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1969: el Barça 'castiga' a sus jugadores en un hotel de lujo de la Costa Brava

Cuadragésimo noveno artículo de Historias de Fútbol, recordando la concentración del Barça en S’Agaró en la temporada 68/69.

Cuadragésimo noveno artículo de Historias de Fútbol, recordando la concentración del Barça en S’Agaró en la temporada 68/69.
Concentración del Barça en S'Agaró durante la temporada 68/69. | CIHEFE

En el mundo del fútbol profesional, hoy en día y hace también algo más de medio siglo, cuando un equipo marcha mal no cumple con sus expectativas y ofrece un juego deficiente, los responsables de club acostumbran a tomar medidas drásticas. Casi siempre éstas pasan por un relevo en el banquillo, por la sencilla razón de que es más fácil, y también más barato, prescindir de una sola persona —aunque ahora a los entrenadores suele acompañarles un nutrido staff técnico— que de once, quince o veinte cuestionados.

Lo que ya no se estila es imponer sanciones económicas a los jugadores para penalizar su bajo rendimiento, llegando incluso hasta el extremo de apartar del equipo, temporal o definitivamente, a aquellos a los que se considera más culpables de la situación, porque antaño nuestro fútbol se regía por un régimen de semiesclavitud, dorada en algunos casos pero semiesclavitud al fin y al cabo, mientras que hoy en cambio son los artistas los que tienen la sartén por el mango.

Se encienden las alarmas

En febrero de 1969 el Barça atravesaba por una de sus periódicas crisis, en este caso más de naturaleza deportiva que institucional, aunque esta última tampoco tardaría mucho en estallar. Al comienzo de la temporada 1968/69 se las prometían muy felices en el Camp Nou, tras haberse proclamado campeones de Copa en la denominada Final de las botellas, ante el Real Madrid y en su propio feudo, obviando que el gol del triunfo lo había marcado el central blanco Zunzunegui en su propia puerta, y que el conjunto merengue había sido muy superior a lo largo del encuentro.

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Pero, una vez iniciada la nueva campaña, les bajaron enseguida a la tierra. El Madrid se mostró intratable, contando sus partidos por victorias —desde Barcelona lo achacaron a los árbitros, naturalmente—, y cuando la competición tan sólo había agotado su primer tercio, el equipo azulgrana estaba ya casi descartado para el título. Y tras la vigesimo segunda jornada, siendo incapaz de derrotar al Elche en el propio feudo catalán, incluso el segundo puesto peligraba, ocupado ahora por la mejor Union Deportiva Las Palmas de la historia.

Además, en la Recopa acababan de pasarlas canutas para eliminar al modestísimo Lyn de Oslo —un equipo prácticamente amateur, formado en su mayoría por lecheros, oficinistas y estudiantes—, y eso que debido al crudo invierno noruego ambos partidos se habían disputado en terreno barcelonista, saldándose el primero con una raquítica victoria por 3-2, y el segundo con un sonrojante empate a 2, llegando a adelantarse los escandinavos por 0-2.

El reposo de los guerreros

Aquello venía a poner de manifiesto que el fútbol español atravesaba uno de sus peores momentos. Por esos mismos días la selección nacional caía derrotada en Lieja ante la de Bélgica, quedando así sin opciones para acudir al Mundial de México, que se celebraría al año siguiente. Y precisamente, aprovechando ese parón liguero a causa del compromiso internacional, la directiva azulgrana —presidida por Narcís de Carreras, un prohombre catalán, procurador de las Cortes franquistas y tío del futuro político socialista Narcís Serra— decide tomar cartas en el asunto, y concentrar a los jugadores disponibles —los internacionales Sadurní, Torres, Gallego y Eladio, y los lesionados Zaldúa, Mendonça y Rexach se incorporarían más tarde— en un lujoso establecimiento hotelero de la Costa Brava, el Hostal de La Gavina (gaviota en catalán), situado en el privilegiado enclave turístico gerundense de S´Agaro, lejos del mundanal ruido de la Ciudad Condal, siempre un hervidero de rumores futbolísticos. Para allá se fueron, pues, los Reina, Franch, Olivella, Fernández, Zabalza, Juan Carlos, Pellicer, Pereda, Juanito, Paláu, Martí Filosía, Fusté y Rifé.

