
El ajo, ese condimento culinario que a unos les encanta y a otros les repele, arrastra mucha literatura. Ciertas culturas de la Antigüedad lo consideraban como un amuleto que propiciaba la buena suerte, creencia que ha llegado hasta nuestros días. Claro que, tal como sabemos por el cine, los vampiros no pensaban lo mismo, pues una buena ristra de ajos era una de las armas más eficaces para ahuyentarlos. Pero volviendo a la buena fortuna, y adentrándonos en el fútbol, algunos guardametas los plantaban junto a su portería, esperando que protegiesen su marco frente a los ataques del contrario. Y es que el más popular de los deportes siempre ha sido campo abonado para curiosas supersticiones. Y centrándonos concretamente en el balompié español, hay una historia preciosa protagonizada por una cabeza de ajos y un delantero aragonés de un simpático y modesto equipo de provincias.
Sucedió hace ya mucho tiempo, en la primavera de 1963, el mismo año en el que los Beatles sacudieron la escena musical británica con la violencia de un terremoto de 9,5 grados en la escala de Richter, cuando un agente secreto de celuloide con licencia para matar —y otras cosas…-—asaltó las pantallas de medio mundo, la URSS puso en órbita a una mujer llamada Valentina, y desaparecieron, uno por motivos biológicos y el otro asesinado en circunstancias nunca del todo aclaradas, dos personajes clave del mundo de la Posguerra, el Papa Juan XXIII y el presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. Y ese acontecimiento deportivo tuvo lugar en la pequeña ciudad de Pontevedra —con poco más de 50.000 habitantes entonces—, en un terreno de juego de nombre Pasarón, involucrando a un equipo que vestía camiseta granate y pantalón azul marino.
Un 14 de abril decisivo
El Pontevedra CF, resultado de la fusión de dos clubes locales, el Eiriña y el Alfonso CF, no tenía aún un cuarto de siglo de vida, y militaba en el Grupo Norte de la Segunda División del Fútbol español desde hacía solo tres temporadas. Había reunido una plantilla muy apañada, pero el gran favorito para el ascenso directo era el RCD Español, que acababa de descender por vez primera a la Categoría de Plata. Sin embargo, los gallegos llegaron sorprendentemente como líderes a la antepenúltima jornada, en la que precisamente se enfrentaban al conjunto catalán en su feudo de Sarriá, y salieron vencedores por 1-2. De modo que, a falta de dos partidos y cuatro puntos por disputarse, tan solo les faltaba uno para asegurarse ese codiciado ascenso directo, sin tener que jugar la siempre incierta promoción. Toda una proeza.

El primer obstáculo en su camino hacia la élite lo representaba nada menos que la visita del gran rival provincial, el Celta de Vigo —el segundo sería el entonces denominado oficialmente ‘Real Santander’, o sea, el Racing, en los viejos Campos de Sport de El Sardinero-— La tarde del 14 de abril de 1963 en Pasarón no cabía un alfiler. Arbitró el colegiado cántabro Ruiz Alciturri, y el entrenador de los granates, el antiguo jugador del Real Madrid y Real Valladolid Rafa —Rafael Yunta Navarro— presentó el siguiente once: Gato; Pastor, Firi, Cholo; Calleja, Vallejo; Recalde, Ceresuela, José Jorge, Iglesias y Ferreiro.
Un gol histórico
En el minuto 7 se adelanta en el marcador el cuadro celeste, por mediación de Polito, y los olívicos llevaron el mando del encuentro. No se jugaban nada en el envite, aunque corría el persistente rumor de que el Español les había ofrecido una prima de 30.000 pesetas por barba si le hacían la Pascua al Pontevedra, así que no estaban precisamente por la labor de ponerles las cosas fáciles a sus vecinos y rivales. Pero, cuando ya comenzaba a cundir cierto desánimo en la parroquia local, a falta de tan solo 8 minutos para la conclusión del partido, tuvo lugar la jugada más importante de la aún jovencísima historia del club pontevedrés…

