
La trayectoria de Peter Berg, actor devenido director (y que en la presente Érase una vez el Oeste se reserva un pequeño papel en el primer capítulo) es mucho más interesante de lo que parece. Manufacturador de thrillers y espectáculos bélicos aparentemente patrióticos, su trabajo desprende un inconformismo y desasosiego siempre pegado a las clases trabajadoras estadounidenses, con una ausencia de glamour que no opaca su vocación de espectáculo documental: soldados, policías, trabajadores públicos y demás "América que madruga" suelen ser los habituales protagonistas de films como El único superviviente, Deepwater Horizon o La sombra del reino, a las que se suma ahora la miniserie Érase una vez el Oeste.
Tomando como apoyo la labor de Taylor Sheridan, con Yellowstone, sus secuelas y sobre todo su formidable precuela de época 1883, además de la trayectoria del propio Berg en el medio televisivo, no exenta de hitos como Friday Night Lights o The Leftovers, el director podría haber facturado con Érase una vez el Oeste la primera gran serie internacional de 2025. O, al menos, una verdaderamente inédita en una plataforma por otra parte tan omnívora como Netflix: American Primeval, que así se llama en versión original, es una dura, cruel y amoral fábula norteamericana que no se impone cortapisas con la violencia y el retrato cultural o identitario de sus protagonistas, que hacen honor todos ellos ellos al grupo de "primitivos americanos" el título en inglés.
Estamos en Utah, el año es 1857. Los nativos americanos, los mormones instituidos como milicia y el propio Ejército de Estados Unidos se disputan un territorio todavía inhóspito en el que una madre y su hijo tratan a toda costa de cruzar una dura cordillera en medio del duro invierno. Un territorio que se disputan todas las facciones y que solo un esquivo cazador parece conocer bien...
Si bien el relato ideado por Mark L. Smith, guionista de El Renacido (y no es de extrañar) no guarda nada en la manga, sí proporciona a Berg la oportunidad de lucirse como hace bastante tiempo que no hace en la puesta en escena. El director coge el testigo, y de qué manera: logrando que la cámara en mano sea, por primera vez en mucho tiempo, una herramienta visualmente interesante y necesaria para el tipo de historia que se cuenta, Berg imprime una visceralidad y brutalidad desasosegantes, fantasmagóricas y fascinantes a la miniserie que demuestran que la televisión puede aportar una cinematografía potente por encima incluso del libreto. Multiplicando por dos la estética fría y sucia de Deadwood, la mítica serie de HBO, el actor y director se esfuerza en crear espacio, atmósfera, y desde luego en no retratar como un titán heroico a ninguno de sus personajes. Y en esa medida, Érase una vez el Oeste tampoco cae en tópicos identitarios contemporáneos propios de esa cultura "woke" tan traída y llevada en redes sociales.
Antes de la batalla cultural, parece decir Berg, existía un mundo peligroso y sin ley, donde no aplicaba el humanismo o la caridad contemporánea. El resultado es Érase una vez el Oeste, un western un tanto irregular pero sorprendente por su crudeza, estilo visual y potencia dramática, un producto perfectamente homologable a las ficciones de Sheridan (antes de que éste deviniera un tópico de sí mismo) y a la formidable aventura de El Renacido a la que Iñárritu puso imágenes, potenciada por un reparto de secundarios (Shea Wingham, Chelcie Ross..) que realmente reivindica y delata el tipo de artesanía en extinción que todavía puede aportar un director como Peter Berg.