Para publicar entonces en la prensa diaria el asunto se les presentaba difícil. Ignacio Aldecoa, como otros compañeros, se tuvieron que contentar con las páginas de algunas revistas en la década de los 50, que editaba el SEU, sindicato vertical de los estudiantes, con una notable altura literaria: Juventud, La Hora, Haz, donde publicó algunos cuentos y hasta ganó algún concurso de los que convocaban.

Su compromiso con la realidad

Ignacio Aldecoa tenía grandes dotes de observador. Apuntaba en un pequeño cuaderno detalles que percibía en sus paseos por la ciudad. Era muy aficionado a los toros, el boxeo, el mar, de los que extraería tipos para sus relatos. Pero sobre todo, en sus recorridos por barrios marginales, Aldecoa se fijaba en gentes sencillas, desfavorecidos por la fortuna. Coincidía esa visión para sus cuentos con los guiones de Zavattini y otros colegas italianos que plasmaban escenas de la calle en películas que fueron denominadas neorrealistas.

Él y sus coetáneos escritores, aquellos "niños de la guerra" como también fueron identificados, eran inconformistas y llevaban a sus narraciones una conciencia crítica, el relato de cuanto contemplaban a su alrededor. La obra de Aldecoa se caracterizó por su compromiso social.

Dos antologías de cuentos

La maestría de sus cuentos, con el virtuosismo del vocabulario empleado, la brillantez de los diálogos de sus personajes, destacaban en ellos, más de una vez sin que sus argumentos fueran complejos; todo lo contrario. Como si no pasara nada cuando iba relatando, minuciosamente, cual orfebre de la palabra, asuntos triviales, llenos de poesía y ternura. El humanismo no dejaba de estar presentes en esas páginas.

Lo que sí prevalecía en su obra y en la vida era una constante: la muerte. Sus muchos cuentos, que había publicado algunos en revistas, acabaron recopilados en dos antologías. Conozco la de Alicia Bleiberg, magnífica. Donde fue incluyéndolos en apartados tales como los oficios, la clase media, el éxodo rural a la gran ciudad, los bajos fondos, los niños, la soledad de los viejos… A cuyo argumentario el escritor vasco hacía desfilar a sus personajes.

Existen otras antologías, de menos extensión, incluyendo una selección de relatos, que figuraban en la portada con el título de uno de ellos, con otros en su interior. Por ejemplo: Caballo de pica, El corazón y otros frutos amargos, Vísperas del silencio, Neutral córner, Santa Olaja de acero… Uno de ellos, probablemente el más conocido pues se llevó al cine por Mario Camus con Julián Mateos de protagonista, fue Young Sánchez: la dura vida de un mecánico que trataba de salir de su negro presente a través del boxeo. Extraordinaria su visión del deporte de las doce cuerdas desde los primeros pasos de sus aspirantes modestos en busca de gloria y fortuna, cuando lo corriente es que terminaran peor de cuando empezaron, desilusionados, golpeados más por la vida que por los puños.

Y sus novelas

Abordó Ignacio Aldecoa el género de la novela. Se ha sostenido que el cuento es más difícil. Por su breve dimensión para condensar en unas pocas páginas una historia. Borges y Cortázar eran espléndidos espejos en los que mirarse. Pero nuestro compatriota aportó brillantez y hondura también, como lo reconoció Max Aub en una enciclopedia.

El fulgor y la sangre, de 1954, fue una buena novela sobre un tema arriesgado en esa época de la censura franquista. Los aconteceres de un día en la vida de un cuartel de la Guardia Civil en un pueblo castellano. Con las cinco mujeres enclaustradas y sus maridos corriendo graves riesgos persiguiendo delincuentes. Muere uno de los agentes a manos de un gitano. Aldecoa, que acompañado de Jesús Fernández Santos recorrió muchos lugares para ambientarse, contó magistralmente aquellas veinticuatro horas de unos valientes y también la tensión siempre presente en las vidas de sus sufridas esposas.

Con el viento solano, publicada dos años más tarde, vino a ser una segunda parte de la anterior novela, relatando las peripecias del gitano agresor que mató al "picoleto". Antonio Gades, el bailarín, protagonizó en la pantalla ese personaje con todo verismo. Y a su lado, en un papel dramático bien distinto a su estela de diva de la copla, se encontraba Imperio Argentina.

De 1958 fue Gran Sol, novela donde Aldecoa contaba la dura existencia de unos marineros en pesca de altura, desafiando el peligro, venciendo las peripecias en pleno Atlántico en su obligatorio afán de encontrar en su lucha diaria y a veces meses alejados del hogar, la subsistencia, una parte de las riquezas marinas hasta regresar a puerto.

En esas tres novelas recordadas, aunque escribió unas pocas más, se podía confundir, o englobar, el género novelístico con el del periodismo. Es lo que por entonces, en Estados Unidos, Truman Capote fue un pionero del llamado "new journalism".

Josefina, su mujer

Ignacio se casó en 1952 con Josefina Rodríguez. Mujer de gran talento, como escritora y como pedagoga, fundadora del Colegio Estilo, en el que continuaba implantando a su modo y manera parte de las muchas lecciones de la Institución Libre de Enseñanza. Publicó Historia de una maestra, retrato de su madre y de muchos maestros republicanos. No firmaba con su apellido, sino con el de su marido, a la manera de muchos países, no el nuestro, claro.

Muy identificados con su manera de ser, que solían ir casi siempre juntos, menos cuando Ignacio se disculpaba con ella, imaginamos para "ir de vinos" con sus amigos, lo que hacía con frecuencia.

El año 1958 viajó con Josefina a los Estados Unidos porque a ella le habían concedido una beca. Procuraron conocer a cuantos escritores les fue posible, uno de ellos Jack Kerouak.

El 15 de noviembre de 1969 Ignacio se encontraba en su casa del madrileño barrio de Argüelles, calle de Blasco de Garay número 94, junto a Josefina y su hija Susana. Con ellos el ex matador de toros y empresario Domingo Dominguín, hermano de Luis Miguel, quien iba a llevarlos a un tentadero. De pronto, Ignacio se desvaneció, llevándose las manos al pecho. Rápidamente llamaron a un médico, que sólo pudo testificar su muerte, consecuencia de un infarto de miocardio. Padecía úlcera de estómago.

Dejó pendiente de concluir un ensayo, Años de crisálida sobre los cambios en los componentes de su generación literaria. El último cuento que dejó escrito se titulaba premonitoriamente Un corazón humilde y fatigado, donde incluyó este párrafo: "El corazón nunca avisa dos veces".

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