El navarro Recalde bota un saque de esquina, el portero céltico despeja de puños, y el balón llega a los dominios del exterior zurdo Ferreiro, al borde del área grande, quien cede al interior derecho Ceresuela para que este empalme un duro disparo que entra como una exhalación por toda la escuadra. Era el empate a uno definitivo, el delirio en las modestas pero abarrotadas gradas de Pasarón, y supuso la consecución del ansiado punto que pasaportaba al conjunto granate derechito al selecto grupo de los 16 mejores equipos del fútbol español. Lo que nadie sabía en ese momento era lo que había ocurrido instantes antes de marcarse el histórico gol del empate…
¡Al rico ajo!
Rafael Ceresuela Frías había nacido en Zaragoza el 15 de octubre de 1938. Establecido desde su retirada en Pontevedra, fallecería en 2019, a los 80 años, a resultas de una neumonía. Era un delantero de mediano formato (1,73 de altura y 70 kilos de peso), que no había conseguido una plaza en el club de La Romareda, puesto que los Duca, Marcelino y Murillo representaban una competencia insalvable para él, de manera que tuvo que buscarse la vida en el Burgos, con el cual había ascendido a Segunda, fichando por el Pontevedra en el verano de 1962. Junto con el leonés Vallejo y el asturiano José Jorge era uno de los goleadores del equipo, pero a él le estaba reservado el honor de ser el autor del tanto más importante de la historia granate.

E instantes antes de anotarlo había tenido que salir del terreno de juego para atarse los cordones de una de sus botas, y sentado momentáneamente sobre la hierba de la banda no se percató de que lo había hecho sobre una cabeza de ajos. Pero el detalle sí que fue observado por un agente de la Policía Armada, es decir, uno de los grises que prestaba servicio en el campo, quien al parecer les comentó a sus compañeros que el Pontevedra iba a marcar inmediatamente (el ajo como talismán favorecedor de la buena suerte), y de hecho así sucedió. La anécdota, ya fuese narrada en ese mismo instante o con posterioridad, se convirtió en leyenda, y desde entonces a esa histórica diana se la conoce en gallego como el ‘gol do allo’.
‘Hai que roelo’
El Pontevedra -que había pasado en tan solo cinco años de Regional a Primera- debutaría en la siguiente temporada, la 63-64, en la División de Honor (junto con el Levante UD), pero no lograría la permanencia por culpa de una calamitosa segunda vuelta en la que solo sumó 8 puntos, perdiendo los cinco últimos partidos, aunque lograría el reingreso en la élite un año más tarde, para ser el equipo revelación de esa campaña 65-66, llegando incluso a ostentar el liderato de la categoría en un par de jornadas. Fueron los días en que se acuñó un auténtico grito de guerra futbolística, el legendario "hai que roelo", porque aquel Pontevedra era un verdadero hueso, y Pasarón su fortín, donde todos los grandes de la competición doblaban la rodilla indefectiblemente (ya en la temporada del debut un tanto del propio Ceresuela había servido para derrotar al Real Madrid de los Santamaría, Zoco, Amancio, Evaristo, Di Stéfano y Puskas). El sueño duró cinco maravillosos años, hasta 1970, cuando el equipo, ya demasiado envejecido y sin recambios de calidad, abandonó el Paraíso para no regresar jamás. Hasta la fecha…

En cuanto a Rafael Ceresuela, su papel en el equipo fue disminuyendo paulatinamente, y en sus dos últimas temporadas, 67-68 y 68-69, su aportación ya fue meramente testimonial. No se quedó en Pasarón para ser testigo del descenso, sino que retornó al Burgos, donde se retiraría con tan solo 31 años. Siete de ellos los había pasado en tierras gallegas, con un balance de 132 partidos oficiales y 32 goles marcados, y un par de ellos en concreto inolvidables, sobre todo aquel que vino precedido por el contacto de sus jóvenes posaderas con una humilde cabeza de ajos colocada allí por Dios sabe quién, pero que indudablemente le trajo suerte a aquel simpático y modesto club de las Rías Bajas de zamarra granate que animó nuestro, por lo demás anodino, fútbol de los Sesenta.
