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Del Valencia de los vascos al Valencia de los valencianos (I)

Vigésimo quinto artículo de Historias de Fútbol, de la mano de CIHEFE, recordando el éxodo de grandes futbolistas vascos al Valencia.

Vigésimo quinto artículo de Historias de Fútbol, de la mano de CIHEFE, recordando el éxodo de grandes futbolistas vascos al Valencia.
El Valencia de la temporada 1946/47. | CIHEFE

Las cuatro primeras décadas del siglo XX, cuando aparecen la mayoría de los grandes clubes españoles —el Athletic de Bilbao lo hace en 1898, y el Futbol Club Barcelona un año más tarde, en 1899— van a estar dominadas por el fútbol vasco, tanto a nivel de la recién constituida Liga como del ya más veterano Campeonato de España (la Copa, para entendernos). Números cantan, y no hace falta mas que echarle un vistazo al palmarés de ambas competiciones, aunque los Felices 20 van ser también una década dorada para el Barça, que inaugura su templo de Les Corts y presenta en sociedad a figuras como Ricardo Zamora, Pep Samitier, Vicente Piera, Paulino Alcántara o Emilio Sagi-Barba, mientras que ya en la etapa republicana emerge un triunfante Club Madrid (la II República, al igual que el Franquismo, también aplicó la censura a los nombres originales de los equipos, este borrando todo asomo de extranjerismo, y aquella de monarquismo).

Y es que en la primera etapa de profesionalismo en el fútbol español, la que va desde los albores de la Liga hasta el Mundial de Brasil de 1950, cuando comienzan a construirse y ampliarse los grandes estadios, y el talento foráneo incrementa notablemente el nivel de nuestras competiciones, lo habitual era que los clubes se nutrieran básicamente de su cantera regional, con escasas aunque a veces decisivas aportaciones externas. El Athletic estaba formado exclusivamente por jugadores vascos (rizando el rizo, a menudo incluso sólo por vizcaínos), al igual que la Real Sociedad, el Arenas de Guacho, el Real Unión de Irún y el Alavés, pero en Barça y Español predominaban los catalanes, mientras que en el Sevilla eran mayoría los andaluces, y tal vez Real Madrid y Atlético se distinguían por ser los más cosmopolitas, con la Capital ejerciendo como rompeolas deportivo de todas las Españas.

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El Guerrero del Antifaz, uno de los grandes cómics españoles de los 40.

Sin embargo, en el Valencia se va a producir un hecho insólito en los primeros años 40, y es que había overbooking de jugadores procedentes del País Vasco, no sólo como consecuencia del prestigio de su fútbol, el más potente del período prebélico (4 Ligas de ocho disputadas hasta el estallido de la Guerra Civil, y 19 campeonatos de España, de treinta y seis que se llevaban jugados), sino también debido a los propios avatares de la contienda, que habían acercado hasta el Levante español a numerosos futbolistas enrolados en el ejército del bando franquista, algunos de ellos de procedencia norteña.

‘Valencia power’

Durante los años 40, Valencia —que había sido la sede del gobierno de la República durante buena parte de la Guerra Civil—, va a tener un gran peso en nuestra Cultura Popular, a menudo superando a Madrid y a Barcelona. Aparte de contar con uno de los principales y más laureados equipos de fútbol del país, el Valencia CF, que conquistaría tres campeonatos nacionales de Liga (1941-42, 1943-44 y 1946-47) y dos Copas del Generalísimo (1941y 1949), amén de varios subcampeonatos de ambos torneos, en la Ciudad del Turia se crea Cifesa (Compañía Industrial del Film Español, Sociedad Anónima), la principal productora cinematográfica de nuestra Posguerra, propiedad de la familia Casanova, a la que precisamente pertenece Luís, presidente de la entidad ché durante casi dos décadas (1940-1959), y exhibiendo el ‘Miguelete’ o ‘Micalet’, la torre campanario de la catedral de Valencia, en su logotipo.

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Logo de la productora cinematográfica Cifesa.

