La ola de alegría y de esperanza que barrió España en 1998 con motivo de la que finalmente resultó ser una “tregua-trampa”, hizo olvidar temporalmente a la mayoría de los españoles que la perfidia y la intoxicación, además de las pistolas y de las bombas, son las principales armas de los terroristas y sus cómplices. Si alguna duda cabía de ello, se ha disipado al enterarnos de que la ETA pretendía demoler la Torre Picasso en un anticipo del holocausto de las Torres Gemelas a la hora en que más personas se encontraran en el singular edificio, y que la masacre se había planificado durante la tregua, según ha declarado a la Policía la jefa de los etarras en Madrid. Sólo la eficacia policial y una buena dosis de suerte impidió que se consumara el atentado.
Jaime Mayor Oreja tenía razón: la ETA nunca tuvo intención de dejar de matar. El ex ministro de Interior ya dijo, nada más anunciarse la llamada tregua, que ésta era “una manera de ganar tiempo en un situación difícil en la que ellos [la ETA] saben que están”. Y con motivo de otra “minitregua-trampa” en 1996 cuando Ortega Lara aún padecía la deshumanización etarra en aquel inmundo agujero, anunciada por la ETA con el fin de dinamitar el Pacto de Ajuria Enea, Mayor Oreja declaró que “los partidos políticos sólo deben estar preocupados en ofrecer una buena mesa de Ajuria Enea al conjunto de la sociedad vasca y española”, añadiendo que “nadie puede olvidar que dentro de unos días puede haber una acción y puede haber un atentado sangriento” y advirtiendo que era necesario “dejar de obsesionarnos por todas las cosas que hacen [los etarras], que en la mayoría de las ocasiones son un puro montaje publicitario”.
La “tregua” fue el cimiento de Lizarra, la estrategia del “gran salto” independentista que el PNV ha puesto por delante de la defensa de la vida, la propiedad y la libertad de los ciudadanos vascos. Hoy, el partido de Arzallus se encuentra en un callejón sin salida, atrapado en el chantaje constante de la próxima tregua de los asesinos. Y no cabe esperar de la megalomanía y la soberbia de Arzallus una vuelta atrás. Lo suyo, después de Lizarra, es una constante huída hacia delante, que, de momento, le ha hecho perder la poca credibilidad que a nivel internacional le quedaba. La Unión Europea ha emitido un comunicado en el que distingue entre “fuerzas democráticas” y “los que pactan con los extremistas vascos. Negro futuro le espera al PNV, quien dependía en su estrategia de la comprensión y reconocimiento internacionales.
A medida que los nacionalistas se hunden en el descrédito, aumenta la talla de Mayor Oreja como estratega de la lucha contra el terror. Su sucesor también contribuye a la añoranza. Mariano Rajoy se esfuerza por cumplir aseadamente con la tarea que le ha caído encima, pero, para utilizar un término taurino, no “transmite”, da la impresión de ser un ministro en comisión de servicios. La de Interior siempre es una cartera incómoda, pero Mayor conseguía convencernos de que, por más lóbrego que fuera el presente, hay una luz al final del túnel.
