
La Marina de Francia ha llevado a cabo una operación inédita al abordar y tomar el control de un petrolero vinculado a la denominada flota fantasma rusa cuando navegaba por el Mediterráneo occidental. El buque fue interceptado en alta mar, en una zona próxima a aguas españolas, en el marco de las sanciones impuestas por la Unión Europea al comercio de crudo ruso tras la invasión de Ucrania.
El petrolero, identificado por fuentes internacionales como parte de una red opaca de transporte, había partido desde un puerto ruso y utilizaba mecanismos habituales de evasión, como cambios frecuentes de bandera y estructuras societarias difíciles de rastrear. Estas prácticas buscan eludir los controles occidentales y permitir que el petróleo ruso siga llegando a mercados internacionales pese a las restricciones económicas impuestas por Bruselas.
La operación fue ejecutada por unidades de la Marina francesa en coordinación con servicios de inteligencia aliados. El asalto se produjo fuera de aguas territoriales, amparado en la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que permite intervenir buques sin pabellón claro o sospechosos de actividades ilegales. Tras el abordaje, el petrolero fue obligado a poner rumbo al puerto francés de Marsella-Fos.
Según las autoridades francesas, existen indicios sólidos de que el buque estaba operando con documentación irregular y ocultando su verdadera propiedad. La fiscalía ha abierto una investigación para determinar si el cargamento y la actividad del petrolero vulneran las sanciones europeas. De confirmarse, podría tratarse de uno de los casos más claros de aplicación coercitiva de las medidas contra la economía rusa.
La llamada flota fantasma rusa está compuesta por decenas de petroleros, muchos de ellos antiguos, que operan al margen de los circuitos habituales de seguros y control marítimo. Estos buques suponen además un riesgo ambiental significativo, ya que navegan con estándares de seguridad mínimos y sin cobertura adecuada en caso de vertido o accidente en zonas sensibles como el Mediterráneo.
La intervención francesa marca un cambio relevante en la actitud europea, hasta ahora centrada en sanciones administrativas y financieras. El uso de medios navales para hacerlas cumplir eleva la presión sobre Moscú y envía un mensaje claro a los operadores marítimos que colaboran con estas prácticas. También abre un precedente jurídico y político de gran calado en aguas internacionales.
España no participó directamente en el asalto, pero la cercanía del operativo a sus aguas subraya la relevancia estratégica del Mediterráneo occidental en el control del tráfico energético ruso. La operación refuerza la cooperación naval entre aliados y anticipa un escenario en el que las sanciones dejarán de ser solo papel para convertirse en acciones directas sobre el terreno marítimo.