En el mundo del tebeo, tan popular entonces, la Editorial Valenciana (fundada, al igual que Cifesa, durante la Segunda República), lanzará a los quioscos series de cuadernos de aventuras tan míticas y longevas como Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz o El Pequeño Luchador, estas dos últimas dibujadas por Manuel Gago, quien a principios de los años 50 crearía su propia editorial ,Maga, que también sería responsable de colecciones inolvidables, tanto en el apartado de la historieta como en el de los cromos. Y valenciana es también nada menos que doña Concha Piquer, la gran señora de la Copla, así como la famosa vedette de revista y magnífica actriz Queta Claver.

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Concha Piquer, la gran señora de la Copla.

Y hablando de intérpretes, algunas de las estrellas cinematográficas de la época van a estar muy vinculadas a la urbe levantina, verbigracia Amparo Rivelles, que aunque nació en Madrid tenía profundas raíces valencianas, o los galanes Jorge Mistral (cuyo auténtico nombre era Modesto Llosas Rosell, originario de Aldaia), o Vicente Parra, natural de Oliva. De modo que, con toda propiedad, podríamos hablar de Valencia Power, a causa del trascendental papel desempeñado al animar tiempos tan duros y difíciles.

La inagotable cantera norteña

La combinación de jóvenes vascos y valencianos resultó sumamente fructífera para el Deporte Rey, en un contexto histórico, el de nuestra posguerra, presidido por la escasez e incluso la desnutrición de amplias capas de la población (no en balde se trata de los tristemente célebres ‘años del hambre’, que marcaron indeleblemente a las generaciones que los sufrieron). Los chicarrones del Norte venían fortalecidos por el duro trabajo en el campo, la fábrica, el taller o la embravecida mar del Cantábrico, mientras que la mayoría de los levantinos procedían de la huerta, criados entre naranjos y arrozales. En ambos casos eran gente bien alimentada y recia, y algunos incluso habían combatido en los frentes de batalla.

Este Euskovalencia va a protagonizar la primera Edad de Oro del club ché, la de los años 1940, en la cual el conjunto de Mestalla va a acumular tres Campeonatos de Liga (41-42, 43-44 y 46-47), dos de Copa del Generalísimo (41 y 49), así como los segundos puestos en las Ligas 47-48 y 48-49 y tres finales coperas consecutivas perdidas, 44, 45 y 46). Son los años de la famosa "Delantera eléctrica", compuesta por Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza, en las que los extremos y el eje eran cien por cien vascongados, y los interiores procedían de la tierra. En la temporada 40-41, cuando el Valencia consigue su primer título nacional, en el Torneo del KO, los futbolistas originarios del País Vasco ya son seis, y suben a siete en la campaña siguiente, llegando a nueve en el curso 42-43, a saber: Ignacio Eizaguirre, Juan Ramón, Iturraspe, Lecue, Pasieguito, Igoa, Epi, Mundo y Gorostiza, y casi todos ellos titulares indiscutibles. Un año más tarde, por razones burocráticas, Pasieguito causa baja temporal, pero es sustituido por Ortúzar, procedente del Athletic de Bilbao. Conozcamos un poco más de cerca a todos esos jugadores de inequívoca estirpe norteña.

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La Delantera Eléctrica del Valencia.

Eizaguirre y Juan Ramón

Ignacio Eizaguirre Arregui (San Sebastián, Guipúzcoa, 1920-2013), hijo de Agustín Eizaguirre, portero de la Real Sociedad, y sin ningún parentesco con otro magnífico cancerbero de antes de la Guerra, el sevillista Guillermo Eizaguirre fue el guardameta top español de la década de los 40. Se pasó diez años defendiendo el arco de los de Mestalla, y luego retorno a su Real originaria, para retirarse en Osasuna, ya en 1960. 18 veces internacional, fue mundialista en Brasil 50, y una vez colgados los guantes ejerció como uno de los clásicos entrenadores de nuestras categorías nacionales. Corpulento y muy buen colocado, amén de espectacular en las salidas. Todo un seguro de vida.

