Como corresponde a una iniciativa de la izquierda, la manifestación en solidaridad con las víctimas de los atentados de Nueva York y Washington se ha convertido en una forma de apoyo con tantos reparos que, al final, no se sabe si se trataba de una movilización a favor o en contra de los Estados Unidos. Ya el título del manifiesto leído en la Puerta del Sol, "Por la paz y contra el terrorismo", es idéntico a los que se leían contra ETA para pedir el diálogo con los terroristas y no la persecución y el castigo de los
criminales. Si en vez de Sahagún lo hubiera leído Gemma Nierga, la semejanza habría sido aún más evidente, pero el espíritu es esencialmente el mismo. O peor.
Porque decir que "la comunidad internacional debe comprometerse a dar una respuesta justa, legal y proporcionada a los crímenes, colaborando con la persecución de los culpables y encubridores de los atentados, en el marco del Derecho Internacional" o es una banalidad que no significa nada, cosa que dudamos viniendo de la progresía institucional o lo que significa es que los USA y sus aliados tendrían que someter a no se sabe qué tribunal y a no se sabe qué clase de Derecho Internacional la "legalidad" y "proporcionalidad" de la respuesta. ¿Quién mide la "proporción"? Está muy claro: los que se preocupan más de limitar la respuesta que de respaldar que se produzca, los que dicen apoyar pero frenando el impulso justiciero. Los del "sí, pero menos". O sea, los de siempre.
Y la derecha, también como siempre, dejando que la izquierda hable por todos. Aunque sea para no decir nada o decir lo que más le valdría callar. Penoso espectáculo.