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Fue aquella una concentración a lo bestia, aunque de auténtico lujo. Entonces era habitual sacar a los futbolistas de su ambiente durante días e incluso semanas. Por poner un ejemplo, los convocados de la selección española para el Campeonato del Mundo de Inglaterra de 1966 se pasaron cerca de 40 días concentrados en Santiago de Compostela, se supone que para acostumbrarse al clima que se iban a encontrar en suelo británico (aunque luego los resultados no acompañaron, pero seguro que el problema no fue la aclimatación…). A menudo, en vísperas de partidos importantes, el Real Madrid se concentraba en Navacerrada, y el Barça lo haría años más tarde en Vallvidrera. Pero sin que hubiese un encuentro trascendental de por medio no se estilaba meter a los chicos en un autocar y llevárselos a una especie de ejercicios espirituales. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió en aquellas fechas finales de febrero de 1969, entre el 21 y el 28. El club les había prometido a los jugadores unos días libres si vencían al Elche, pero el tropiezo ante los franjiverdes supuso que la directiva les sancionase sin poder ir a casa. Y la Revista Barcelonista (RB), siempre crítica y cáustica, ironizaba sobre si el próximo castigo consistiría en llevarse a toda la plantilla a la Costa Azul

El hecho es que, pese a todo, los jugadores se lo pasaron en grande durante varios días en esa original y atípica concentración, descansando de la tensión acumulada, relajándose, jugando al tenis —Pereda y Fusté, grandes aficionados, emularon a Santana y Orantes— y a la petanca, toda una novedad, y probablemente introducida por el propio Artigas, que no en balde había jugado y entrenado unos cuantos años en la vecina Francia. Hasta se dejó caer por allí un mago de nombre Xevi (Xavier Sala Costa, ampurdanés natural de Santa Cristina d’Aro), que se había hecho famoso por conducir un coche con los ojos tapados desde Montserrat a Barcelona, y que les mostró varios de sus trucos, como por ejemplo uno, también muy espectacular, donde le colocaba a algún voluntario una caja en la cabeza, e iba introduciendo en ella cuchillos afilados. Y una de las personas que se prestó a la experiencia fue el propio entrenador barcelonista, Salvador Artigas, antiguo piloto de caza de la aviación republicana durante la Guerra Civil y por lo tanto hombre poco asustadizo.

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El Málaga pagó los platos rotos

Los aires del Ampurdán resultaron a la postre beneficiosos, al menos a corto plazo, pues una vez dejaron S’Agaró, el equipo viajó hasta Málaga —coincidiendo en el avión con Joan Manuel Serrat, gran barcelonista—, y allí en La Rosaleda, en una tarde muy metida en agua, cosechó su mejor resultado a domicilio hasta la fecha, derrotando al equipo local por 0-3, marcados por Pereda, Juan Carlos y Pellicer, y todos conseguidos en el primer cuarto de hora. A su regreso al aeropuerto de El Prat, los jugadores fueron recibidos por sus familiares casi como héroes —en 1969 no era nada común un triunfo por 0-3 a domicilio, aunque fuera frente a un rival modesto—. La victoria insufló cierto optimismo en la alicaida hincha culé, máxime teniendo en cuenta que el siguiente compromiso era nada menos que la visita del líder e imbatido Real Madrid al Camp Nou.

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¿Sería el Barça capaz de lograr la proeza de ser el primero en doblegar a los blancos? Bien, eso ya lo veremos en otra ocasión, pues el partido, al que entonces todavía nadie llamaba El Clásico, tuvo su miga…

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