Juan Ramón Santiago (Erandio, Vizcaya, 1912-1999), ya era jugador valencianista con anterioridad al estallido de la Guerra Civi, y una vez finalizada la contienda va a contribuir echando el cerrojo a su portería junto con su otro compinche, el gallego Álvaro, formando uno de los tandems defensivos más infranqueable del periodo previo a la instauración de la ‘WM’. Sería 2 veces internacional en una época de absoluto aislamiento de nuestro fútbol. Ya cuarentón, capitaneará al filial Ché, el Mestalla, conduciéndole a un ascenso a la máxima categoría, que sería frustrado por cuestiones extradeportivas que analizaremos más adelante. Entrenó con posterioridad a numerosos equipos, la mayoría en Segunda División, y sería también ojeador del Valencia.

Iturraspe, Ortúzar y Lecue

Carlos Iturraspe Cuevas (San Sebastián, Guipúzcoa, 1910-Valencia, 1981) fue un mediocentro muy completo, con buena técnica y una gran capacidad para robar balones, aunque nunca llegó a jugar en la Selección, cosa por otra parte nada extraña al coincidir con una época de muy escasos enfrentamientos internacionales.. Había debutado ya en el Valencia en 1933, procedente del Nacional de Madrid, y se mantendría allí hasta 1946, cuando pasó al Castellón, apurando sus últimos partidos. Entrenó al gran Mestalla del ascenso frustrado del curso 51-52, para sustituir luego a Jacinto Quincoces, tras la brillante conquista de la Copa del Generalísimo de1954, en el banquillo del primer equipo valencianista.

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El Valencia de la temporada 1943/44.

Higinio Ortúzar Santamaría (Santiago, Chile, 1915-Guecho, Vizcaya, 1982) era un centrocampista caracterizado por su fortaleza y trabajo. Forjado en el Erandio y el Baracaldo, formará parte del Athletic de Bilbao entre 1939 y 1943, y le entregará al Valencia cuatro buenas tempradas, para irse a continuación al Valladolid y la Real Sociedad, y emprender más tarde una discreta carrera como técnico en diversos equipos, mayormente en Segunda División.

Simón Lecue Andrade (Arrigorriaga, Vizcaya, 1912-Madrid, 1984) fue un excelente medio volante e interior zurdo, con mucha llegada a la puerta contraria, y sin duda uno de los mejores futbolistas españoles del periodo anterior a nuestra contienda y también del inmediatamente posterior. Debutó muy joven en el gran Alavés de los Ciriaco, Quincoces, Olivares y compañía, para pasar más adelante al Betis con sólo 20 años. Allí será campeón de Liga en la temporada 34-35, protagonizando un sonado y caro traspaso -60.000 pesetas de la época- al conjunto merengue que la Segunda República obligó a rebautizarse como "Club Madrid". Se mantuvo en Mestalla durante cinco campañas, entre 1942 y 1947, viviendo algunos de los mejores momentos de la historia Ché, para ir a retirarse al Zaragoza.

Pasieguito, más que un futbolista

Bernardino Pérez Elizarán, más conocido como Pasieguito (Hernani, Guipúzcoa, 1925-Valencia, 2002) es uno de los hombres clave de la ya mas que centenaria historia del Valencia Club de Fútbol. Hijo de un pelotari originario del cántabro Valle del Pas —de ahí su apodo—, tras iniciarse en las categorías inferiores de la Real Sociedad, fue fichado por el conjunto ché aun en edad juvenil, debutando en partido oficial en la temporada 1942-43. Denunciado por no tener la edad, fue cedido a varios equipos hasta su eclosión definitiva en las filas valencianistas, donde formaría una mítica medular junto con Puchades.

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Pasieguito.

Fuerte físicamente, pero muy técnico y con un gran toque de balón, tenía mucho gol y va a pertenecer al cuadro de Mestalla la friolera de 17 temporadas. Colgará las botas en el Levante, e inmediatamente pasará a entrenar. Tras una breve etapa en el Valencia, hará historia dirigiendo durante 8 campañas, siete de ellas en Primera, al Sabadell, al que logrará clasificar para competición europea. Tras su paso por los banquillos de Granada y Sporting, realizará funciones de secretario técnico con los chés, y se hará cargo del equipo, conquistando brillantemente la Copa del Rey de1979, para regresar luego a los despachos. En dicho cometido, responsabilidad suya van a ser los fichajes de unos tales Mario Alberto Kempes y Pedja Mijatovic

Epi, Mundo y Gorostiza

Epifanio Fernández Berridi, conocido futbolísticamente como Epi, era también donostiarra, como otros (San Sebastián, Guipúzcoa, 1919-1977), y siguió una trayectoria capicúa: primero en la Real Sociedad, luego nueve años esplendorosos en el Valencia, y otra vez en el cuadro txuri-urdin. Hasta la llegada de Basora, el ‘Monstruo de Colombes’, Epi fue el mejor extremo derecho del país, aunque Antón, Iriondo o Juncosa tampoco fueran mancos. Rápido y goleador, con él comenzaba la fabulosa Delantera Eléctrica de los chés. Velocidad, desborde, centros muy precisos y una notable capacidad goleadora eran sus descollantes cualidades. Su contratación por el Valencia fue otro de los grandes aciertos de Luis Colina, el magnífico secretario técnico de su tocayo, el presidente Luis Casanova. Jugador muy temperamental, acabó marchándose para Atocha, donde los realistas estaban formando un excelente equipo. 15 veces internacional, una cifra enorme para un tiempo de aislamiento.

Edmundo Suárez Trabanco (Baracaldo, Vizcaya, 1916-Valencia, 1978), Mundo, parecía destinado a ser el ariete del Athletic, sucediendo a Bata, pero en eso se cruzó la Guerra Civil. De un equipo militar del ejército franquista, el "Recuperación de Levante", pasó al Valencia, al que entregaría una década completa de oro puro, erigiéndose en el gran goleador de los años 40, en reñida pugna con Campanal, Pruden, Martín, Zarra y César. Hasta hoy nadie ha hecho tantas dianas como él llevando el escudo del murciélago, y eso que por ahí han pasado Badenes, Waldo o Kempes. Puso fin a su carrera en el simpático Alcoyano y luego fue un buen entrenador, consiguiendo éxitos con su querido club de Mestalla (principalmente la Copa del Generalísimo de 1967, que rompía con una larga sequía de títulos nacionales). Fornido, acometedor, y letal en el remate, con cabeza y ambas piernas, fue tres veces internacional en aquel yermo de los primeros años 40, saliendo a gol por partido.

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Edmundo Suárez Trabanco, Mundo.

Guillermo Gorostiza Paredes (Santurce, Vizcaya, 1909-Bilbao, 1966) ha sido una de las grandes figuras de la historia del fútbol español, nuestro mejor extremo izquierdo en los años anteriores e inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, sucedido en su demarcación por dos auténticos monstruos sagrados como el también vizcaíno Piru Gainza y el montañés Paco Gento. Se inició en el Arenas de Guecho, pasó una temporada en el Racing de Ferrol mientras hacía la Mili, y estuvo entre 1929 y 1940 en el Athletic, donde se convirtió en Bala Roja, un extremo zurdo vertiginoso y goleador, fijo en la Selección Nacional, disputando el Mundial de Italia en 1934. Formó parte del combinado de Euskadi durante el período bélico, en su gira a favor del Gobierno Vasco, pero al regresar cambió de chaqueta y se alistó en el Requeté. Luego Bala Roja —un sobrenombre no demasiado oportuno en la inmediata Posguerra por razones obvias— se volvió bala perdida, quemando su vida entre tabernas y lupanares, y tuvo que prolongar su carrera deportiva (¡) hasta pasados los 40. Cuando murió, con sólo 57 años, enfermo y en la indigencia, ya era un verdadero anciano, uno de aquellos juguetes rotos que Manolo Summers retrató en su excelente documental homónimo.

