Colabora

El día que los porteros de la RAE impidieron el paso a Pío Baroja

Recordamos la figura de Pío Baroja, el gran novelista de la Generación del 98 que ingresó en la Academia con un discurso de absoluta humildad.

Pío Baroja en Pio Baroja en la Universidad de Paris en 1938 | Cordon Press

Hay anécdotas que reflejan la personalidad de quien las protagoniza. Y del mundo de la cultura contaré lo que le ocurrió a Pío Baroja cierto día que, habiendo sido elegido miembro de la Real Academia Española, los porteros no le dejaron traspasar el edificio.

Fue Pío Baroja uno de los máximos representantes de la Generación del 98, llamada así por el año en que España perdió sus colonias y con ellas su decadencia en el mundo, tras los siglos imperiales donde en sus dominios "nunca se ponía el sol". Aquellos intelectuales como Baroja darían testimonio de ese triste periodo de nuestra historia.

Tuvo este escritor, nacido en San Sebastián en 1872 en el seno de una familia de clase privilegiada, vida itinerante desde su niñez hasta su juventud, que luego él prolongaría por su cuenta cuando eligió la profesión de escritor. Mal estudiante, rebelde, sin vocación precisa cuando eligió la carrera de Medicina, que ejerció como médico rural en la localidad guipuzcoana de Cestona por breve tiempo, sorprendió en su familia cuando se estableció en Madrid para, con su hermano Ricardo, hacerse cargo de una tahona que había pertenecido a una tía. En ese absurdo oficio para él como responsable de una panadería fue practicando a ratos perdidos la literatura. Y así, en 1900 publicó su primer libro de relatos urdidos de cuando estaba en Cestona, muy bien recibido por la crítica y futuros compañeros suyos, como Azorín.

El académico que no creía merecerlo

Nos interesa partir del momento en que fue elegido académico de la Lengua, después de su abundante producción literaria. Ingresó en la alta institución, la del lema que "limpia, fija y da esplendor", el 12 de mayo de 1935, cuando se han cumplido 91 años, en este 2026, cuando también Pío Baroja cumplirá siete décadas exactas de su fallecimiento.

El acto de su elección académica fue presidido por el entonces presidente de la II República, Niceto Alcalá Zamora. Y su discurso versó sobre el tema "La formación psicológica de un escritor". Desarrolló allí una tesis donde exponía con absoluta y sincera modestia que él no merecía el honor de pertenecer a la Academia, ocupando el sillón a minúscula, que a la postre resultaría breve por el inmediato estallido de la Guerra Civil.

Extractamos al máximo aquella disertación barojiana: "Nunca me preocupé por las bellezas del lenguaje ni por la perfección formal… Mi mayor interés siempre fue expresar sus ideas y sensaciones con la mayor claridad posible… Soy un escritor de la calle. Alguien sin la formación académica tradicional que se esperaba de un miembro de la institución".

Se definió como "un escritor humilde y errante" y "un fauno reumático que ha leído poco a Kant".

Proseguía, con la ya citada modestia, que llegaba a la Academia "sin la formación necesaria ni los conocimientos suficientes". "Agradezco los sufragios de los académicos al darme un puesto entre personas de más cultura literaria que yo. No tengo la preparación necesaria para dedicarme a estudios gramaticales, filológicos o lingüísticos… Algunos me han acusado de escritor de suburbio y no digo que ello no sea cierto. Estudié Medicina en mi juventud bastante mal… Y latín, griego y humanidades, no poseo estas nociones… Me considero dentro de la Literatura como hombre sin normas, un poco a la buena de Dios"

Como era preceptivo, Pío Baroja fue a aquel acto vestido de frac riguroso. A su discurso le contestó su buen amigo, el doctor Gregorio Marañón, uno de los que más impulsaran su candidatura académica. Ambos coincidieron pocos años después en París, exiliados durante la Guerra Civil, admirándose mutuamente.