Tres ilustres valencianos

Mientras tanto personal vascongado se cubría de gloria y colaboraba para llevar a las vitrinas del club de Mestalla sus primeros trofeos de ámbito nacional, algunos jugadores valencianos comenzaban también a dejar su impronta en la entidad del rat penat y la senyera. Por ejemplo, los dos interiores de la "Delantera Eléctrica", Amadeo y Asensi. el primero un jugador con mucho gol, y el segundo un auténtico comodín, que acabaría siendo internacional como defensa lateral. Pero la progresiva valencianización del equipo va a iniciarse con el salto al primer equipo de tres futbolistas de la tierra que estaban llamados a convertirse en leyenda, tanto por su rendimiento sobre el terreno de juego como por su longevidad en la plantilla Ché. Estamos refiriéndonos a Monzó, Puchades y Seguí

El primero en sentar plaza fue Salvador Monzó Cros (Valencia, 1921-1985), nacido en el barrio del Carmen, igual que años después otro gran zaguero, Francisco Vidagañy. Monzó comenzó como medio centro, y luego, con la implantación de la ‘WM’ como sistema táctico oficial, sentaría plaza de defensa central. De corta talla pero corpulento, expeditivo y paradójicamente buen dominador del juego aéreo, fue un fijo en las alineaciones valencianistas durante casi una década, correspondiéndole, en su calidad de capitán, el honor de recoger y levantar la Copa del Generalísimo de 1954, el único triunfo cosechado esa irregular década. Se retiró en el Alicante y se fue joven, pero ya había entrado en la leyenda.

Y hablando de leyendas… pocas ha tenido el Valencia de la gigantesca talla de Antonio Puchades Casanova (Sueca, Valencia, 1925-2013). Rubio, alto y físicamente muy fuerte, robustecido por el duro trabajo en el campo de los años 30 y 40, este fabuloso centrocampista defensivo, mundialista en Brasil en 1950 -cuartos clasificados- y 23 veces internacional con la Selección Española, era un gran recuperador de balones y todo un líder en el terreno de juego, donde cubría una zona extensísima y se erigía en el complemento perfecto del más técnico Pasieguito. Debutó con el primer equipo en la temporada 46-47, procedente de un recién nacido Mestalla, y se retiró doce campañas más tarde, habiendo desdeñado siempre ofertas más suculentas (por ejemplo del Barça), acuciado por problemas de ciática. Su Fiat Topolino, en el que llevaba a entrenar todos los días a otros paisanos suyos de Sueca como Mañó, Sendra e Ibáñez, devino también legendario, y su homenaje fue el más emotivo y multitudinario que ha vivido el coliseo valencianista en toda su centenaria historia. Tonico, como se le conocía cariñosamente, no siguió vinculado al fútbol, salvo como espectador, dedicándose a trabajar sus queridos arrozales, y a jugar al dominó con los amigos en el casino

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Antonio Puchades.

Y para terminar, Vicente Seguí García (Valencia, 1927-Madrid, 1988), que tomará el relevo de Gorostiza en la punta izquierda del ataque valencianista, y aburrirá literalmente a todos los que pretendieron disputarle el puesto, que sería de su absoluta propiedad durante casi 13 temporadas. Procedía del equipo Amateur y posteriormente del Mestalla, y era un futbolista hábil y rápido, con un gran cambio de ritmo, un buen dominio de ambas piernas y un nada desdeñable remate de cabeza. Excelente lanzador de saques de esquina, poseía un disparo seco, que le proporciono muchos tantos (logró un centenar de goles, lo cual para su demarcación no estaba nada mal). En 1959 paso al Levante, y posteriormente actuaría en el fútbol regional, hasta que decidió dejar el balón por el volante de un taxi.

Como cantaría un par de décadas más tarde Bob Dylan, los tiempos estaban cambiando, aunque en el principal club de la actual Comunidad Valenciana esa mudanza fuera lenta y progresiva. No obstante, al llegar los años 50, las alineaciones iban a experimentar una evidente transformación en lo referente a la procedencia de sus integrantes. Pero eso ya lo veremos otro domingo…

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