«A usted no lo conocemos»

Una vez admitido en la docta corporación, Pío Baroja sintió lógica curiosidad por conocer por dentro sus instalaciones, en la madrileña calle de Felipe IV. Imaginamos que vestido, si era aquel día invierno, como siempre, arropado con un abrigo recio y cubriéndose con una boina, puede que ya raída por su uso continuado, llegó hasta las puertas de la Real Academia Española.

-Buenos días. Venía a…

-Enséñenos su tarjeta…

-Pues resulta que no la tengo a mano… Pero me acaban de hacer académico, no les miento.

-Será usted todo lo que quiera —le conminó uno de los porteros—, pero nosotros no lo conocemos.

-Ya… Pues perdonen, ya me voy.

Y ahí acabó el intento de Baroja de conocer por dentro la sede académica, en la que semanas después ya pudo penetrar, resuelto el equívoco, con los mil perdones de aquellos exigentes porteros, cuando asistió a la primera sesión que, como todos los jueves, allí se celebró siempre.

Un día después de aquel incidente, Pío Baroja lo contó a unos periodistas, quienes titularon sarcásticamente su información como se suponía: "A Baroja no lo dejaron entrar en la Academia"

En ese ambiente del academicismo también sucedió que otro miembro fue una tarde a esa sede dándose de bruces con la puerta, que estaba cerrada. Llamó reiteradamente hasta que un portero se la franqueó. "Pero ¿cómo es que hoy está cerrada la Academia?". Y la respuesta: "Caballero, es que es festivo". Y el académico apostilló dándose la vuelta: "¿Y acaso todos los días no se come?".

Quiero hacer constar que la anécdota de Pío Baroja me fue contada por quien era, cuando lo entrevisté, portero mayor de la Real Academia Española, un manchego de nombre Micael Alhambra Moreno.

Sus libros siguen reeditándose

Probablemente sea Pío Baroja uno de los escritores más leídos de la Generación del 98, incluso en nuestros días, en los que sus obras siguen reeditándose por la editorial de sus sobrinos, los Caro Raggio, o en colecciones de Cátedra, Austral y Alianza Editorial. Al margen de las que aparecen como obras completas, son 540 los volúmenes entre novelas, cuentos, ensayos, libros de viajes e impresiones sobre la Guerra Civil. A él, en los comienzos del conflicto, los carlistas lo apresaron y pudo salir de su encierro gracias a la intervención del duque de la Torre, que mucho más adelante fuera instructor de Juan Carlos I. Resumir tan amplísima producción literaria nos llevaría a llenar bastantes páginas. De modo que solo les citamos títulos relevantes como La busca, Mala hierba y Aurora roja, reunidos en una trilogía; Las inquietudes de Shanti Andía, quizás su obra más sobresaliente, El árbol de la ciencia, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, sus memorias Desde la última vuelta del camino y Zalacaín el aventurero o O César o nada

En sus novelas desfilan personajes en general disconformes con la realidad, aunque su lucha termine siendo estéril.

De él se conocen muchas opiniones favorables de colegas o de escritores que lo admiraban en épocas más cercanas en el tiempo. Del poeta Rafael de Penagos, al que frecuenté algunas veces, recibí un bello libro de siluetas literarias, y de Pío Baroja decía esto: "Admiraba a la gente sencilla e ingenua. Sus ideas concordaban con las de su compañero de generación Antonio Machado".

A la última vivienda que tuvo en Madrid, calle Ruiz de Alarcón, 12, cuarto, izquierda, llegaban amigos y desconocidos a saludarlo a media tarde y se improvisaba una diaria tertulia, en la que don Pío escuchaba sin interrumpir a nadie. Refería: "Yo he recibido siempre al que ha llamado a mi puerta, sin preguntar a nadie su nombre ni su condición social".

En la actualidad, el legado de Pío Baroja lo sostiene su sobrina nieta Carmen Caro Jaureguialzo, bibliotecaria, responsable de gestionar todo lo concerniente a su familia, pero especialmente de su tío abuelo, tanto sus obras como cualquier homenaje o evento cultural, así como la casa de Itzea, en Vera de Bidasoa, donde el escritor solía pasar los veranos.

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario